COMENTARIO

 Ef 2,1-7 

Según algunas concepciones extendidas entre aquellos fieles a quienes se dirige la carta, el «conocimiento» tan buscado de los misterios divinos sería de suyo capaz de salvar por sí mismo a quien lo poseyera. Ahora se explica que la iniciación cristiana, con el consiguiente cambio de vida, no es un mero proceso humano para conseguir la salvación con las propias fuerzas, sino una respuesta al amor de Dios que nos ha dado gratuitamente esa vida nueva. A pesar de la situación de pecado en que se encontraban tanto gentiles como judíos (vv. 1-3), el poder misericordioso de Dios ha actuado en ambos (vv. 4-5), dándonos vida en Cristo (vv. 6-7). La iniciativa ha procedido de Dios, que es «rico en misericordia» (v. 4): «En esto consiste la riqueza de misericordia, en darla a los que no la piden. Y tal es el amor de Dios para con nosotros que, puesto que nos hizo, no quiere que perezcamos, pues ama su obra» (Ambrosiaster, Ad Ephesios, ad loc.).

El «príncipe del poder del aire» (v. 2; cfr 6,12) sería uno de esos seres que de manera génerica son denominados en otros lugares «principados y potestades» (cfr 3,10; Col 1,16; 2,15; 1 P 3,22). Éstos eran poderes sobrehumanos que, según la mentalidad de la época, habitaban en las regiones intermedias entre el cielo y la tierra y ejercían a menudo una acción maléfica sobre el mundo. Cristo los ha vencido y nos ha liberado de ellos por su cruz (cfr Col 1,20; 2,14s.).

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