COMENTARIO

 Ef 4,1-10 

La unidad del Cuerpo de Cristo aparece como la exigencia primordial de cuanto se ha expuesto en la primera parte de la carta, y requiere humildad y tesón por parte de los cristianos. La unidad de la Iglesia —un solo Cuerpo y un solo Espíritu (v. 4)— se fundamenta en que hay un solo Dios, un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo (vv. 5-6). «El Espíritu Santo, que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable reunión de los fieles, y tan estrechamente une a todos en Cristo, que es el Principio de la unidad de la Iglesia» (Conc. Vaticano II, Unitatis redintegratio, n. 2).

La cita del v. 8 corresponde al Sal 68,19. En él aparece Dios entrando triunfante en Sión, donde es recibido por su pueblo que le rinde homenaje y le hace entrega de sus ofrendas. La tradición judía había aplicado esta frase del salmo a Moisés, modificando su sentido: Moisés subió a lo alto, es decir, al Sinaí, y trajo dones a los hombres, concretamente la Ley de Dios. Aquí se enseña cómo este salmo se cumple en Jesucristo: por Él, por su vida terrena y por su muerte, por su humillación y exaltación, nos han llegado las gracias divinas. Jesús, desde la gloria del Cielo, en la que ya ha entrado, otorga a todos los dones que ha ganado con su Redención.

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