COMENTARIO
Tiatira era una pequeña ciudad con industrias de fundición, tejidos y tintorería. De ella procedía Lidia (cfr Hch 16,13-15). Cristo es presentado a esta iglesia como el Hijo de Dios con poder y se la exhorta a rechazar las conductas idolátricas.
De nuevo recrimina el Señor la tolerancia de aquellos cristianos frente a la participación de algunos creyentes en los cultos paganos, por lo que implicaba de idolatría y perversión moral. Con la figura de Jezabel, la esposa del rey Ajab, que indujo a gran parte del pueblo al pecado de idolatría (cfr 1 R 16,31; 2 R 9,22), se pone de relieve la perversión de aquellas conductas. Pudiera ser que se tratara de una mujer real —designada simbólicamente con ese nombre bíblico— que se hacía pasar por profetisa y engañaba a muchos, atrayéndolos a la participación en los ritos y banquetes idólatras. Ante tal situación no era admisible el silencio, pues, cuando debiéndose señalar el error no se hace, se cae en cierta complicidad con él.
En la carta se pone de manifiesto la paciencia de Dios, que ha esperado que se enmendara, y por fin tiene que condenar la obstinación en su pecado (v. 21). Es una condena que han de tener en cuenta quienes se aferran al pecado, pues «cuanto más retrasamos salir del pecado y volver a Dios —amonestaba el Santo Cura de Ars—, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas. Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros, quedamos más débiles, y el demonio toma mayor ascendiente sobre nuestra persona. De aquí concluyo que, cuanto más tiempo permanecemos en pecado, en mayor peligro nos ponemos de no convertirnos nunca» (Sermón en el cuarto domingo de Cuaresma).