COMENTARIO
Sardes era un importante nudo de comunicaciones y tenía un ambiente moral relajado. A la iglesia de esta ciudad le es presentado Cristo como aquel que envía el Espíritu capaz de transformar interiormente. Se acusa a Sardes de aparecer como una comunidad cristiana, cuando muchos de sus miembros continúan en pecado y sin vida interior.
Ya nuestro Señor había descrito la situación del hijo pródigo como una muerte: «Este hijo mío —exclama el padre de la parábola— estaba muerto y ha vuelto a la vida» (Lc 15,24); y lo mismo San Pablo invita a los cristianos a ofrecerse a Dios «como quienes, muertos, han vuelto a la vida» (Rm 6,13). Ahora, en este pasaje del Apocalipsis se nos dice que esta situación de muerte, espiritual pero real, se debe a que las obras de aquella iglesia no eran buenas ante Dios (v. 2); eran obras que producían la muerte interior, lo que llamamos pecado mortal. «Siguiendo la tradición de la Iglesia —declara San Juan Pablo II—, llamamos pecado mortal al acto, mediante el cual un hombre, con libertad y conocimiento, rechaza a Dios, su ley, la alianza de amor que Dios le propone, prefiriendo volverse a sí mismo, a alguna realidad creada y finita, a algo contrario a la voluntad divina (conversio ad creaturam) (…). El hombre siente que esta desobediencia a Dios rompe la unión con su principio vital: es un pecado mortal, o sea un acto que ofende gravemente a Dios y termina por volverse contra el mismo hombre con una oscura y poderosa fuerza de destrucción» (Reconciliatio et paenitentia, n. 17).
La expresión «vendré como un ladrón« (v. 3) se halla también en otros escritos del Nuevo Testamento (cfr Mt 24,42-51; Mc 13,36; Lc 12,39ss.; 1 Ts 5,2; 1 P 3,10). No se quiere decir que el Señor esté al acecho para sorprender desprevenido al hombre, como un cazador que trata de abatir su presa. Se trata sencillamente de una advertencia para que vivamos en gracia de Dios, preparados para rendir cuentas al Señor: «Llegará aquel día, que será el último y que no nos causa miedo: confiando firmemente en la gracia de Dios, estamos dispuestos desde este momento, con generosidad, con reciedumbre, con amor en los detalles, a acudir a esa cita con el Señor llevando las lámparas encendidas. Porque nos espera la gran fiesta del Cielo» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 40).