COMENTARIO
La predicación es en verdad palabra de Dios (cfr v. 13), no sólo porque en ella se transmite fielmente la divina revelación, sino también porque el mismo Dios habla por medio de los que la anuncian (cfr 2 Co 5,20). Por eso, «la palabra de Dios es viva y eficaz» (Hb 4,12). «La fe se suscita en el corazón de los no creyentes y se alimenta en el corazón de los creyentes con la palabra de salvación. Con la fe empieza y se desarrolla la comunidad de los creyentes» (Conc. Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 4).
La acogida de la predicación trajo consigo sufrimientos (v. 14). Sin embargo, desde los primeros tiempos de la Iglesia, las dificultades no eran consideradas un impedimento, sino un estímulo para difundir el Evangelio: «Felicitaos a vosotros mismos; es más, pensad que habéis realizado una obra grande, cuando alguno de vosotros padezca por Dios» (Pastor de Hermas 9,28,6).
Las palabras de los vv. 14-16 manifiestan una reacción viva del Apóstol ante los obstáculos puestos por algunos judíos a su apostolado entre los gentiles, pero en modo alguno suponen una condena del pueblo judío, al que él mismo pertenecía. Son palabras duras dirigidas exclusivamente a aquellos que dificultaban la predicación del Evangelio a otros hombres. Pero incluso a ellos deja abierto una puerta a la esperanza. La dura frase final tiene resonancias de 2 Cro 36,16: «Ellos hicieron burla de sus mensajeros, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo alcanzó un punto tal, que ya no hubo remedio». Estas palabras anunciaban el asedio y conquista de Jerusalén, incendio del Templo y deportación a Babilonia acaecidos en el año 587 a.C. Parece como si San Pablo previera una catástrofe análoga (que realmente sucedió en el año 70 d.C. con la destrucción de Jerusalén por los romanos). Sin embargo, el Apóstol era consciente de que los acontecimientos del 587 a.C. no habían sido un punto final, pues a continuación el Señor había tenido misericordia de su pueblo. De ahí que las palabras de San Pablo no excluyan una reconciliación posterior (cfr Rm 11,25-36).
Sobre la ira de Dios (v. 16), ver también Rm 1,18.