INTRODUCCIÓN

LOS LIBROS HISTÓRICOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

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«Dios, creando y conservando el universo por su Palabra (cfr Jn 1,3), ofrece a los hombres en la creación un testimonio perenne de sí mismo (cfr Rm 1,19-20); queriendo además abrir el camino de la salvación que viene de lo alto, se reveló desde el principio a nuestros primeros padres»1. Cuando llegó el momento oportuno, eligió un pueblo al que fue preparando, guiando e instruyendo «para que lo reconociera a Él como Dios único y verdadero, como Padre providente y justo juez, y para que esperase al Salvador prometido»2. La dispensación (oikonomía) de la salvación se fue realizando paso a paso, siguiendo unas etapas en la historia de ese pueblo hasta que llegó la plenitud de los tiempos cuando el Salvador vino al mundo3. Dios, que intervenía delicadamente y se hacía presente en el acontecer de la historia humana, fue abriendo de ese modo los caminos de la salvación que quedarían definitivamente despejados en el misterio pascual de Cristo Jesús. Esta «economía de la salvación, anunciada, contada y explicada por los autores sagrados, se encuentra, hecha palabra de Dios, en los libros del Antiguo Testamento»4.

Los llamados «libros históricos» del Antiguo Testamento relatan los avatares del pueblo elegido desde el comienzo de la conquista de Canaán hasta las luchas que en el siglo II a.C. los israelitas tuvieron que entablar para defender su identidad ante los peligros del helenismo. En sus páginas, por tanto, se pueden encontrar elementos de gran interés para la historia antigua, sobre todo del pueblo de Israel que fue el primer beneficiario de la elección divina. Sin embargo, esos textos hablan fundamentalmente de la salvación preparada y realizada por Dios a lo largo de la historia de Israel, y de la que se beneficiarían todos los hombres5.

Cuando se lee la Sagrada Escritura en su conjunto a la luz de la fe cristiana, se puede apreciar lo que aporta cada uno de sus libros en el progreso hacia la plenitud de la Revelación. En consecuencia, lo narrado en los libros históricos del Antiguo Testamento sólo se entiende en toda su profundidad cuando se contempla debidamente encuadrado dentro de la gran manifestación de Dios que culmina en Jesucristo. De este modo «los libros del Antiguo Testamento, incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento y a su vez lo iluminan y explican»6.

La luz nueva que proyecta la fe cristiana sobre estos libros venerables del pueblo de Israel no les priva de su sentido original, sino que ayuda a verlos con más profundidad y los sitúa en el momento que les corresponde dentro del camino hacia la plenitud de la Revelación. Por eso, para entenderlos bien, es necesario prestar atención tanto al sentido propio de cada texto como a su significación dentro del conjunto de la manifestación del designio salvífico de Dios que ofrece la totalidad de la Sagrada Escritura.

1. LOS «LIBROS HISTÓRICOS» EN EL CONJUNTO DEL ANTIGUO TESTAMENTO

El título de este segundo grupo de escritos de la Sagrada Biblia, «Libros históricos del Antiguo Testamento», requiere una breve aclaración pues no todas las Biblias contienen los mismos libros del Antiguo Testamento, ni tampoco éstos aparecen siempre en el mismo orden. Las diferencias obedecen a razones de carácter histórico y de algún modo afectan a la interpretación de los libros.

Muchos judíos del tiempo de Jesucristo reconocían la autoridad de la Ley y de los Profetas, y admitían que había también otros libros sagrados que no estaban incluidos en ninguno de esos grupos, por lo que los denominaban simplemente «escritos». Sin embargo, aún no se había llegado a un consenso sobre el carácter sagrado de algunos libros concretos. De hecho circulaban muchas obras que finalmente no fueron incluidas en las listas de libros sagrados judíos ni cristianos.

