El Dios personal

El Dios soberano es, al mismo tiempo y especialmente, el Dios personal. Él ha dado la vida a cada hombre en el seno materno, y puede arrebatarla cuando quiera; Él dispone su duración64. También Él da el éxito o el fracaso a las acciones humanas. Por eso se apela a Él en la enfermedad y en las situaciones de angustia a causa de la persecución de los enemigos. Él es justo (saddiq) con todos, y a cada uno da su merecido, si bien cuando el hombre reconoce su pecado y acude a Él, Éste le perdona y le salva65. Así muestra su justicia: salvando al humilde y castigando al soberbio. Siempre actúa de este modo, pues es fiel a Sí mismo, y esta fidelidad (emet), en cuanto que actúa conforme a lo que Él es, lo llena todo y es eterna66. También es «compasivo y misericordioso» (rahum wehanum)67, lleno de una bondad que se manifiesta en su constante disposición al perdón. Además, en todo su actuar muestra fidelidad a su Palabra y esta fidelidad (hesed) —que también procede del cielo68, llena la tierra69 y no tiene fin70— puede verse en la historia de Israel y en la promesa hecha a David71. Por lealtad a su Palabra y a su ser, Dios protege y perdona siempre y en todas partes, e incluso hace que el hombre le busque y cumpla sus mandatos72.

Y sin embargo, no hay oposición entre el actuar divino con misericordia y lealtad y la manifestación de su ira. Ésta se ordena a que se manifiesten aquéllas, bien mediante el arrepentimiento de quienes sufren el castigo por sus pecados, bien mediante la salvación de quienes acuden a Él con confianza de perdón, o convencidos de su inocencia cuando sufren la persecución de sus enemigos.

La absoluta soberanía de Dios no queda mermada por el hecho de que las naciones no la reconozcan de momento73, pues son invitadas a hacerlo y llegará el día en que la reconocerán74. Tampoco queda oscurecida por el hecho de que la vida de todos los hombres, incluso los justos, acabe en la muerte, pues, aunque en los salmos no aparezca expresamente la esperanza en una recompensa divina más allá de este mundo75, la muerte no es entendida como límite ni al poder de Dios ni a su misericordia hacia el hombre. La muerte es el designio divino sobre todo ser vivo, algo connatural al hombre cuando ha cumplido sus días. Por encima del valor de la vida está la misericordia divina: «Tu misericordia vale más que la vida»76.

El hombre en el mundo

El hombre es definido en los salmos por su relación con Dios y su capacidad de elección entre vivir en la presencia divina o al margen de Dios. Ante todo el hombre es criatura que, desde el vientre materno hasta la muerte, es sostenido por Dios y está bajo su mirada77. Posee una dignidad superior a los demás seres de la tierra, porque le ha sido otorgada por el Creador78. Esa dignidad consiste en el dominio del mundo y en la capacidad de admirar las obras del Creador y de alabarle. De ella participan todos los hombres, hijos de Adán79. Pero al mismo tiempo el hombre es un ser efímero, cuyos días están contados80. Además es pecador ante Dios, por lo que le llegan la enfermedad y las tribulaciones, de las que espera salir recurriendo al Señor y pidiendo su perdón y su auxilio81.

En los salmos, el hombre creyente, fiel a la Ley de Dios, se sabe miembro del pueblo elegido y partícipe de su historia. Se apoya en las intervenciones salvíficas de Dios en el pasado —en la formación del pueblo y en su permanencia a través de las generaciones—, para fundamentar su conocimiento de Dios y la forma de dirigirse a Él82. Las experiencias personales de la salvación divina, que son testimoniadas constantemente en los salmos, se unen al recuerdo de la forma de actuar de Dios en el pasado y se ven como parte de un único proyecto divino. El hombre que ora en los salmos no se comprende sin tener en cuenta la tradición del pueblo y su experiencia de Dios.

