COMENTARIO
Laodicea era una ciudad próspera. Esta prosperidad pudo contribuir a la situación de laxitud y de tibieza de algunos cristianos. Cristo es presentado como eterno junto a Dios y fiel a sus promesas, que exige un amor encendido. La existencia de aguas termales, próximas a la ciudad, da pie a esa comparación tan expresiva (vv. 15-16), que manifiesta la repugnancia divina ante la mediocridad y el aburguesamiento.
La imagen de Cristo llamando a la puerta es de las más bellas y enternecedoras de la Biblia. Recuerda al Cantar de los Cantares, en donde el esposo exclama: «¡Ábreme, hermana mía, amada mía, mi paloma, mi inmaculada! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis cabellos de escarcha de la noche» (Ct 5,2). Es un modo de expresar el afán divino que nos llama a una intimidad mayor, y lo hace de mil formas a lo largo de nuestra vida. «Poco a poco el amor de Dios se palpa —aunque no es cosa de sentimientos—, como un zarpazo en el alma. Es Cristo, que nos persigue amorosamente: he aquí que estoy a tu puerta y llamo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 8).
Jesucristo afirma que los que venzan se sentarán con Él en su trono. Una respuesta parecida había dado a San Pedro cuando prometió a los Apóstoles que se sentarían en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel (cfr Mt 19,28; 20,20ss.). Por «trono» se entiende la potestad soberana que Cristo ha recibido del Padre. Por tanto, la promesa de sentarse en él es un modo de expresar la participación en el triunfo y realeza de Cristo por parte de quienes le son fieles (cfr 1 Co 6,2-3).