Los códices transmitidos en el judaísmo rabínico posterior a Jesucristo presentan los libros de la Biblia agrupados en tres secciones: «Ley», «Profetas» y «Escritos»7. En cambio los códices en lengua griega que contienen las escrituras de ambos Testamentos suelen agrupar los libros del Antiguo de un modo distinto. A grandes rasgos, el orden es el siguiente: primero los «históricos», después los «poéticos y sapienciales» y por último los «proféticos». Ambas maneras de ordenar los escritos sagrados se dieron simultáneamente a partir del siglo II de la era cristiana, aunque respondiendo a criterios diferentes. La ordenación que aparece en la Biblia hebrea —realizada por rabinos judíos en los albores del siglo II d.C.— dejó fuera los libros que no estaban escritos en hebreo o que manifestaban cierta proximidad al pensamiento helenístico; la forma que aparece en la Biblia griega, procedente del ambiente judío de la diáspora, con una visión más abierta al mundo y a la cultura de la época, acogió también algunas obras que habían sido escritas por autores judíos en lengua griega y que poseen extraordinaria riqueza teológica.

La tradición cristiana, que hizo suya la clasificación griega, considera «libros históricos» tanto los que forman el Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio) como los de Josué, Jueces, Rut, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes, 1 y 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Tobías, Judit y Ester. También incluye este grupo 1 y 2 Macabeos que suelen colocarse al final de todo el Antiguo Testamento. Los «libros poéticos y sapienciales», que en el canon cristiano vienen a continuación, incluyen los de Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Sabiduría y Eclesiástico. Por último los «libros proféticos» comprenden Isaías, Jeremías (con Lamentaciones y Baruc), Ezequiel y Daniel, y los doce profetas menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías).

Esta clasificación refleja una concepción teológica de la Sagrada Escritura distinta de la que subyace en la Biblia transmitida en hebreo, que es heredera del rabinismo y que está centrada en torno a la Ley. Para la Iglesia los libros históricos del Antiguo Testamento constituyen una narración ordenada cronológicamente (aunque con repeticiones y digresiones), que comienza en los orígenes del mundo y del hombre, sigue con los Patriarcas, la estancia de Israel en Egipto y el éxodo, la peregrinación por el desierto, el establecimiento en la tierra prometida, la monarquía, el destierro y la restauración en la época persa, hasta la revuelta macabea frente a la helenización de Palestina. Una historia que se interrumpe a las puertas de nuestra era. A continuación se sitúan los libros poéticos y didácticos, cuyo contenido pone al lector ante Dios —en la oración— y ante el mundo —mediante la sabiduría—, y le permite atisbar nuevas perspectivas sobre el ser y el actuar de Dios. La inclusión entre ellos de libros compuestos en griego, y en un contexto cultural helénico, es un testimonio de la apertura universalista de la colección. En tercer y último lugar aparecen los libros proféticos cuyo contenido se considera orientado directamente a Jesucristo, al que anuncian. Evidentemente estas profecías son vistas como fruto de una época concreta —aquélla en que se pronuncian o se recopilan los oráculos—, pero tienen en el horizonte una apertura de sentido que sólo después se captará por completo. Esta clasificación de los libros del Antiguo Testamento permite entender mejor la manifestación gradual de Dios a los hombres: la Revelación divina ha culminado en Cristo y sólo a la luz del acontecimiento pascual (la muerte y resurrección de Jesús) se encuentra el sentido definitivo de la Sagrada Escritura. Con Él la historia llega a su plenitud. De Él hablan la Ley y los Profetas. Él ha venido a traer la salvación a todos los hombres, judíos y gentiles. La Ley o Pentateuco no es, pues, para la fe cristiana la plasmación definitiva de la voluntad de Dios, como se presupone en la Biblia hebrea, sino el comienzo de la historia de la salvación que se completará con Jesucristo.

2. EL MARCO HISTÓRICO DEL ANTIGUO TESTAMENTO

La Revelación de Dios al pueblo de Israel se fue realizando en diversas épocas históricas; y a estas épocas responde también la puesta por escrito de los libros que dan testimonio de esa Revelación. De ahí que, para situar adecuadamente tanto el momento en que fueron redactados como aquel en que se enmarcan los relatos, sea conveniente conocer al menos las líneas fundamentales de la historia antigua de Israel. Esbozar los grandes rasgos del marco histórico en el que se desarrollan las narraciones de la historia bíblica facilitará la comprensión de esos relatos, permitirá hacerse cargo de la intención con la que se escribieron, y ayudará a percibir mejor su enseñanza.