Aunque entre los orantes en los salmos se reflejan distintas clases de personas —el rey, el levita, el fiel sin más—, a todos es común el sentimiento de dependencia de Dios por haber recibido de Él su condición social y religiosa, y la fuerza para mantenerse fiel en ella83. Esta condición es aceptada con gozo, y desde ella y desde las experiencias personales de la salvación divina se da testimonio de la grandeza y la bondad del Señor. El testimonio ante los demás, e incluso retóricamente ante las naciones, es un aspecto esencial de la relación con Dios y de la relación con el pueblo al que el orante pertenece, como lo son la petición de auxilio y la acción de gracias.

La unión con Dios

En los salmos quedan reflejadas las distintas situaciones de la vida humana: la enfermedad, el abatimiento, el acoso por parte de los enemigos y el rechazo de los amigos, la alegría y el agradecimiento tras la curación o tras la victoria, los momentos de paz interior, el gozo de las celebraciones festivas, etc. Pero todas esas situaciones son trascendidas al convertirse en motivo de oración ante el Señor. Desde todas ellas se anhela la unión con Dios y el gozar de su presencia, que muchas veces se refleja en el encuentro con Él en el Templo84. En los salmos no aparece que tras la muerte se dé una unión con Dios o un premio o un castigo85; pero sí queda claro que la realización plena de la vida del hombre está en su relación permanente con Dios, en su acogida amorosa: «Glorificaré tu Nombre por siempre»86. La Revelación contenida en otros libros de la Biblia, y sobre todo en el Nuevo Testamento con la resurrección de Cristo, harán más explícita esa esperanza y mostrarán su cumplimiento.

Para lograr la unión con Dios el hombre posee un medio que es al mismo tiempo don de Dios: la Ley. El hombre es capaz de conocerla y de secundarla en su vida, y ello le convierte en sabio y temeroso del Señor87. El cumplimiento de la Ley divina reporta ya el éxito y la felicidad en esta vida; en eso está la verdadera sabiduría. A lo largo de los salmos se encuentran constantemente exhortaciones que suponen la decisión libre del hombre de orientar su conducta según la Ley de Dios y señalan las consecuencias de hacerlo o de dejarlo de hacer. El tipo de hombre que se aleja de la Ley divina, y que no tiene en cuenta a Dios o piensa que Dios no ve lo que pasa en este mundo ni actúa en él, es calificado de «impío» o «soberbio»88. En tal actitud se ve la raíz de una conducta traicionera hacia los semejantes, injusta y opresora del débil, y persecutoria hacia quien se manifiesta deseoso de cumplir la Ley. Los «enemigos», tan mencionados en los salmos, lo son fundamentalmente en cuanto que se olvidan de Dios y se ríen de sus leyes. Están implicados en el mal y sirven a un poder adverso a Dios, Belial89. Su futuro es claro: también Dios se olvidará de ellos y, en consecuencia, les sobrevendrán toda clase de desgracias. Las imprecaciones contra los enemigos recogidas en los salmos, a veces muy duras, reflejan el celo por Dios y por su Ley, más allá del conflicto real que describen. Representan la actitud del salmista ante el mal.

7. EL LIBRO DE LOS SALMOS EN EL NUEVO TESTAMENTO

El libro de los Salmos es el más citado por los hagiógrafos del Nuevo Testamento, sin duda porque lo conocían bien y porque veían en él profecías que se habían cumplido en Jesucristo. El uso de los salmos en el Nuevo Testamento orienta la lectura del libro por parte del cristiano y de la Iglesia.

Los Salmos, usados por Jesús y los Apóstoles

Según los evangelios Jesús apeló a algunos salmos en momentos especiales de su vida: a Sal 8,3 para justificar las alabanzas que le tributaron los niños al entrar en Jerusalén90; a Sal 22,2 y Sal 31,6 para dirigirse a Dios desde la cruz91; a Sal 35,19 para explicar el odio que le tuvieron las autoridades judías92; a Sal 48,3 y Sal 82,6 para ratificar sus enseñanzas93; a Sal 110,1 para mostrar el carácter trascendente del Mesías, superior a David94; a Sal 118,22-23.26 como clave para comprender su muerte95. En todas estas ocasiones Jesús pone los salmos en relación con su Persona y con su enseñanza. También los rezó junto con sus discípulos en la Última Cena96 y se refirió expresamente a ellos, lo mismo que a la Ley y los Profetas, afirmando que hablaban de Él97. De esta forma les daba un significado nuevo, trascendiendo el sentido que ya tenían pero en continuidad con él.

