COMENTARIO
En esta última y más extensa sección se exponen las exigencias morales del cristiano como miembro de la Iglesia. Para seguir el razonamiento de esta sección conviene tener presente que quienes buscaban el «conocimiento» de los misterios divinos en aquel contexto cultural contemplaban el mundo como una realidad dividida: de una parte los infiernos, las tinieblas, que habían invadido el mundo y lo dominaban; de otra, los iniciados, que renegaban de ese mundo, pues consideraban que su verdadera patria se encontraba en la «plenitud» divina. Ese modo de interpretar la realidad, que tiempo después sería asumido y desarrollado por el gnosticismo, proporciona ocasionalmente un marco propicio para la exposición moral de la carta, haciendo todas las correcciones y precisiones oportunas desde la perspectiva de la fe cristiana.
Según esta comprensión se mira al cristiano. Ya no es «hombre viejo», que vive en la oscuridad del mal (4,17-32), sino «hombre nuevo», que ha de reflejar a Dios en su comportamiento (5,1-7): vive en la luz del Señor, como sabio, lleno del Espíritu, en medio del mundo (5,8-20). Por eso, la propia vida familiar y social debe ser reflejo de las realidades divinas (5,21-6,9). Y para no sucumbir al poder del mal presente en el mundo, necesita una constante vigilancia y una lucha sin desfallecimientos con las armas del Espíritu (6,10-20).