INTRODUCCIÓN
SALMOS
La obra recibe el título de Libro de los Salmos a partir de la versión griega, que en cuarenta y dos ocasiones traduce por «salmo» el término hebreo mizmor con el que son presentadas cincuenta y siete de las ciento cincuenta composiciones poéticas de carácter religioso que incluye el libro. El término indica que se cantan acompañadas de un instrumento musical, la lira o el arpa. En hebreo el libro lleva como título Tehillim, que significa propiamente oraciones de alabanza.
1. CONTENIDO Y ESTRUCTURA DEL LIBRO
La mayor parte de las composiciones poéticas contenidas en el libro de los Salmos son oraciones dirigidas a Dios, pero también se encuentran proclamaciones de las obras del Señor, descripciones de la situación sufriente del hombre, imprecaciones contra los enemigos, loas dirigidas al rey o a la ciudad de Jerusalén, y exhortaciones para llevar una vida feliz. Con frecuencia los temas se entremezclan en una misma composición, que recoge de este modo sentimientos diversos, siempre en referencia al actuar divino en la creación, en la historia y en la vida del hombre.
La obra presenta una división en cinco partes, llamadas también «libros», cuya separación viene marcada por unas alabanzas solemnes, o doxologías, al final de ciertos salmos. Estas partes son: Sal 3-41; Sal 42-72; Sal 73-89; Sal 90-106; y Sal 107-150. Tal división refleja una cierta semejanza con la de la Ley, que es transmitida igualmente en cinco volúmenes, el Pentateuco. Se significa así que los salmos son la respuesta del hombre, inspirada por Dios, ante las obras del Señor narradas en aquellos libros y ante la Ley contenida en ellos.
«Las múltiples expresiones de oración de los Salmos se encarnan a la vez en la liturgia del templo y en el corazón del hombre. Tanto si se trata de un himno como de una oración de desamparo o de acción de gracias, de súplica individual o comunitaria, de canto real o de peregrinación o de meditación sapiencial, los salmos son el espejo de las maravillas de Dios en la historia de su pueblo y en las situaciones humanas vividas por el salmista. Un salmo puede reflejar un acontecimiento pasado, pero es de una sobriedad tal que se puede rezar verdaderamente por los hombres de toda condición y de todo tiempo»1.
2. LOS TEXTOS HEBREO Y GRIEGO
En la Biblia hebrea el libro de los Salmos es el primero de la colección de los «Escritos», sin duda porque es el más importante y el que sirvió de base para formar esa colección. En cambio, en la mayor parte de los códices griegos y latinos, que reflejan la tradición cristiana, viene insertado después del libro de Job, probablemente por seguir cierto orden cronológico, ya que Job es considerado uno de los antiguos patriarcas, y los salmos obra del rey David.
También difiere la numeración de los poemas en el texto hebreo y en las versiones griega y latina. En éstas aparecen unidos Sal 9-10 como una sola composición, por lo que a partir de Sal 11 estas versiones presentan la numeración con una unidad más baja. Vuelven a unir Sal 114-115, y su numeración queda en ese momento dos unidades por debajo de la del texto hebreo. Pero enseguida dividen en dos Sal 116 recuperando la numeración con una unidad más baja, hasta Sal 147, que vuelven a dividirlo en dos, de forma que a partir de ahí se unifica la numeración. Por lo tanto, la numeración más alta corresponde siempre al texto hebreo. En las traducciones modernas de la Biblia y en la Neovulgata se sigue la numeración del texto hebreo, poniendo entre paréntesis la de las antiguas versiones. En la liturgia de la Iglesia, en cambio, se sigue la del texto griego y la de la Vulgata. Además de tal anomalía, estas versiones presentan muchas veces correcciones del texto que lo hacen más inteligible, pues el hebreo con frecuencia es muy oscuro, impreciso y de difícil comprensión. En la traducción hemos seguido la numeración hebrea y, siempre que ha sido posible, el texto hebreo. Cuando éste resulta incomprensible hemos acudido al texto griego.
