COMENTARIO

 Ap 1,1-3 

El libro contiene la revelación que Jesucristo resucitado y glorioso hace a su Iglesia a través del apóstol San Juan. Tras una introducción con el título de la obra, destinatarios e indicación del origen divino de su contenido (1,1-20), vienen las cartas a las siete iglesias (2,1-3,22) y la exposición de los designios divinos relativos al futuro del mundo y de la Iglesia (4,1-22,21).

Revelación en griego se dice apocalipsis, y de ahí que a este libro de la Sagrada Escritura se le designe con tal nombre. La revelación implica siempre desvelar algo que antes estaba oculto; en este caso, lo que va a suceder en el futuro. Esto lo conocen Dios Padre (el texto griego emplea aquí el artículo determinado delante de «Dios», forma con la que el Nuevo Testamento suele referirse a Dios Padre) y Jesucristo, que, como Hijo, participa de ese conocimiento y lo transmite al autor del libro. Se dice «revelación de Jesucristo» no sólo porque Juan la recibe por medio de Jesucristo, sino también porque nuestro Señor es el objeto principal, el principio y el fin de esta revelación. Él es, en efecto, el que ocupa el centro de esas visiones grandiosas, en las que se rompen los velos que ocultan el más allá y se disipan las sombras para dar paso a la Luz, que es el mismo Jesucristo (cfr 21,23; 22,5).

Jesucristo sigue hablando a su Iglesia mediante los Apóstoles, ahora por medio de San Juan (vv. 1-2). Al decir «pronto», el autor no quiere precisar una fecha inmediata, sino fortalecer la esperanza y transmitir la certeza de que Cristo va a vencer el mal definitivamente, porque su victoria ya ha comenzado a realizarse. Feliz quien así lo crea y permanezca fiel. Las circunstancias del momento reclamaban las exhortaciones y avisos de este escrito. Son palabras que exigen una respuesta decidida y pronta que apague dudas y titubeos. Por otra parte, constituyen una seria amenaza para cuantos obstaculizan el Reino de Dios que ha de venir, y que en cierto modo ha llegado ya.

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