COMENTARIO
La corrupción de costumbres, por muy extendida que esté en el ambiente, debe ser combatida con toda energía, sobre todo con el ejemplo de la vida limpia, propia de quienes aspiran a la santidad, por ser templos del Espíritu Santo (cfr 1 Co 6,19) y miembros de Cristo (cfr 1 Co 6,15).
La advertencia del v. 3 también se podría traducir: «Ni se diga respecto de vosotros»; es decir, los cristianos han de vivir con tal esmero la castidad y las virtudes con ella relacionadas, que ni siquiera deben dar la más mínima ocasión a los extraños para acusarles de impuros.
Hemos de luchar, además, contra la avaricia, vicio por el que uno se hace esclavo del poder y del dinero, convirtiéndolos en su propio ídolo (cfr Mt 6,24). No debemos quedar atados en el uso de los bienes de este mundo: «El Señor no manda que tiremos nuestra hacienda y nos apartemos del dinero. Lo que Él quiere es que apartemos de nuestra alma la primacía de las riquezas, la desenfrenada codicia y fiebre de ellas, las solicitudes, las espinas de la vida, que ahogan la semilla de la verdadera vida» (Clemente de Alejandría, Quis dives salvetur 11).