Muchos de los salmos traen, tanto en el texto hebreo como en el griego, una presentación, a modo de título, indicando el carácter del poema, el autor, la circunstancia en que fue compuesto, el instrumento musical o la melodía con los que se cantaba, e incluso, a veces, la fiesta litúrgica en la que se utilizaba. El autor que aparece citado con más frecuencia es David (setenta y tres veces en el texto hebreo). Otros autores mencionados son los hijos de Coré (Sal 42-49), Asaf (Sal 73-79), Salomón (Sal 72), Moisés (Sal 90) y otros de menor relieve2. Las circunstancias mencionadas se relacionan generalmente con episodios de la vida del rey David. Los poemas vienen calificados de «salmos» o himnos (mizmor), cantos (sir), enseñanzas (maskil, lelammed), oraciones (tefillah, miktam), lamentos (shiggaion), o con algún otro término de difícil interpretación.
Sin embargo, no siempre hay coincidencia entre los títulos que aparecen en el texto hebreo y en las versiones griega y latina, como tampoco la hay en general entre la situación propuesta en ese mismo título y la reflejada en el contenido del salmo. Ello indica que los títulos han sido introducidos con posterioridad a la composición del poema y que propiamente son un indicio de cómo los salmos fueron agrupados y transmitidos en colecciones parciales, antes de ser recopilados en un solo libro dividido en cinco partes. Esos títulos denotan asimismo un interés por parte de los transmisores en señalar el origen y las características literarias, musicales o litúrgicas de la composición.
3. ORIGEN Y AUTORÍA DE LOS SALMOS
Por ser David el personaje al que más composiciones se le atribuyen, y gozar en la tradición de Israel de fama de buen músico y poeta3, en la tradición judía y cristiana4 fue considerado genéricamente autor del libro. Es más, al libro se le denomina también Salmos de David, sobre todo para distinguirlo de otra obra parecida, aunque mucho más breve y no inspirada, que circulaba entre los judíos en tiempos de Jesucristo con el nombre de Salmos de Salomón. Es probable que el mismo rey David, o Salomón, compusiesen alguna pieza poética que ahora forma parte de algún salmo; pero en el estado en que los salmos han llegado hasta nosotros es imposible determinarlo. Por otra parte, las composiciones, que originariamente se transmitirían de forma oral, pudieron ir tomando de manera progresiva la forma que ahora presentan por escrito.
Lo más que se puede deducir del texto de algunas composiciones sálmicas es si refleja un ambiente anterior al destierro de Babilonia (siglo VI a.C.), época en la que existía la institución monárquica, o más bien delata un periodo posterior. En cualquier caso, el momento de la composición de un salmo, o saber quién lo compusiera realmente, no es lo más importante, ya que los salmos son piezas poéticas inspiradas por Dios que, al ser releídas una y otra vez, se actualizan al momento en el que vuelven a hacerse oración de quienes las recitan. Se convierten en plegaria que «recuerda los acontecimientos salvadores del pasado y se extiende hasta la consumación de la historia; hace memoria de las promesas de Dios ya realizadas y espera al Mesías que les dará cumplimiento definitivo»5. Así pues, muchos salmos, que hablaban del rey o cantaban su gloria cuando la monarquía estaba vigente en Israel, más tarde, cuando ya no hubo reyes, siguieron recitándose y su contenido fue proyectado al rey ideal, al Mesías, objeto de esperanza.
El tiempo de composición de los salmos va desde la época de la monarquía hasta el siglo II a.C., cuando tendría lugar la recopilación final.
4. GÉNEROS LITERARIOS
En la crítica literaria moderna la atención de los estudiosos ha recaído especialmente en el estudio de las formas de expresión que se repiten en distintos salmos y en los sentimientos reflejados en ellas. Así se determina el género literario al que pertenece cada pieza y se intenta descubrir las circunstancias de la vida en que surge y se desarrolla. De ahí que se suelan agrupar los salmos según su género. Aunque no haya total coincidencia entre los exegetas en la determinación detallada de cuántos son esos géneros, ni menos aún en el trasfondo vital en el que surgen y se desarrollan, sí pueden distinguirse diversos tipos de salmos, que ayudan a comprender mejor tanto el arte como el contenido de la composición.
No obstante, hay que tener en cuenta que con frecuencia en un mismo salmo se entremezclan distintos géneros, pues la inspiración poética no puede encasillarse en moldes rígidos. En la secuencia en la que aparecen en el libro rara vez están unidos los salmos pertenecientes a un determinado género; se trata más bien de una secuencia que, como veremos más adelante, responde a otros motivos.