A continuación se señalan solamente aquellos hechos de los que han quedado huellas arqueológicas o de los que se tiene conocimiento por documentos extrabíblicos muy antiguos. No se pretende, pues, trazar una historia completa, sino dibujar someramente los jalones más significativos que enmarcan los acontecimientos narrados en el Antiguo Testamento.

a) La tierra en que se formó Israel

En los inicios del segundo milenio a.C., al comienzo del periodo que en las excavaciones arqueológicas se denomina «bronce medio», la región situada a orillas del Mediterráneo oriental era un país conocido por sus higueras, viñas, olivos y ganado. Había poblados en las zonas más fértiles y numerosas tribus de pastores nómadas se desplazaban por las regiones esteparias en busca de pastos para sus rebaños. A esa región se la conoce por el nombre de tierra de Canaán, tierra de Israel o Palestina.

En este territorio se pueden distinguir las siguientes regiones naturales: al oeste, una fértil llanura costera bañada por el Mediterráneo, y, al este, el valle del Jordán, que une el lago de Genesaret con el Mar Muerto; entre ambas zonas hay, de norte a sur, una región de colinas (Galilea), una amplia depresión (Yizrael), una zona central de colinas (Samaría) y una región meridional montañosa (Judea), cada vez más desértica conforme se avanza hacia el sur.

El cambio climático producido por grandes sequías en la tierra de Canaán entre el 1600 y el 1250 a.C. trajo consigo una concentración de la población; los pequeños poblados repartidos por toda la región fueron abandonados por sus habitantes, que se agruparon en ciudades situadas en las tierras bajas o en los grandes valles entre montañas, más aptos para la agricultura. El sistema político que se impondría durante mucho tiempo sería el de las «ciudades–estado». En estas ciudades se concentraba el comercio de la población adyacente y allí podían encontrar refugio cuando fuera necesario las personas que vivían en los alrededores.

El marco que ofrece la tierra de Canaán hace verosímil situar en esa época las narraciones bíblicas acerca de los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob peregrinando por la tierra prometida en busca de pastos para sus ganados.

Entre los años 1250 y 1050 a.C. hubo otro gran movimiento de población en toda la zona. Gentes llegadas de otros lugares comenzaron una colonización y explotación agrícola en los altos de Efraím, en la Palestina central. En ellos, y de acuerdo con las características más apropiadas de cada terreno, fueron apareciendo zonas dedicadas al cultivo de cereales, de productos de huerta y del vino y del aceite, así como al pastoreo. En esa época se encuadran los relatos recogidos en los libros de Josué y de los Jueces acerca del asentamiento en Canaán de unas tribus llegadas del desierto, procedentes de Egipto.

b) El reino de Israel

Hay suficientes testimonios fuera de la Biblia de que, con el paso del tiempo, a partir del año 1050 y hasta el 850 a.C., se fue logrando una plena sedentarización de la población de la zona central de ese territorio y aquellas tierras proporcionaron un notable rendimiento agrícola a sus habitantes. La población creció y el comercio con las regiones limítrofes alcanzó gran desarrollo.

En este periodo se construyó la ciudad de Samaría, que ya no era una «ciudad–estado» según el modelo tradicional de la región, sino una verdadera capital política, con los servicios públicos necesarios para organizar el comercio y la defensa de toda la zona central. En los textos asirios contemporáneos aparece el nombre de Samaría, y se designa a su territorio con el nombre de Israel o como el país de Omrí. También se citan algunos de sus reyes, como Ajab, Jehú y Menajem, a cada uno de los cuales se aplica la denominación genérica de «hijo de Omrí». En una estela de piedra con una inscripción de esa época, en honor de Mesá, rey de Moab (siglo 830-805 a.C.), se habla de Yahwéh como Dios de Israel.

La gran potencia de la zona era el reino asirio. En diversas ocasiones, el gobierno de Samaría tuvo que ceder ante el poderío de Asiria y se vio obligado a pagarle tributos. Sin embargo, con la subida al poder de Teglatpalasar III de Asiria (745-727 a.C.) el panorama cambió radicalmente. Este rey no se contentó con tributos esporádicos, sino que tomó la decisión de anexionar a su reino el territorio de los pueblos que no quisieran someterse: los convertía en provincia asiria, deportaba a parte de sus habitantes a otras zonas y repoblaba sus tierras con colonos traídos de diversos lugares. En una de sus campañas atacó y se apoderó de la mayor parte del territorio de Israel con excepción de la capital, Samaría. A la muerte de Teglatpalasar III, Israel intentó sacudirse el yugo del país de Asur y el nuevo rey asirio Salmanasar V puso cerco a la ciudad. Al cabo de tres años, en el 722 a.C., Samaría se rindió. El sucesor de Salmanasar V, Sargón II (721-705 a.C.), se encargó de organizar la deportación; y Samaría y sus territorios quedaron así convertidos en una provincia asiria.

