COMENTARIO
Estas recomendaciones inciden, primero, en el respeto y veneración por quienes constituyen la jerarquía de la Iglesia. «Los que mandan sirven a aquellos a quienes parecen mandar. La razón es que no mandan por afán de poder, sino porque tienen el ministerio de cuidar de los demás; no son los primeros por soberbia, sino por amor, para atenderles» (S. Agustín, De civitate Dei 19,14).
San Pablo, a continuación, exhorta a todos los cristianos a manifestar con obras la caridad fraterna (vv. 14-15): «El mismo Apóstol predica esto no solamente a los clérigos, sino también a los laicos y a las mujeres, cuando dice: Corregid a los inquietos, consolad a los débiles, levantad a los enfermos. En efecto, si queréis, en cualquier clase de pecado corregíos unos a otros con caridad, y el enemigo no podrá fácilmente sorprenderos jamás; por el contrario, si os sorprende, el mal que pretenda haceros, será fácilmente enmendado y corregido; por lo tanto, se cumple en vosotros lo que está escrito: El hermano que ayuda al hermano se salvará (Pr 18,19); y también: Quien corrige a un pecador de su desvío, salva su alma de la muerte y se le perdonan una multitud de pecados (St 5,20)» (S. Cesáreo de Arles, Sermones 74,4).
Como consecuencia, la paz con Dios y con los demás llena al hombre de gozo y serenidad (v. 16). Entonces, incluso las mayores penas y dolores llevados con visión de fe no quitan la alegría: «Si nos sentimos hijos predilectos de nuestro Padre de los Cielos, ¡que eso somos!, ¿cómo no vamos a estar alegres siempre? —Piénsalo» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 266).
Además, la perseverancia en la oración (v. 17) mantendrá despierta la lucha por vivir las indicaciones de San Pablo. «El Apóstol nos manda orar siempre. Para los santos el mismo sueño es oración. Sin embargo, debemos tener unas horas de oración bien repartidas de modo que, si estamos absorbidos por algún trabajo, el mismo horario nos amoneste a cumplir nuestro deber» (S. Jerónimo, Epistulae 22,37).
Para ello, es imprescindible también contar con la acción callada y eficaz del Espíritu Santo (vv. 19-21). «El Bienaventurado Pablo, no queriendo que se enfriara la gracia del Espíritu que se nos ha dado, [nos] exhorta escribiendo: No apaguéis el Espíritu. Pues de este modo continuamos siendo partícipes de Cristo: si nos adherimos hasta el final al Espíritu que se nos dio al principio. Dijo: No apaguéis, no porque el Espíritu esté a merced del poder de los hombres, sino porque los malvados y los ingratos demuestran querer apagarlo. Ellos, a imagen de los que han envejecido, con sus impías acciones, hacen huir al Espíritu» (S. Atanasio, Epistulae festales 3,4).