Las diversas formas de composición sirven para expresar y desarrollar las actitudes fundamentales del hombre ante Dios en las distintas circunstancias de la vida: la petición de ayuda y el reconocimiento de la grandeza divina. Éstas adquieren distintas modalidades según los motivos que las hacen brotar y las circunstancias en las que se expresan.
Salmos de súplica
La petición de ayuda se realiza mediante la súplica ante la amenaza de una desgracia o en la desgracia misma, que a veces es presentada a Dios a modo de lamentación, aunque siempre acompañada de expresiones de esperanza. La súplica puede ser individual o comunitaria, según sea elevada por una persona particular, un «yo», o por la comunidad, «nosotros». No siempre aparece claramente la identidad de ese «yo», pues ocurre con frecuencia que el que suplica es alguien que habla en nombre del pueblo, quizá el rey o el sacerdote, o que una oración individual es utilizada comunitariamente; no obstante, en principio se ha de mantener el carácter personal de esas súplicas.
En la súplica individual la desgracia que amenaza es generalmente la muerte, bien como consecuencia de una enfermedad que se padece6, o como resultado del acoso de los enemigos7, aunque, con frecuencia, ambos motivos quedan entrelazados. De ahí que en dicha súplica sea frecuente pedir perdón por el pecado, que se consideraba causante de la enfermedad8, y presentar la propia inocencia frente a las acusaciones de los enemigos9, contra los que se lanzan fuertes imprecaciones10. En algunos casos se desarrolla especialmente el motivo de la confianza puesta en Dios11. Aunque muchas veces estos elementos están cargados de oratoria y se presentan con fórmulas ya acuñadas, los salmos de súplica individual responden a situaciones reales de desgracia personal. Su contexto originario bien pudiera estar en la búsqueda de la ayuda divina por parte de quien acudía al Templo. Allí recitaría esas oraciones ante un sacerdote, esperando un oráculo favorable o la declaración de inocencia frente a sus acusadores. La identidad de los «enemigos», tan frecuentemente mencionados, no es precisa; en principio se trataría de adversarios reales, bien de gentes prepotentes que no reparaban en abusos contra el débil, bien de testigos falsos en conflictos judiciales; pero muchas veces este tipo de salmo refleja un lenguaje ya hecho, utilizable por quien se siente en situación límite.
Las súplicas comunitarias tienen su origen en desgracias sufridas por el pueblo, como guerras, invasiones de pueblos extranjeros, pestes, sequías, etc.12 Iban acompañadas de gestos penitenciales como el ayuno y el vestirse de saco y ceniza13, reconociendo el pecado del pueblo14 y expresando su confianza en el Señor15. Al parecer, eran recitadas por el sacerdote alternando quizá con toda la asamblea. Aunque no podamos saber cómo se desarrollaba su recitación, sí encontramos un elemento peculiar en estas súplicas en los estribillos que se repiten a lo largo de algunos salmos16.
Salmos de acción de gracias
Junto a la súplica, y en correspondencia a ella, está la acción de gracias a Dios por el beneficio recibido. Esta actitud no se diferencia esencialmente de la de alabanza, pues siempre se trata del reconocimiento de la bondad y grandeza del Señor. Sin embargo, la acción de gracias se suele identificar como un género literario propio, en cuanto que ciertas composiciones otorgan un espacio al recuerdo del auxilio recibido cuando se estaba en situación angustiosa, y a veces narran con bastante detenimiento cómo se realizó la salvación.
La acción de gracias individual tenía su contexto propio en el Templo, adonde acudía el receptor del beneficio divino para ofrecer un sacrificio de acción de gracias. Es posible que en el mismo acto cultual se pronunciaran frases dirigidas directamente a Dios, a quien se ofrecía el sacrificio, y otras en tercera persona, referidas al mismo Dios, para testimoniar ante los presentes las acciones divinas17.
La acción de gracias comunitaria o nacional, que algunos estudiosos catalogan más bien como salmo de alabanza, tiene la peculiaridad de recordar acciones de Dios salvadoras para todo el pueblo18. Su composición podría haber ido unida a solemnes celebraciones cultuales; pero no es posible precisar su vinculación a días especiales de acción de gracias pública.