Estos datos, bien documentados en testimonios extrabíblicos, son coherentes con las noticias que han transmitido los libros de los Reyes acerca de la monarquía de Israel, que tuvo a Samaría por capital a partir de Omrí8, fue gobernada entre otros por Ajab9, Jehú10 y Menajem11, y cayó finalmente en manos del rey de Asiria, que deportó a la población12.

c) El reino de Judá

Mientras tanto, en la región meridional, sobre todo en los alrededores de Jerusalén y en el valle de Ayalón, zonas de pequeños poblados con mercado, había una agricultura floreciente. A comienzos del siglo VII a.C., unos años después de la caída de Samaría en manos del poder asirio, se produjo un considerable desarrollo de la ciudad de Jerusalén. Aumentó notablemente su población y logró una creciente prosperidad que la convirtieron, en ese momento, en una capital importante. Una inscripción del rey asirio Senaquerib (hacia el 690 a.C.) refiere el nombre del soberano de Jerusalén, Ezequías, y el gentilicio de sus súbditos: judíos. Ezequías, después de haber intentado resistir a Senaquerib, tuvo que pagarle un fuerte tributo y pasó a ser su vasallo.

Entre el siglo VII y el VI a.C. el poder asirio se fue debilitando en manos del progresivo poderío militar de Babilonia. Ante el rey de Babilonia, el rey de Judá no pudo soportar el embate de las armas. Primero fue asediada y conquistada la fortaleza de Laquís, y más tarde Jerusalén. En las inscripciones que se conservan de esa época se puede ver cómo los defensores de Laquís buscaron la ayuda de Egipto. También hay otro dato de singular importancia: el Dios en el que buscan auxilio es Yahwéh, el mismo que, como antes se señaló, era invocado como Dios de Israel.

La ciudad de Jerusalén fue tomada por Nabucodonosor, rey de Babilonia, en la primera mitad del siglo VI a.C. (587 a.C.). Nabucodonosor se llevó cautivos a Babilonia al propio rey de Jerusalén, Yoyaquín, y a los personajes más importantes del reino tanto del ámbito político como del religioso.

Con la conquista de Jerusalén y su sumisión al poder babilónico llegó a su punto álgido la transformación de la estructura social de la región, que se venía preparando desde la caída de Samaría. En esos territorios, sobre todo en las partes conquistadas por Asiria, se habían producido traslados masivos de población: parte de la población autóctona había sido deportada a otros lugares, y sus tierras se repoblaron con gentes desarraigadas que provenían de otras regiones. A finales del siglo VI a.C. una gran parte de los que vivían en ese territorio no eran descendientes de los anteriores pobladores, sino de los nuevos inmigrantes asentados en aquellas tierras.

En los relatos de los libros de los Reyes y de las Crónicas se habla de algunos de estos acontecimientos, atestiguados también a partir de la arqueología y de la documentación extrabíblica: el sitio de Jerusalén por Senaquerib en tiempos de Ezequías13, las incursiones de los ejércitos babilónicos por todo el territorio14 y la caída de Jerusalén en manos de Nabucodonosor15.

d) La época persa

Unos cuarenta años después de la caída de Jerusalén en manos del rey de Babilonia, Ciro, rey de Persia, conquistó a su vez la ciudad de Babilonia y se hizo con el dominio de todo el territorio que de ella dependía. Son los comienzos del llamado imperio persa. Siguiendo una política de benevolencia hacia los países conquistados, Ciro ayudó a la restauración de Jerusalén, impulsando el culto tradicional a Yahwéh, el Dios de Samaría y Judá. Allí se fue creando una nueva sociedad centrada en el Templo y administrada por un gobernador persa, identificado profundamente con el pueblo. En el reinado de Darío I se promulgaron medidas imperiales orientadas a favorecer la centralización del culto en Jerusalén y el cumplimiento de las normas legales emanadas de la autoridad de la ciudad restaurada. La provincia persa de Yehud (Judá), cuya capital era Jerusalén, iría creciendo en importancia durante los siglos V y IV a.C.

