COMENTARIO

 Ef 1,7-8 

Jesucristo, el «Amado» del Padre (1,6), llevó a cabo la Redención. Redimir significa liberar. Dios redimió al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Mediante la sangre del cordero rociada sobre los dinteles de las casas de los hebreos, sus primogénitos fueron liberados de la muerte (cfr Ex 12,21-28). La redención de la esclavitud en Egipto, sin embargo, era figura de la Redención realizada por Cristo: «Esta obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo el Señor la realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión, resurrección de entre los muertos y gloriosa ascensión» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 5). Jesucristo, mediante su sangre derramada en la cruz, nos ha rescatado de la servidumbre del pecado: «Cuando reflexionamos que hemos sido redimidos, no con cosas perecederas, como el oro y la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo (cfr 1 P 1,18s.), como cordero inocentísimo y purísimo, fácilmente juzgaremos que no pudo sobrevenirnos cosa más beneficiosa que esta potestad —recibida por la Iglesia— de perdonar los pecados, la cual pone de manifiesto la inexplicable providencia y la suma caridad de Dios con nosotros» (Catechismus Romanus 1,11,10).

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