COMENTARIO
A la voz de los cuatro seres se une todo el pueblo de Dios representado en los veinticuatro ancianos, es decir, la Iglesia triunfante en el Cielo. Arrojar las coronas significa reconocer que su triunfo se debe a Dios, y a Él solo pertenece el poder. El motivo fundamental de la alabanza es aquí la obra creadora de Dios. Al narrar esta visión, el autor del Apocalipsis está invitando a la Iglesia peregrina aún en la tierra a unirse a la adoración y a la alabanza que en el Cielo se tributa a Dios creador. La Iglesia hace suya esta alabanza en la liturgia eucarística cuando, al final del Prefacio, se repite el canto angélico del Sanctus como preparación inmediata a la recitación del Canon. Pero toda la liturgia de la Iglesia tiende a unirse a esa alabanza en el cielo: «Nuestra unión con la Iglesia del cielo se realiza de la manera más noble cuando celebramos las alabanzas de la grandeza de Dios con alegría compartida, sobre todo en la sagrada liturgia, en la que la fuerza del Espíritu Santo actúa en nosotros por medio de los sacramentos. En ella todos los redimidos por la sangre de Cristo de todo linaje, lengua, pueblo y nación, reunidos en una única Iglesia, proclamamos la grandeza de Dios, uno y trino, con el mismo cántico de alabanza» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 50).