COMENTARIO

 1 P 2,11-12 

El cristiano, por el Bautismo, tiene una dignidad que es incompatible con una vida mundana. Como consecuencia, es inevitable que los mundanos le calumnien por mostrarse como distinto de ellos. Sin embargo, su vida ejemplar hará que incluso éstos adoren a Dios: «Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los Cielos» (Mt 5,16). Y como exhortaba San Juan Crisóstomo: «No habría necesidad de predicar si nuestra vida estuviera resplandeciente de virtudes. No serían necesarias las palabras si mostráramos las obras. No habría paganos si nosotros fuéramos verdaderamente cristianos» (In 1 Timotheum 10).

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