COMENTARIO
La perseverancia en la oración es un tema ampliamente subrayado en el Nuevo Testamento, como característico de los primeros cristianos (cfr Lc 18,1; Rm 12,12; 1 Ts 5,17, etc.). La oración les dio la fuerza para extender con su ejemplo y su palabra el mensaje de Cristo por muchas naciones.
El esfuerzo cotidiano por orientar hacia Dios todas las tareas de la vida ordinaria es un poderoso incentivo para la oración personal. «¡Cuántas ocasiones se presentan durante el día para elevarse hacia Dios a un alma poseída por el deseo de la propia santificación y de la salvación de otras almas! Angustias íntimas, fuerza y pertinacia de las tentaciones, falta de virtudes, desaliento y esterilidad en los trabajos, innumerables ofensas o negligencias y, finalmente, el temor a los juicios divinos» (S. Pío X, Haerent animo, n. 10). Todas estas necesidades proporcionan estímulos abundantes para una oración confiada, humilde y perseverante, que enriquece en méritos ante el Señor y nos hace confiar en su gracia. Pero no sólo hemos de orar en las tribulaciones. También las alegrías y los afanes nobles del corazón han de ser temas de conversación frecuente con Dios, motivos de agradecimiento por los beneficios recibidos. «Éste es vuestro deber —advierte San Juan Crisóstomo—: dar gracias a Dios en vuestras oraciones tanto por los beneficios que sois conscientes de haber recibido, como por los que habéis recibido de Dios sin saberlo. Dadle gracias tanto por los favores que le habéis pedido, como por los que os ha hecho a pesar de vosotros mismos. Dadle gracias tanto por el cielo en el que os promete la felicidad, como por el infierno del que os libra. En una palabra, dadle gracias por todo, aflicciones y alegrías, calamidades y felicidad» (In Colossenses, ad loc.).