COMENTARIO
San Pablo reconoce con alegría la eficacia de la gracia divina en los tesalonicenses. Las virtudes teologales (v. 3) no han arraigado en ellos por sus méritos personales, sino porque han sido «amados» y «elegidos» de Dios (v. 4). Además, el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización (v. 5), ya que transforma interiormente a quienes acogen con sencillez la palabra de Dios: «La fuerza del espíritu purifica a quienes se unen al Espíritu con pensamiento sincero, y tienen una fe en toda plenitud, sin mancha alguna en la conciencia» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).
La evangelización realizada por San Pablo constituye un modelo de proclamación del mensaje cristiano en todo tiempo y lugar. Como el Apóstol reproducía en su vida la vida de Cristo (1 Co 11,1) para conducir a otros a la fe (v. 6), el cristiano debe comportarse de tal manera, que los demás vean en él a Cristo «como en un espejo: Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 299).