COMENTARIO

 Col 3,22-4,1 

Para Dios no hay diferencia entre siervo y libre (cfr 3,11), pues «en Dios no hay acepción de personas» (v. 25). Desde esa perspectiva de la igualdad radical, el cristiano está llamado en cada momento a reflexionar sobre las relaciones laborales en su época, ya que «no hay duda de que el trabajo humano tiene un valor ético, el cual está vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre (…). En esta concepción desaparece casi el fundamento mismo de la antigua división de los hombres en clases sociales, según el tipo de trabajo que realizasen» (S. Juan Pablo II, Laborem exercens, n. 6). A pesar de los lentos progresos que se han dado a lo largo de la historia en ese ámbito, es mucho lo que todavía queda por hacer: «Hace falta el esfuerzo interior del espíritu humano, guiado por la fe, la esperanza y la caridad, con el fin de dar al trabajo del hombre concreto, con la ayuda de estos contenidos, aquel significado que el trabajo tiene ante los ojos de Dios, y mediante el cual entra en la obra de la salvación al igual que sus tramas y componentes ordinarios, que son al mismo tiempo particularmente importantes» (ibidem, n. 24).

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