COMENTARIO
El Apóstol recuerda el cuarto precepto del Decálogo (cfr Ex 20,12; Dt 5,16). El cumplimiento de este mandato proporciona, con los frutos espirituales, frutos temporales de paz y de prosperidad (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2200). Después (v. 4), se refiere a las obligaciones de los padres. «Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos» (ibid. 2222). «Es, pues, deber de los padres —enseña el Concilio Vaticano II— crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educación íntegra, personal y social de los hijos (…). En la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo (…). Por medio de la familia, en fin, se introducen [los hijos] en la sociedad civil y en el Pueblo de Dios. Consideren, pues, los padres la importancia que tiene la familia verdaderamente cristiana para la vida y el progreso del mismo Pueblo de Dios» (Gravissimum educationis, n. 3).