COMENTARIO

 Col 1,21-23 

A la luz de la acción salvadora de Cristo, se enuncian ahora los tres temas que, en orden inverso al aquí expuesto, se van a ir desarrollando en las restantes secciones de la carta: primero la responsabilidad de llevar una vida nueva, coherente con la nueva situación de quienes han sido incorporados a Cristo (vv. 21-22); después se llama la atención sobre la firmeza en la fe y la fidelidad al Evangelio que les fue predicado, y por último se invoca la autoridad de San Pablo sobre esas amonestaciones, que está al servicio del Evangelio (v. 23).

La Santísima Humanidad de Cristo es instrumento salvador: mediante la pasión y muerte «sufrida en su cuerpo de carne» (v. 22), nuestro Señor venció al pecado y obtuvo las gracias necesarias para limpiar al hombre de sus culpas y para que pudiera presentarse ante Dios. La fe cristiana, por la Encarnación del Verbo, aparece como una doctrina diametralmente opuesta a un dualismo como el que se estaba difundiendo entre aquellos cristianos, que contemplaba materia y espíritu como realidades antagónicas. El cuerpo y las realidades puramente materiales no son obstáculo para la santificación. «Hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales» (S. Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 114).

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