COMENTARIO
Santiago señala cuál debe ser el comportamiento del cristiano ante las pruebas y sufrimientos: han de recibirse con alegría (vv. 2-4) y cuando cuesta entender su sentido, hay que pedir a Dios la sabiduría necesaria (vv. 5-8). Entre las pruebas se encuentran la pobreza y la riqueza (vv. 9-11; cfr 5,1-6; Lc 6,20.24). Por último recuerda que el premio prometido por Dios hace bienaventurados a quienes vencen las adversidades (v. 12). En todo el pasaje se trasluce la doctrina del Sermón de la Montaña (cfr Mt 5,1-7,27).
El problema del sufrimiento de los justos y —como contraste— la prosperidad de los impíos en esta vida es un tema tratado en el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos y en Job. Pero su iluminación plena y definitiva llega con Jesucristo. La «sabiduría» de la que habla Santiago (v. 5) es, pues, la sabiduría de la cruz (cfr 1 Co 1,18ss.).
Hay que pedir con fe (v. 6): «Si uno tiene fe, que pida; pero si duda, que no pida. Pues al no creer no recibirá lo que habría de pedir» (Ecumenio, Commentarium in Iacobum, ad loc.). El «hombre vacilante» (v. 8), literalmente «de ánimo doble», es el que se mueve entre la confianza y la desconfianza. San Beda comenta: «Es un hombre de ánimo doble el que se arrodilla para pedir a Dios, y pronuncia palabras de súplica, y, sin embargo, sintiéndose acusado en su interior por su conciencia, desconfía (…). El que aquí quiere regocijarse con el mundo, y allí reinar con Dios» (In Epistolam Iacobi, ad loc.). Y en el mismo sentido San Josemaría Escrivá exhorta: «No es lícito vivir manteniendo encendidas esas dos velas que, según el dicho popular, todo hombre se procura: una a San Miguel y otra al diablo. Hay que apagar la vela del diablo. Hemos de consumir nuestra vida haciendo que arda toda entera al servicio del Señor» (Es Cristo que pasa, n. 59).