COMENTARIO

 St 3,1-12 

Los pecados de la lengua son fáciles de cometer, pero pueden causar un tremendo daño (vv. 3-12). Mediante ejemplos, la carta, con un estilo semejante al de los libros sapienciales del Antiguo Testamento (cfr Pr 10,11-21; Si 5,9-15; 28,13-26), muestra cómo una causa pequeña es capaz de producir resultados desproporcionadamente grandes (vv. 3-12), especialmente en los que están constituidos en autoridad (vv. 1-2). El hilo del discurso abarca tres puntos: en sentido positivo, a modo de resumen de todo lo que sigue, afirma: «Si alguno no peca de palabra, ése es un hombre perfecto» (v. 2). En segundo lugar, explica la virulencia de la lengua, con tres comparaciones gráficas, como es usual en esta carta (vv. 3-6); finalmente, recomienda dominar la lengua, pues, de lo contrario, acarreará daños irreparables (vv. 7-12). La enseñanza es clara: hay que hablar siempre en presencia de Dios buscando el bien del prójimo: «Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales 22).

«Hombre perfecto» (v. 2). No significa que no pueda cometer otros pecados; indica que sujetar la lengua lleva consigo el dominio de sí mismo, y es un síntoma claro de resistencia frente a las demás tentaciones. La Iglesia, a partir este versículo, enseña que el hombre no puede en su vida entera evitar todos los pecados veniales, «si no es por privilegio especial de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia» (Conc. de Trento, De iustificatione, can. 23; cfr cap. 16).

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