COMENTARIO

 1 P 1,1-2 

El autor dirige esta carta preferentemente a cristianos convertidos del paganismo. En ella, tras dar gracias a Dios por habernos salvado mediante Jesucristo (1,3-12), va desarrollando algunos aspectos de la vida cristiana derivada del Bautismo: la llamada a la santidad (1,13-2,10), la conducta ejemplar del cristiano en medio del mundo (2,11-3,12), la paciencia en las tribulaciones, grandes o pequeñas (3,13-4,19) y, finalmente, el buen comportamiento de los presbíteros hacia los fieles y viceversa (5,1-11). Concluye detallando algunas de las circunstancias en que se escribe la carta (5,12-14).

El autor sagrado utiliza en su saludo el nombre que Jesús le había impuesto: Pedro (v. 1) es la traducción griega de la palabra aramea «Kefa», que significa piedra (cfr Jn 1,42 y nota correspondiente). Se presenta como «apóstol de Jesucristo», es decir, como testigo cualificado de la vida y obras del Señor (cfr Ga 2,9). La «diáspora» o «dispersión» designaba originariamente a los judíos residentes fuera de Palestina. Pero aquí el sentido es más profundo: San Pedro se dirige a los elegidos «que peregrinan en la diáspora», es decir, a los cristianos, que forman ahora el nuevo pueblo de Dios y que viven en esta tierra como caminantes hacia su patria definitiva, que es el Cielo (cfr 1,17; 2,11 y p. ej. Gn 47,9; todo el libro del Exodo; Sal 39,13; 119,19; Hb 11,13). Las regiones mencionadas en el v. 1 se encontraban en Asia Menor, la actual Turquía. Posiblemente el primer anuncio del cristianismo fue llevado allí por algunos judíos procedentes de esos lugares, convertidos en Jerusalén el día de Pentecostés (cfr Hch 2,9) o en otras ocasiones.

El v. 2 viene a ser una profesión de fe en la Santísima Trinidad: al Padre se le atribuye la elección desde toda la eternidad; al Hijo, la redención; al Espíritu Santo, la santificación.

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