COMENTARIO
Las siete estrellas en la mano derecha del Señor significan su dominio sobre toda la Iglesia, ya que Él es quien puede dar órdenes a los ángeles que rigen el destino de cada una de ellas. Cristo caminando en medio de los candelabros manifiesta su vigilancia y cuidado amoroso sobre las iglesias, simbolizadas en el candelabro por su oración y vida litúrgica. Puesto que la iglesia de Éfeso era la principal de las siete, Cristo se presenta a esta iglesia como el Señor de todas ellas. Éfeso, en efecto, era la mayor metrópoli del Asia Menor y tenía la preeminencia entre las iglesias de la región. Cristo alaba su paciencia y fortaleza en mantener la fe verdadera, y le corrige su pérdida de fervor para que no pierda esa preeminencia. «No le acusó de falta de caridad —comenta San Francisco de Sales—, sino de que no era como al principio, tan fervoroso, tan dispuesto, tan fecundo, así como solemos declarar de un hombre que de valiente, jovial y gallardo se ha trocado en abatido, triste y decaído» (Tratado del amor de Dios 4,22).
En el v. 5 se le exhorta a la conversión, a un cambio de actitud que comporta tres momentos. Primero es preciso el reconocimiento de la propia culpa, la humildad de saberse un pobre pecador: «Reconocer el propio pecado, es más —yendo al fondo de la consideración de la propia personalidad—, reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios» (S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 13). Luego viene el «dolor de amor» o contrición, que nos mueve a cambiar de conducta. Y por último están las obras de penitencia, que nos llevan a una nueva vida más cerca de Dios, en intimidad entrañable con nuestro Señor.
Los nicolaítas (v. 6), al parecer, mantenían la posibilidad de hacer compatible la vida cristiana con el culto a los ídolos.
La imagen del árbol de la vida (v. 7; cfr también 22,2) alude a Gn 2,9; 3,22, donde aparece aquel árbol en medio del Paraíso, fuera del alcance del hombre, como símbolo de la inmortalidad. Ahora es Cristo quien dispone del fruto de aquel árbol y lo promete a quien consiga la victoria: «No podemos detenernos. El Señor nos pide un batallar cada vez más rápido, cada vez más profundo, cada vez más amplio. Estamos obligados a superarnos, porque en esta competición la única meta es la llegada a la gloria del cielo. Y si no llegásemos al cielo, nada habría valido la pena» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 77).