COMENTARIO
Los «novilunios», o días de luna nueva (cfr Lv 23,24), eran días festivos que los judíos celebraban desde antiguo. El «sábado», que es la fiesta semanal de los hebreos, era el día reservado al Señor, pues Él mismo lo ha santificado (Ex 20,11) y dedicado al descanso. La abstinencia de algunas bebidas y alimentos estaba cuidadosamente reglamentada en el Antiguo Testamento (cfr Lv 10,9; 11,1-47; Nm 6,3), así como las fiestas que debían celebrarse en honor del Señor (cfr Nm 28,1-26). Esos preceptos tenían pleno sentido como orientación para introducir a los hombres en el ámbito de las cosas divinas, pero ante la plenitud de la Revelación alcanzada en Jesucristo no se pueden absolutizar, como tal vez hacían los predicadores que llevaron el desconcierto a aquella comunidad cristiana. Al recibir el Bautismo, cada fiel muere con Cristo a los elementos del mundo y es librado de la servidumbre de la Ley y del pecado, para nacer a una vida nueva de la que se va a tratar en los capítulos siguientes.