Himnos o salmos de alabanza
Las composiciones en las que se proclaman la grandeza y bondad divinas y se alaba al Señor son llamadas himnos. A Dios se le puede alabar por muchos motivos: por su poder y sus grandes obras manifestadas en la naturaleza y en la historia, o por el auxilio concedido en una circunstancia concreta, como una victoria frente a los enemigos o la lluvia en tiempo de sequía. Como ya se ha indicado, no es fácil distinguir entre el himno de alabanza y la acción de gracias. Además, también se alaba a Dios cuando se cantan loas a la ciudad donde Él reside, Sión; o a quien Él ha establecido en ella, el rey; o cuando se contempla el gran don otorgado a su pueblo, la Ley. Entre los himnos cabe distinguir:
Himnos al Dios creador y salvador, que cantan la grandeza de Dios manifestada en la creación, en su providencia y en la historia de Israel19. El contexto originario de estos salmos pudo ser diverso: fiestas con motivo de las estaciones y acciones de gracias tras la cosecha20, o fiestas en las que se rememoraban los acontecimientos salvíficos21, o una victoria sobre los enemigos22. Con el tiempo estas composiciones han podido despegarse de su contexto originario y ser actualizadas en otras circunstancias.
Himnos a la realeza de Dios, llamados también «salmos de entronización», en los que se proclama que Dios reina sobre todo el universo y sobre todos los pueblos23. Estas composiciones pudieron surgir también con motivo de alguna fiesta, quizá con ocasión del recuerdo del traslado del Arca, trono de Dios, al Templo. También aparece Dios como rey en algunas composiciones que, aunque no sigan propiamente la estructura de los himnos, le presentan como juez que acusa a su pueblo24. En ellas aparece en primer lugar una teofanía, seguida de una disputa judicial y la conclusión. Su contexto más propio sería el Templo y quizá las liturgias penitenciales. Suelen denominarse «salmos acusatorios».
Himnos al rey, en cuanto que es el instrumento por el que Dios gobierna y auxilia a su pueblo25. Estos salmos son propiamente cinco y su origen hay que situarlo en las ceremonias de la coronación del rey, con la lectura de oráculos que legitimaban su reinado, o en acontecimientos extraordinarios como las bodas reales. Junto a éstos suelen considerarse también como salmos reales otros en los que aparece la persona del rey, el «ungido», o se alude a la promesa dinástica. Éstos pertenecen a diversos géneros como la súplica y la acción de gracias; en ellos a veces habla el mismo rey26, otras veces, se habla de él27. Todos estos salmos han sido catalogados como «salmos mesiánicos». La opinión de que muchos otros salmos de carácter individual hubiesen surgido igualmente en la corte para ser recitados por el rey, y más tarde hubiesen pasado al uso popular, ha sido abandonada. Más bien parece que se dio el proceso inverso.
Himnos a Sión (Jerusalén), o «cánticos de Sión», en los que se canta a la Ciudad Santa porque Dios habita en ella y la protege28. Su contexto originario podría ser alguna fiesta o las peregrinaciones a Jerusalén. Tienen relación temática con los Cantos de las subidas29, y con los Himnos procesionales, cuya estructura formal se basa en un diálogo entre quienes llegan al Templo en procesión y los guardianes del Santuario30.
Salmos sapienciales
También se alaba al Señor cuando se ensalza su Ley. Aunque no tienen los elementos formales propios de los himnos, algunas composiciones pueden considerarse cercanas a éstos en cuanto que proclaman la excelencia de la Ley divina31 y los beneficios que reporta al hombre el seguirla32. Son también llamados Salmos didácticos, que reflejan la enseñanza33 y el arte de componer34 de un sabio.
