COMENTARIO

 Ga 5,13-26 

Para Pablo la libertad cristiana no significa libertinaje: la ley de Cristo confirma y profundiza el Decálogo (vv. 13-15). Cristo dio a los diez mandamientos nuevo vigor y mostró que la clave y resumen de todos ellos es el Amor: un amor a Dios, que lleva consigo necesariamente el amor al prójimo. «Puede también preguntarse —comenta San Agustín— por qué el Apóstol habla aquí sólo del amor al prójimo, con el cual dijo que se cumple la Ley (…), cuando en realidad la caridad sólo es perfecta si se viven los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo (…). Pero ¿quien puede amar al prójimo, es decir, a todo hombre, como a sí mismo, si no ama a Dios, ya que sólo con su precepto y su don puede cumplir el amor al prójimo? De ahí que, como ambos preceptos no se pueden guardar uno sin otro, basta nombrar uno de ellos» (Expositio in Galatas 45). cfr también nota a Rm 13,8-10.

La libertad quiere decir que el hombre es capaz de caminar hacia Dios, su verdadero y último fin (vv. 16-26). Se es libre cuando se es conducido por el Espíritu de Dios. Éste da fuerza al espíritu humano para superar las inclinaciones de la carne, denunciadas por la Ley (vv. 19-21), y para producir los frutos que están por encima de ella (vv. 22-23). De ahí que, cuando no se vive conforme al Espíritu, la persona se deja llevar por las apetencias de la carne. «Se dice que alguien vive según la carne cuando vive para sí mismo. En este caso, por “carne” se entiende todo el hombre. Ya que todo lo que proviene del desordenado amor a uno mismo se llama obra de la carne» (S. Agustín, De civitate Dei 14,2). Por eso, se incluyen entre las obras de la carne no sólo los pecados de impureza (v. 19) y las faltas de templanza (v. 21), sino también los pecados que van contra la religión y la caridad (v. 20). En cambio, cuando una persona deja actuar al Espíritu Santo su vida se transforma en una vida «según el Espíritu» (v. 25), en una vida sobrenatural que ya no es simplemente humana, sino divina. El alma se convierte entonces en un árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. En la tradición cristiana, estas acciones que revelan la presencia del Paráclito y causan en el hombre un deleite espiritual, como primicias de la vida eterna, son llamadas frutos del Espíritu Santo (cfr Summa theologiae 1-2,70,1). «Los frutos enumerados por el Apóstol son aquellos que el Espíritu Santo causa y comunica a los hombres justos, aun durante esta vida, y están llenos de toda dulzura y gozo, pues son propios del Espíritu Santo, que “en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita dulzura a todas las criaturas” (S. Agustín, De Trinitate 5,9)» (León XIII, Divinum illud munus, n. 12). Tradicionalmente, la catequesis cristiana, al hilo de los vv. 22 y 23 según la Vulgata (que añade la paciencia, la fidelidad y la modestia), habla de doce frutos.

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