Después de los acontecimientos pascuales y siguiendo la orientación dada por Jesús, los Apóstoles entendieron que los salmos se habían cumplido en la vida terrena del Maestro y en la implantación de la Iglesia. Afirman que la forma de enseñar de Jesús mediante parábolas estaba predicha en Sal 78,298, y que los sufrimientos de su pasión estaban anunciados en Sal 2,1-299; 34,21100; 22,19101; 69,22102, y la gloria de su resurrección en Sal 16,8-11103; 110,1104. San Pablo recoge expresiones de distintos salmos para exponer la situación de la humanidad pecadora y necesitada de la redención de Cristo (Sal 5,10; 10,7; 14,1-3; 36,2; 140,4)105. En la Carta a los Hebreos se muestra la superioridad de Cristo sobre los ángeles aplicándole a Él directamente las afirmaciones de Sal 2,7; 8,5-7; 45,7-8; 102,26-28; 104,4; 110,1106; su sacerdocio eterno se ve predicho en Sal 2,7; 110,4107; y el carácter definitivo de dicho sacerdocio, afirmado en Sal 40,7-9108. Asimismo en esta carta se considera que la esperanza cristiana de llegar a la patria celestial ya estaba contemplada en Sal 95,7-11109. Finalmente, señalemos también que los cánticos que en el Evangelio de San Lucas celebran el nacimiento de Jesús, el Benedictus y el Magnificat, están tejidos con frases de los salmos aplicadas al momento gozoso del advenimiento de la salvación110.

Nuevo horizonte de significación

El uso que se hace de los salmos en el Nuevo Testamento abre unas dimensiones de significado que desbordan el sentido que cada salmo tiene en el interior del Antiguo Testamento, y da a la misma literalidad de la composición una significación nueva, su sentido pleno. La absoluta soberanía de Dios, su reinado, y su bondad, así como las actitudes humanas fundamentales reflejadas en los salmos —petición, alabanza, acción de gracias, meditación sapiencial, etc.—, volvemos a encontrarlas en el Nuevo Testamento desde la contemplación de una nueva manifestación de Dios y de su salvación. Jesús, en efecto, anuncia el Reino de Dios, y cuando se dirige a Dios como su Padre, alabándole o suplicándole, lleva a su culminación los sentimientos del hombre ante Él. Y así lo enseña a hacer en la oración del Padrenuestro en la que convergen los sentimientos y actitudes de los salmos, trasladados a un orden nuevo de relación del hombre con Dios y con los demás que se caracteriza por la filiación divina y el perdón de las ofensas. Escribe San Agustín: «Quien dice, por ejemplo: Como mostraste tu santidad a las naciones, muéstranos así tu gloria y saca veraces a tus profetas, ¿qué otra cosa dice sino: Santificado sea tu nombre? Quien dice: Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve, ¿qué otra cosa dice sino: Venga a nosotros tu reino? Quien dice: Asegura mis pasos con tu promesa, que ninguna maldad me domine, ¿qué otra cosa dice sino: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo? Quien dice: No me des riqueza ni pobreza, ¿qué otra cosa dice sino: El pan nuestro de cada día dánosle hoy? Quien dice: Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes, o bien, Señor, si soy culpable, si hay crímenes en mis manos, si he causado daño a mi amigo, ¿qué otra cosa dice sino: Perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores? Quien dice: Líbrame de mi enemigo, Dios mío, ¿qué otra cosa dice sino: Líbranos del mal?