Aunque conviene tener presente en la medida de lo posible el género literario de cada composición para apreciar mejor su forma y contenido, de hecho, cada salmo tiene su propia originalidad, pues refleja el arte personal de su compositor y una situación personal ante Dios con toda su complejidad de sentimientos. De ahí que cada poema ha de ser leído como algo singular, en cuanto que en él el hombre se sitúa ante Dios en determinadas circunstancias que se deducen del mismo texto. Con todo, «hay unos rasgos constantes en los Salmos: la simplicidad y la espontaneidad de la oración, el deseo de Dios mismo a través de su creación, y con todo lo que hay de bueno en ella, la situación incómoda del creyente que, en su amor preferente por el Señor, se enfrenta con una multitud de enemigos y de tentaciones; y que, en la espera de lo que hará el Dios fiel, mantiene la certeza del amor de Dios, y la entrega a la voluntad divina. La oración de los salmos está siempre orientada a la alabanza; por lo cual, corresponde bien al conjunto de los salmos el título de “Las Alabanzas”. Reunidos los Salmos en función del culto de la Asamblea, son invitación a la oración y respuesta a la misma: “Hallelu-Ya!” (Aleluya), “¡Alabad al Señor!”»35.
5. FORMACIÓN DEL LIBRO DE LOS SALMOS
El libro de los Salmos deja entrever que se ha formado uniendo colecciones parciales que ya existían con anterioridad. Indicios claros de ese proceso son, además de la asignación a diversos autores o a las circunstancias señaladas en los títulos, el que algún poema o parte de él se encuentre repetido36, y el que en Sal 42-83 se emplee sistemáticamente el nombre de Elohim para designar a Dios, mientras que en el resto de los salmos se le designe normalmente como Yhwh (Señor). Las colecciones parciales que se pueden detectar a través de esos y otros indicios no coinciden del todo con las cinco partes que presenta ahora el libro y que quedan diferenciadas por la inclusión de doxologías. Parece evidente, por tanto, que esta división fue realizada al final, quizá cuando ya se habían recopilado los poemas que integran el libro o al añadir los últimos a la colección. Sin embargo, puede ayudar a comprender mejor el libro y la secuencia en él de los distintos salmos señalar aquellas colecciones previas y la manera en que pudieron ir siendo agrupadas, aunque a veces no sea posible determinarlo con exactitud.
La colección «yahwista»
Sal 3-41 constituyen claramente una primera colección, tanto por ser atribuidos a David, como por el uso del nombre divino Yhwh y por una cierta lógica interna que puede descubrirse entre ellos, como veremos en los comentarios. Son en su mayor parte súplicas individuales llenas de confianza en el Señor, para ser recitadas en diversas circunstancias, sobre todo de aflicción, privadamente o en el Templo. El grupo también contiene himnos de alabanza a Dios creador y dueño de la naturaleza, así como oraciones por el rey.
La colección «elohista»
A partir de Sal 42 comienza a usarse sistemáticamente el nombre de Elohim para designar a Dios, y con esta característica encontramos: un grupo de salmos atribuido a los «hijos de Coré» (Sal 42-49), familia de cantores del Templo relacionada con los levitas37; otra colección davídica (Sal 51-72); y un grupo de «salmos de Asaf» (Sal 73-83). Se piensa que el conjunto es fruto de una revisión de estos materiales en la que se sustituyó el nombre divino de Yhwh por el de Elohim.
Otras colecciones añadidas
A partir de Sal 90 se aprecian algunas otras colecciones, más bien breves, que pudieron haber sido añadidas a la recopilación ya existente y que van completando la obra. Aparece bien perfilado el grupo de Sal 93-100, que recoge cantos a la realeza de Dios, y —aunque no con tanta nitidez— el grupo de Sal 101-110, que está enmarcado por dos salmos reales y tiene como centro la proclamación del poder de Dios en la creación y en la historia. También Sal 113-118, introducidos todos ellos —excepto Sal 115— con el término «Aleluya», forman un grupo singular, el Gran Hallel, que sirvió para la alabanza divina en las grandes fiestas. Sal 90-92 y Sal 111-112 podrían haber tenido la función de introducir estas colecciones parciales, y Sal 119, dedicado todo él a la Palabra de Dios, podría haber servido de colofón.
Inserción de otros salmos de alabanza
Otros grupos o conjuntos de salmos bien definidos los forman los «cantos de las subidas» (Sal 120-134) y un nuevo grupo de «salmos de David» (Sal 138-145), así como los salmos aleluyáticos finales con los que se cierra el libro (Sal 146-150). Con la presencia de estos últimos grupos en la recopilación final, el libro de los Salmos adquiere el carácter de libro para la alabanza divina, tanto a nivel individual como comunitario, sin perder las connotaciones anteriores.
