COMENTARIO

 1 Ts 4,1-8 

Las exhortaciones que ahora comienzan se fundan en la llamada divina a la santidad, que no se dirige a unos pocos, sino a todos los hombres: «Todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 39). Esta llamada es consecuencia de la elección que hemos recibido del Señor: «No lo olvidemos, por tanto: estamos en el redil del Maestro, para conquistar esa cima. (…) Grabemos a fuego en el alma la certeza de que la invitación a la santidad, dirigida por Jesucristo a todos los hombres sin excepción, requiere de cada uno que cultive la vida interior, que se ejercite diariamente en las virtudes cristianas; y no de cualquier manera, ni por encima de lo común, ni siquiera de un modo excelente: hemos de esforzarnos hasta el heroísmo, en el sentido más fuerte y tajante de la expresión» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 2 y 3).

La santidad requiere pureza. Por eso, la castidad cristiana no es sólo una consecuencia de la dignidad de la persona, creada a imagen de Dios, sino también exigencia de la nueva dignidad del bautizado, cuyo cuerpo es templo del Espíritu Santo (cfr 1 Co 6,19-20).

La palabra traducida por «cuerpo» (v. 4) significa literalmente «vaso», y en los escritos judíos de la época se utilizaba para designar tanto al propio cuerpo como a la propia mujer. Si se entiende como «mujer», habría que interpretar este pasaje como una exhortación a la fidelidad conyugal y a la rectitud en las relaciones matrimoniales. Así lo hace, por ejemplo, San Agustín: «El esposo cristiano no sólo no debe usar el vaso ajeno, que es lo que hacen aquellos que desean la mujer del prójimo, sino que sabe que incluso su propio vaso no es para poseerlo en la maldad de la concupiscencia carnal. Pero esto no ha de entenderse como si el Apóstol condenase la unión conyugal, es decir, la unión carnal lícita y buena» (De nuptiis et concupiscentia 1,8,9).

En cualquier caso, el texto sagrado enseña que la santidad a la que Dios nos llama exige mantener el dominio del propio cuerpo en santidad y honor, lo cual supone una recta ordenación del cuerpo y de todas sus funciones según lo establecido por Dios. El Señor de la vida ha confiado a los hombres la misión de conservar y transmitir la vida de modo digno del hombre. «La índole sexual del hombre y la facultad generativa superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 51).

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