COMENTARIO

 Ap 4,1-8 

«Tener una visión», «ser elevado al cielo» o «caer en éxtasis» son tres formas diversas de expresar una misma realidad: que Dios revela algo al autor del libro. Aparecen imágenes tomadas del Antiguo Testamento: el trono recuerda las visiones de Is 6,1 y Ez 1,26-28; el arco iris como señal de Alianza de Dios se encuentra en Gn 9,7-17; los relámpagos aparecen en la teofanía del Sinaí (Ex 19,16); el mar de cristal y los cuatro seres forman parte de la descripción del templo de Jerusalén en 1 R 7,23-26 y Ez 10,14. El aspecto de esos seres es el que ya contemplaba el profeta Ezequiel en su visión del «carro del Señor» transportado por cuatro seres celestes, ángeles, que representan la inteligencia, la nobleza, la fuerza y la agilidad (cfr Ez 1,10; 10,12; Is 6,2). La tradición cristiana, ya desde San Ireneo, ha considerado a los cuatro seres como representación de los cuatro evangelistas, ya que ellos son los portadores de la figura de Jesucristo: el hombre simboliza a San Mateo, cuyo evangelio comienza con la genealogía humana de Cristo; el león a San Marcos, que inicia su obra hablando de la voz que clama en el desierto, donde se oye el rugido del león; el toro hace referencia a los sacrificios del Templo, lugar donde sitúa San Lucas el principio de su relato; el águila representa a San Juan, que se remonta hasta lo más alto para contemplar la divinidad del Verbo.

Con las imágenes empleadas, y otros simbolismos como el de los colores, se describe la majestad de Dios y la alabanza que recibe en el Cielo. Los veinticuatro ancianos (v. 4) podrían representar a la Iglesia celeste, que incluye el antiguo y nuevo Israel (doce tribus + doce Apóstoles), y que en el Cielo tributa a Dios la alabanza perfecta e intercede por la Iglesia en la tierra. A veces, la significación de los elementos simbólicos no es fácil de determinar. Así ocurre con la imagen del mar transparente como el cristal, y con los cuatro seres vivos en medio y alrededor del trono. Podemos pensar que ese cuadro viene a ser como una réplica celeste de la disposición del templo construido por Salomón, en el que ante el sancta sanctorum, lugar de la presencia de Dios, había una gran pila de agua para las purificaciones, llamada mar de bronce, con figuras de animales, doce toros (cfr 1 R 7,23-26; 2 Cro 4,2-5). Esta semejanza entre el Cielo y el Templo sería expresión de la relación entre la liturgia terrena y la celestial.

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