COMENTARIO

 Ef 3,15 

«Tomar nombre» significa proceder, tener el origen del ser o existir; y el término que traducimos por «familia» (en griego patría) indica un grupo o conjunto de individuos que descienden de un mismo padre; también podría traducirse por «paternidad», como hace la Neovulgata. El Apóstol enseña que toda agrupación que pueda considerarse como una familia, ya en la tierra —como la Iglesia, la institución familiar, etc.—, ya en el cielo —como la Iglesia triunfante— tiene su nombre y su origen derivado de Dios, el único que puede considerarse Padre en toda su plenitud. Por eso, la palabra «Padre» puede emplearse en un sentido real no sólo para designar la paternidad física, sino también la espiritual. La paternidad de los esposos, a su vez, refleja de modo eminente el amor de Dios Creador. Son cooperadores de ese amor, y como sus intérpretes (cfr Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 50). De ahí que «al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra» (S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 14).

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