»Y, si vas discurriendo por todas las plegarias de la Santa Escritura, creo que nada hallarás que no se encuentre y contenga en la oración dominical. Por eso, hay libertad de decir estas cosas en la oración con unas u otras palabras, pero no debe haber libertad para decir cosas distintas»111.

En los escritos apostólicos, quizá recogiendo himnos de las primeras comunidades, se canta con un estilo similar al de los salmos la obra redentora de Cristo, su exaltación, la predicación del Evangelio a todas las naciones y la realidad de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios integrado por judíos y gentiles112.

Salmos con especial relieve mesiánico

Dos instituciones de Israel cobran especial relieve en los salmos: el rey, como instrumento de la salvación otorgada por Dios, y el Templo, como lugar de la presencia divina. Ambas anuncian a Cristo, aunque de forma distinta, y culminan en Él.

En los salmos del rey (Sal 2; 21; 45; 72 y 110) queda abierta y por cumplir la promesa de Dios sobre su Ungido, el descendiente de David. En el Nuevo Testamento se comprenderá que tales promesas se han cumplido en Jesucristo, y a Él se aplicarán en sentido estricto expresiones que en los salmos sólo tenían sentido metafórico. De ahí que a esos salmos se les haya llamado «salmos mesiánicos», aunque en realidad todos pueden referirse a Cristo de una forma u otra113.

Para los hombres del Antiguo Testamento el máximo encuentro con Dios se producía en el Templo de Jerusalén, y los salmos dejan constancia de la añoranza del lugar santo y del gozo de permanecer en él. En el Nuevo Testamento se proclama que Dios se hace presente en la humanidad de Cristo, nuevo Templo114; en Él se ofrece a todos los hombres la posibilidad de un encuentro filial con el Dios Creador y redentor. El cristiano aspira no a permanecer en el Templo, sino a vivir en Cristo.

8. LOS SALMOS EN LA VIDA DE LA IGLESIA

Siguiendo la orientación dada por Jesús y los hagiógrafos del Nuevo Testamento, la Iglesia ha utilizado los salmos más que ningún otro libro del Antiguo Testamento, tanto en su oración litúrgica como en la enseñanza impartida, siempre desde la perspectiva de la plena Revelación en Cristo.

En la oración litúrgica

Ya desde el siglo II d.C. hay testimonios del uso de los salmos en la liturgia cristiana. Servían para proclamar el mesianismo de Jesús, así como para la alabanza y la petición. También eran utilizados como oración en el momento de la muerte. Más tarde, por el uso que de ellos hicieron los monjes, llegaron a ser la base para el rezo del oficio divino, en el que se integra el salterio completo —salvo algunos salmos con expresiones muy duras— y se distribuye en diferentes horas del día. En la Liturgia de las Horas de tradición latina se introdujo antes de cada salmo un título que resumiera su sentido y se señaló una sentencia del Nuevo Testamento o de los Padres que invitara a rezarlo en sentido cristológico115.

Asimismo los salmos sirven de respuesta comunitaria a la lectura del Antiguo Testamento en la Santa Misa.

A la luz de estos usos litúrgicos se ve que «los Salmos, usados por Cristo en su oración y que en Él encuentran su cumplimiento, continúan siendo esenciales en la oración de su Iglesia (cfr IGLH 100-109)»116.

En la enseñanza de los Santos Padres y en los escritores posteriores

Los comentarios de los Santos Padres a los salmos son muy numerosos, desarrollando su aplicación a Jesucristo y a la vida cristiana. Entienden que los salmos hablan de Cristo siempre que en ellos aparece de una forma u otra el rey mesías, o interpretan tipológicamente situaciones expresadas en los salmos como vividas por Jesucristo. Otras veces escuchan en los salmos al mismo Cristo, entendiendo que quien habla en ellos es el Espíritu Santo que se sirve de distintos «autores» para representar a Cristo.