En los salmos finales (Sal 146-150), salmos de alabanza hacia los que se orienta actualmente todo el libro, vuelven a resonar invitaciones dirigidas a los reyes de la tierra y a las naciones, haciéndose eco de los salmos introductorios (Sal 1-2)38. De esta forma el libro de los Salmos queda configurado como el libro de la alabanza al Señor.
Como ya se ha indicado, no es posible determinar si la división en cinco partes se llevó a cabo al completarse la colección o posteriormente. En cualquier caso, esa división no tiene en cuenta el conjunto «elohista», que queda dividido al comenzar la Parte III con los «salmos de Asaf» (Sal 73). Tampoco tiene en cuenta la unidad formada por Sal 101-110, sino que, como hemos visto, hace terminar la Parte IV en Sal 106.
Al mismo tiempo que se detectan colecciones parciales en el interior del libro, o la división de éste en cinco partes, se percibe también la continuidad y la lógica que guarda la secuencia de un salmo tras otro. Esa continuidad se mantiene incluso en la secuencia de salmos pertenecientes a distintas colecciones, y de ahí la dificultad a veces de precisar sus límites. Al lector del libro se le ofrecen los poemas en un orden determinado, que contribuye a captar el sentido de cada salmo e ir avanzando en la oración. Tal es de hecho, y no por géneros literarios ni por colecciones previas, el orden con el que los salmos son recibidos como Palabra de Dios. A esta secuencia atenderemos de manera especial en los comentarios, señalando en primer lugar las conexiones de cada salmo con el precedente, de forma que la lectura continuada del libro contribuya a progresar en la oración hecha al hilo de los salmos.
6. MENSAJE RELIGIOSO Y TEOLOGÍA DE LOS SALMOS
El libro de los Salmos es fundamentalmente un libro de oración y de alabanza a Dios, en el que en cada poema, de una forma u otra, se habla a Dios o se habla de Él. Cada salmo, además, es una composición completa en sí misma, que expresa quién y cómo es Dios para el orante, cómo éste se comprende a sí mismo y al mundo que le rodea ante Dios, y cuál es su relación con Él. Por otra parte los salmos recogen el sentir religioso del pueblo elegido desde la época de la monarquía hasta la última etapa del Antiguo Testamento, y lo hacen siempre en armonía con la Ley y los Profetas, pues de otra manera no hubiesen pasado a formar parte del canon.
Peculiaridad de los Salmos en el conjunto de la Revelación
Mediante los salmos Dios habla a su pueblo, no sólo en los oráculos recogidos en algunos de ellos o en la invitación a seguir su Ley presente en otros, sino también en cuanto que los salmos son la oración inspirada que Dios pone en la boca y en el corazón de quienes los componen y los recitan. «El Salterio es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte en oración del hombre. En los demás libros del Antiguo Testamento “las palabras proclaman las obras” (de Dios por los hombres) “y explican su misterio” (C. Vat. II, Dei Verbum, 2). En el Salterio, las palabras del salmista expresan, cantándolas para Dios, sus obras de salvación. El mismo Espíritu inspira la obra de Dios y la respuesta del hombre. Cristo unirá ambas. En Él, los salmos no cesan de enseñarnos a orar»39. Comenta San Ambrosio: «La historia instruye, la ley enseña, la profecía anuncia, la reprensión corrige, la enseñanza moral aconseja; pero el libro de los Salmos es como un compendio de todo ello y una medicina espiritual para todos»40.
En los salmos queda reflejada toda la Revelación de Dios al antiguo Israel y la respuesta de éste a Dios. En su conjunto el libro ofrece las constantes de esa Revelación, al tiempo que en cada uno de los salmos resuenan modalidades propias de cada momento de salvación y de cada situación humana. La dimensión religiosa de los salmos sólo puede percibirse, por tanto, en la lectura y meditación detenida de cada poema. Pero hay aspectos que de una manera u otra están presentes en todo el conjunto y que intentaremos sintetizar a continuación. El que en los salmos estos aspectos hayan sido hechos oración contribuye a situarlos en la perspectiva que les es más propia, el diálogo entre Dios y el hombre, pues la Revelación de Dios tiene como fin «invitar a los hombres a la comunicación con Él y recibirlos en su compañía»41.
