COMENTARIO

 1 P 5,5-11 

Ante las tribulaciones que Dios permite, el Apóstol exhorta a la unidad de los fieles fundada en la humildad y en la docilidad (vv. 5-6). La lucha ascética para resistir las tentaciones tiene su apoyo en la confianza en Él (vv. 7-11). La humildad «es la fuente y el fundamento de toda clase de virtudes, es la puerta por la cual pasan las gracias que Dios nos otorga; ella es la que sazona todos nuestros actos, comunicándoles tanto valor, y haciendo que resulten tan agradables a Dios. Finalmente, ella nos constituye dueños del corazón de Dios, hasta hacer de Él, por decirlo así, nuestro servidor; pues nunca ha podido Dios resistir a un corazón humilde» (S. Juan B. María Vianney, Sermón en el décimo domingo después de Pentecostés).

Los cristianos, «firmes en la fe» (v. 9), resistirán los ataques del enemigo. Las tribulaciones que hemos de padecer suponen un medio necesario de purificación y una garantía de la gloria que Dios nos dará: «Porque la leve tribulación de un instante se convierte para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente» (2 Co 4,17). «Es tanto el bien que espero, que toda pena es para mí un placer» (S. Francisco de Asís, Consideraciones sobre las llagas, cons. 1).

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