COMENTARIO
El gozo de Pablo es la fidelidad de aquellos a quienes escribe. «Gracias al maestro, el discípulo es obediente, de modo que su buen comportamiento aprovecha al maestro; el fruto pone de manifiesto su trabajo. Por tanto, el esfuerzo del discípulo en hacer obras buenas proporciona una corona a su maestro en el juicio de Cristo» (Sto. Tomás de Aquino, Super 1 Thessalonicenses, ad loc.).
Se alude por vez primera a la «venida» de Cristo con la palabra griega parousía (2,19). La parousía, en el uso profano de la época helenística, era la llegada solemne de un soberano a una ciudad, acompañado de un suntuoso cortejo. En el Nuevo Testamento este término suele designar la venida de Cristo glorioso, con su poder y majestad, para juzgar a los hombres. En la carta se refiere a esa venida definitiva y solemne, al fin de los tiempos.
El discípulo no es más que su Señor (cfr Mt 10,24). San Lucas refiere que San Pablo enseñó desde sus primeros viajes misionales que es preciso «que entremos en el Reino de Dios a través de muchas tribulaciones» (Hch 14,22) y la misma idea se recoge en su última carta: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3,12). «Por eso, no debéis inquietaros, dice Pablo, pues no está sucediendo nada extraño, nada contrario a lo esperado. Estas palabras eran suficientes para animarlos. Cristo habló a sus discípulos del mismo modo y por la misma razón para que oyeran que dijo: “Os lo he dicho ahora antes de que suceda, para que cuando ocurra creáis” (Jn 14,29)» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Thessalonicenses, ad loc.).
El «tentador» (3,5) es el diablo (cfr Mt 4,3), que tienta a los hombres, no para probar su virtud y conocer su fidelidad, sino para separarlos del camino de la fe. «En sus tentaciones —explica Santo Tomás de Aquino— procede con extraordinaria astucia. Como general competente que asedia una fortaleza, estudia el demonio los puntos flacos del hombre a quien intenta derrotar, y lo tienta por el flanco más débil. Así pues, una vez dominada la carne, tienta en aquellos vicios que más fácilmente seducen al hombre, como la ira, la soberbia, y los otros pecados del espíritu» (Exposición de la oración dominical, petición 6). El cristiano debe, por tanto, mantenerse vigilante —«velad y orad para no caer en tentación» (Mt 26,41)— y pedir humildemente ayuda a Dios: «No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal» (Mt 6,13).