COMENTARIO

 Ef 5,8-20 

Otra consecuencia práctica: llevar una conducta limpia en la que se reflejen las obras de la luz, tal como conviene a quienes han recibido la luz de Cristo en el Bautismo y han sido llenos del Espíritu Santo. Por eso, el sacramento del Bautismo recibe también el nombre de «iluminación» porque, con él, es iluminado el espíritu de los que reciben la predicación evangélica y se incorporan a Cristo (cfr S. Justino, Apologia 1,61,12). El texto citado en el v. 14 probablemente está tomado de la liturgia bautismal.

La vida nueva recibida en el Bautismo se caracteriza por la sensatez, frente a la necedad de quienes se empeñan en vivir de espaldas a Dios (cfr 1 Co 1,18). La consecuencia inmediata es hacer buen uso del tiempo que Dios nos da para santificarnos (v. 16) y vivir templadamente (v. 18), en alabanza a Dios (v. 19): «¡Qué cosa más estupenda que imitar en la tierra el coro de los ángeles! —exclama San Basilio—. Disponerse para la oración en las primeras horas del día, y glorificar al Creador con himnos y alabanzas. Más tarde, cuando el sol luce en lo alto, lleno de esplendor y de luz, acudir al trabajo mientras la oración nos acompaña a todas partes, condimentando las obras —por decirlo de algún modo— con la sal de las jaculatorias» (Epistula 2,3).

El v. 20 es semejante en su contenido a Rm 8,28. San Jerónimo lo comenta así: «En cuanto a lo que dice: dando gracias siempre por todas las cosas, debemos examinarlo de dos maneras: en sentido de dar gracias a Dios en todo tiempo, y por todo lo que nos sucede, de modo que no sólo ante lo que consideramos bueno, sino también ante lo que nos oprime y viene contra nuestra voluntad, prorrumpa nuestra mente en gozosa alabanza a Dios» (S. Jerónimo, Commentarii in Ephesios 3,5,20).

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