En esa época de restauración del culto y de la vida pública en la ciudad davídica bajo el dominio persa se sitúan las misiones de Nehemías y de Esdras, cuyas memorias han quedado incluidas en los libros del Antiguo Testamento que llevan sus nombres. Tales misiones no estuvieron exentas de tensiones con los gobernadores de la zona, como lo atestiguan esos mismos libros.

e) La época helenística

El relativo esplendor alcanzado por Persia, y participado por Judá bajo su dominio, inició su declive hacia el año 333 a.C. con las conquistas de Alejandro Magno. Después de su victoria sobre el emperador persa Darío III Codomano, al noroeste de Siria, Alejandro bajó por la costa de Palestina en dirección a Egipto y sus tropas se hicieron con el control de la región. Su muerte se suele considerar el inicio de una nueva era en todo el Mediterráneo oriental y el Oriente Medio, conocida como periodo helenista. En esta época muchos aspectos de la vida de los pueblos conquistados quedarían impregnados de elementos de la civilización, el arte, la técnica, la lengua o la filosofía griegas. En las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en Palestina, se puede constatar que la irrupción de esa nueva cultura produjo cambios considerables y profundos, entre ellos la aparición de ciudades típicamente helenistas.

La helenización de Judea fue más lenta que la de otras regiones. Jerusalén, al principio, fue respetada. Posteriormente, y de modo muy gradual, también su fisonomía se fue transformando de acuerdo con las tendencias del momento, y fueron apareciendo en ella construcciones representativas de los nuevos moldes culturales, como por ejemplo el gimnasio.

Mientras tanto, la situación social y política distaba mucho de ser pacífica. Tras la muerte de Alejandro Magno, todo el Oriente Medio se vio envuelto en las luchas de sus sucesores por conseguir el poder sobre las distintas regiones de su imperio. Al final de las «guerras sirias» entre ptolomeos y seléucidas, a comienzos del siglo II a.C., Palestina quedó bajo el poder sirio (seléucida). Antíoco III promulgó varios decretos destinados a acelerar la reconstrucción y repoblación de Jerusalén, concedió privilegios a los sacerdotes, escribas y miembros del consejo de los ancianos, y estableció algunas disposiciones para el mantenimiento de la ciudad y del Templo.

Sin embargo, los efectos de estas medidas fueron escasos. Cuando Antíoco IV Epífanes (175-164 a.C.) se hizo con el poder, el proceso de helenización llegó a su apogeo. Jerusalén fue transformada en una ciudad helenística, la Torah dejó de ser ley constitucional, como lo venía siendo desde la época persa, y se suprimieron los sacrificios y el culto en el Templo. Antíoco envió una expedición a Jerusalén e instaló en ella a colonos militares cuya presencia la convirtió en una ciudad de población mixta, judía y gentil. También dedicó el Templo al «Señor del cielo», equivalente al Zeus Olímpico de los griegos. Los decretos de Antíoco IV Epífanes encontraron desde el comienzo una resistencia pacífica entre gran parte del pueblo de Judea. Pero muy pronto esta resistencia pasiva dio paso a la rebelión armada por la que Judea se libró del opresor y logró un alto grado de independencia religiosa y política. El heroísmo manifestado en esa lucha por parte de los israelitas que querían permanecer fieles a sus tradiciones religiosas quedó admirablemente plasmado en los libros de los Macabeos.

Sin embargo, hacia el año 70 a.C., Roma se apoderó de Jerusalén. Palestina era entonces una región profundamente helenizada, aunque se mantenían en ella bastantes reductos que habían logrado conservar con gran vigor la identidad religiosa y cultural propia. En Samaría y Galilea la población rural seguía con sus creencias y modos de vida tradicionales, manteniendo la escisión entre judíos y samaritanos que habían heredado de sus antepasados. En cambio, en las grandes ciudades dominaban la población, la lengua y la cultura helénica. Mientras tanto, en Judea, y de modo particular en Jerusalén, la religión, cultura y civilización judías eran mayoritarias, si bien los elementos helenísticos no dejaban de tener un peso e influencias notables en todos los ambientes. Faltaba poco para el nacimiento de Jesucristo.