COMENTARIO

 Flp 2,12-18 

La meditación del ejemplo de Cristo debe incrementar la lucha perseverante y generosa del discípulo. Los cristianos debemos iluminar con nuestra vida sencilla y recta el mundo en que vivimos. El v. 13 muestra cómo para ello contamos con la ayuda de la gracia de Dios, «pues cuando nosotros queramos, seguidamente Él aumentará nuestro querer» (S. Juan Crisóstomo, In Philippenses 8,2,12-13). «Es una verdad inseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas (…). Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque “sin el Creador la criatura se diluye” (Gaud. et sp. 36,3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 308). El hombre, por tanto, no puede hacer cosa alguna que conduzca a la vida eterna si no es movido por Dios. Sin embargo la gracia no suprime la libertad, pues somos nosotros quienes queremos y actuamos. Por eso, no ha de ser motivo de desánimo la incapacidad humana para realizar obras meritorias sólo con las fuerzas naturales. Al contrario, constituye una razón más de agradecimiento a Dios, pues Él siempre está pendiente de enviarnos el auxilio de su gracia; así podremos obrar el bien y hacer que esas buenas acciones nos sirvan para merecer el Cielo. San Francisco de Sales ilustra esta maravilla del amor de Dios con un ejemplo: «Cuando la tierna madre enseña a andar a su hijito, le ayuda y sostiene cuanto es necesario, dejándole dar algunos pasos por los sitios menos peligrosos y más llanos, asiéndole de la mano y sujetándole, o tomándole en sus brazos y llevándole en ellos. De la misma manera Nuestro Señor tiene cuidado continuo de los pasos de sus hijos» (Tratado del amor de Dios 3,4).

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