COMENTARIO

 Ap 9,13-21 

Los ángeles atados junto al río Éufrates son los ángeles terribles de la muerte (9,15). A éstos sólo puede mandarlos Dios. La razón última de los castigos descritos —como en el caso de las llamadas a penitencia dirigidas a las iglesias del Asia Menor (cfr 2,5.16.21; 3,3; etc.)— es mover a los hombres a conversión. Pero éstos siguen siendo pertinaces: se apartan de Dios y se entregan a los ídolos, auténticos espantajos frente a la grandeza infinita del Dios vivo (cfr p. ej. Sal 115; Jr 10,3-5).

La idolatría es, en definitiva, la raíz de los demás pecados (v. 20), pues, al apartarse de Dios, el hombre queda sometido a las fuerzas del mal, que no sólo desde fuera, sino también desde dentro del hombre, lo empujan a toda clase de pecados y perversiones. Es la misma idea que expone San Pablo en la Carta a los Romanos, cuando se refiere a quienes, al apartarse de Dios, fueron abandonados a sus propias pasiones y cayeron en las acciones más abominables (cfr Rm 1,18-32). El resultado del castigo es, a veces, un mayor endurecimiento de los corazones, como le sucedió al faraón cuando no dejó salir a los israelitas de Egipto.

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