COMENTARIO

 1 Ts 5,23-28 

La santificación que Dios realiza en el hombre alcanza la totalidad de su ser. La santidad cristiana es la plenitud del orden establecido por Dios en la creación, y restablecido después del pecado. Por esto el Apóstol invoca a Dios como «Dios de la paz» (v. 23), es decir, de la tranquilidad en el orden. La santidad lleva a su perfección e integridad todas las facultades humanas, tanto corporales como espirituales; de modo que completa y perfecciona, sin alterarlo, el orden natural.

«El que os llama» (v. 24). El texto griego utiliza el participio de presente, que expresa una acción continua. La vocación divina no es un hecho aislado ocurrido en algún momento de la vida, sino una actitud permanente de Dios, que continuamente llama a los fieles a que sean santos. La fidelidad es algo propio de Dios, que cumple siempre sus promesas y no se retracta de su voluntad salvífica: «Quien comenzó en vosotros la obra buena la llevará a cabo» (Flp 1,6). Por eso, la santidad depende de la gracia divina, que nunca falta, y de la correspondencia por parte del hombre. La perseverancia final es una gracia, pero Dios no la niega a quien se esfuerza por obrar el bien. «Así pues, apoyados en esta esperanza, únanse nuestras almas a Aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El que nos mandó no mentir, mucho menos mentirá Él mismo» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 1,27).

Otras tres veces se menciona en las cartas de San Pablo el gesto del «beso» (Rm 16,16; 1 Co 16,20; 2 Co 13,12;) y siempre con el adjetivo santo (v. 26). Si el beso era la forma habitual de saludo y despedida entre los orientales (cfr Ex 4,27; 1 S 20,41; 2 S 19,40; Lc 7,45), San Pablo le añade un significado religioso, como señal de la caridad sobrenatural (cfr 1 P 5,14) y de la unión en la misma fe. En este sentido pasó a la liturgia eucarística más antigua: «El ósculo de la paz —decía Tertuliano— es el sello de la oración» (De oratione 14). El Misal Romano prevé, cuando las condiciones pastorales así lo aconsejan, darse mutuamente la paz antes de la Comunión con un gesto apropiado.

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