Aunque la historia de la formación del libro puede delatar sucesivos acentos religiosos a medida que se fue configurando la colección (relación del individuo con Dios, aspectos cultual y sapiencial, dimensión litúrgica), el libro, tal como ha sido recibido, constituye una unidad en la que quedan reflejadas, mejor que en ningún otro libro del Antiguo Testamento, la fe y la espiritualidad de Israel. Una fe que se fue fraguando a lo largo de la historia y al hilo de la meditación de las intervenciones divinas; y una espiritualidad que surgió de la vivencia de esa fe en las más diversas circunstancias por las que atravesó el hombre y el pueblo. De ahí que el libro de los Salmos sea el lugar por excelencia dentro del Antiguo Testamento para conocer la manera de actuar de Dios y para percibir quién es Él y qué es el hombre ante Él.
Soberanía universal del Dios de Israel
En los salmos se contempla a Dios a través de las acciones que manifiestan su ser. Esas acciones se despliegan en la creación, en la historia y, de forma más inmediata, en la vida personal y social del hombre. El punto decisivo en esa contemplación es que el único y verdadero Dios es el Señor, Yhwh, que ha revelado su «Nombre» a Israel. El «Nombre», término que recurre unas cien veces en los salmos, significa el Dios que se ha dado a conocer a su pueblo y al orante. Otras denominaciones —Dios, Señor de los ejércitos, Altísimo, Omnipotente, etc.—, siempre convergen en el «Nombre», es decir, sirven para resaltar aspectos del Dios de Israel42.
En los salmos se contempla en primer plano la absoluta soberanía de Dios sobre todo lo creado, animado o inanimado, porque todo es obra de sus manos y Él lo mantiene en la existencia y lo cuida43. Dios está por encima del universo visible; es trascendente a todo. La representación de Dios habitando en los cielos44, o expresiones como «Señor de los ejércitos»45 o «soberano de todos los dioses»46, formadas sin duda a partir de concepciones religiosas más primitivas, sirven para poner de relieve la trascendencia y señorío absolutos del Dios de Israel. La soberanía de Dios abarca, por tanto, los cielos con todos sus elementos47, todas las naciones y reinos de la tierra, que subsisten porque Él quiere48, y a todo hombre y todo ser vivo, a los que Él cuida con su providencia49 y a los que muestra su grandeza y su gloria mediante el ritmo de los astros50 y la fecundidad de la tierra51.
La actuación de Dios con su pueblo
La absoluta soberanía de Dios a la que se acaba de hacer referencia se ha manifestado en la historia de Israel. Dios lo eligió como su pueblo, lo formó y lo mantiene como tal a pesar de las vicisitudes por las que ha atravesado y, sobre todo, a pesar de que el pueblo no ha sido fiel a la Alianza52. En el actuar de Dios con su pueblo se manifiesta no sólo su poder, sino también su misericordia, pues es un Dios que perdona una y otra vez53. La misma existencia de Israel manifiesta a todas las naciones el poder y la bondad del Señor54.
El cuidado de Dios por su pueblo se ha manifestado guiándolo55, dándole su Ley56 y, sobre todo, estableciendo a David, su siervo, como rey y haciéndole la promesa de un linaje perpetuo57. El rey puede llamar a Dios «Padre mío»58. A través del rey, y de las victorias que Dios le otorga sobre los pueblos, éstos pueden conocer el poder y la salvación que despliega el Dios de Israel59. También mediante el rey, y la justicia y el derecho con los que gobierna, brilla la bondad —justicia— del Señor60.
La elección de la dinastía davídica por parte del Señor va acompañada de la elección de Sión como ciudad del gran rey, y como lugar en el que está el Santuario donde el Señor se ha hecho presente, pues Él, al mismo tiempo que habita en los cielos, ha querido poner su morada en el Templo, sobre los querubines del Arca61. No importa que en los salmos se encuentren ecos de la Jerusalén predavídica y del culto que allí, o en otras partes de Canaán, se ofreciera al Dios de la naturaleza62. Con la elección de la ciudad como sede del rey y con la llegada del Arca al Templo allí construido, Jerusalén se ha convertido en Ciudad Santa. El Templo es el lugar de refugio y de súplica, de acción de gracias y de alabanza, para quien confía en el Señor y para todo el pueblo, e incluso para todos los pueblos de la tierra63.