COMENTARIO
Colosas no había sido evangelizada por Pablo, sino por Epafras. Desde el principio se ratifica la predicación y la labor realizada por este discípulo y se manifiesta alegría por la fe de los colosenses.
Las doctrinas de tendencia sincretista que se estaban difundiendo por las iglesias de Frigia provocaban un especial interés por el «conocimiento» de los misterios divinos. La intensa plegaria llama la atención sobre la necesidad de discernir el recto conocimiento de Dios (v. 9) a través del Evangelio recibido, frente a enseñanzas erróneas que ofrecían la salvación a los iniciados en la gnosis (conocimiento) (véase Introducción a Colosenses, § 2). Esas especulaciones contemplaban el cosmos como una realidad dividida entre las tinieblas que dominaban la tierra y la «plenitud» divina, donde los iniciados que habían renegado de este mundo gozaban de la salvación. Aludiendo a ese lenguaje, pero cambiando en parte su significado, se habla ahora del «poder de las tinieblas» (v. 13), para designar la situación de esclavitud en la que se encuentra el hombre que está en pecado, y de «la luz» (v. 12), que es el ámbito de claridad en que se mueve quien vive cara a Dios.
Por este motivo, el Apóstol reza sin cesar para que crezcan en el verdadero conocimiento de Dios (vv. 9-10) y les exhorta al agradecimiento, manifestado en obras (v. 10), por los dones de Dios recibidos por medio de Cristo. «Aquí habla de la vida y de las obras, y es que también lo hace en todas partes: siempre junta la fe a la conducta (…). Efectivamente, quien conoce a Dios y es considerado digno de ser siervo de Dios, más aún, incluso hijo, mira tú cuánta virtud no necesitará» (S. Juan Crisóstomo, In Colossenses 2).