Los Santos Padres desarrollan asimismo la aplicación de los salmos a la vida cristiana, poniendo de relieve el camino espiritual y ético que van marcando al hombre. Son de destacar los Comentarios homiléticos de San Juan Crisóstomo a unos sesenta salmos, con una orientación predominantemente ascética y moral, y los de San Agustín, también en forma de homilías, con una orientación más doctrinal y eclesial. Las cuestiones gramaticales e históricas ocuparon a autores como San Jerónimo y Teodoro de Mopsuestia. En la época bizantina proliferaron las Catenae, o explicaciones hechas mediante la unión de pasajes de los comentaristas anteriores tomados como «autoridades».

De la Edad Media sobresalen los comentarios de Santo Tomás de Aquino sobre cincuenta y un salmos, y los de San Buenaventura y San Alberto Magno, todos ellos realizando una lectura espiritual de los salmos desde el Nuevo Testamento.

Entre los judíos, que partían del texto hebreo, se ha fijado más la atención en cuestiones filológicas e históricas, aunque también predomina el sentido de edificación espiritual. En el renacimiento se comienza a prestar atención al texto hebreo también entre los cristianos, sin que por ello falten comentarios como el de Belarmino, que exponen con profundidad la dimensión espiritual.

Actualmente, y sin perder de vista las adquisiciones anteriores, el estudio se orienta a comprender cada uno de ellos en el contexto en el que se ha transmitido, ya sea atendiendo al marco de la vida litúrgica y religiosa de Israel, ya sea prestando atención al contexto literario dentro del libro en su conjunto, y en el más amplio de la Sagrada Escritura.

 

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En nuestro comentario expondremos en primer lugar el significado que cada salmo adquiere en el lugar en que se encuentra y en relación con los demás, sobre todo con el precedente o los siguientes. De este modo, se podrá situar el salmo en su contexto literario próximo y realizar una lectura continuada viendo la forma en que progresa la oración a lo largo del libro. Después ofrecemos la estructura del poema, resaltando los elementos formales o de contenido con los que está compuesto, y viendo, de esta manera, el género literario predominante en la composición y su significado fundamental. A continuación, para guiar la lectura cristiana del salmo, damos alguna orientación acerca de su cumplimiento en la economía cristiana. Después pasamos a explicar algunas expresiones más destacadas o difíciles, las implicaciones religiosas contenidas en ellas y la forma en que se han actualizado en el Nuevo Testamento. Ofrecemos también algún ejemplo de la eficacia que el salmo o parte de él ha tenido en la espiritualidad de los santos o en la enseñanza de la Iglesia. En definitiva el deseo que anima este comentario es que el creyente esté «dispuesto siempre en su corazón a responder conforme a la voluntad del Espíritu, que inspiró al salmista y sigue asistiendo también a todo el que con piedad esté dispuesto a recibir su gracia»117. Por eso, el rezo y la meditación de los salmos «debe realizarse con alegría de espíritu y dulzura amorosa, tal como conviene a la poesía y al canto sagrado y, sobre todo, a la libertad de los hijos de Dios»118.

Como resumen del significado de los salmos para el cristiano, vale la pena reproducir estas palabras de San Ambrosio: «¿Qué cosa hay más agradable que los salmos? Como dice bellamente el mismo salmista: Alabad al Señor, que los salmos son buenos; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. Y con razón: los salmos, en efecto, son la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de los fieles, el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión armoniosa de nuestra fe, la expresión de nuestra entrega total, el gozo de nuestra libertad, el clamor de nuestra alegría desbordante. Ellos calman nuestra ira, rechazan nuestras preocupaciones, nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una enseñanza; en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra alegría; ellos expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda de paz y de concordia, son como la cítara que aúna en un solo canto las voces más diversas y dispares. Con los salmos celebramos el nacimiento del día, y con los salmos cantamos a su ocaso. (…) En los salmos rivalizan la belleza y la doctrina; son a la vez un canto que deleita y un texto que instruye. Cualquier sentimiento encuentra su eco en el libro de los Salmos. (…) En ellos voy meditando el don de la revelación, el anuncio profético de la resurrección, los bienes prometidos; en ellos aprendo a evitar el pecado y a sentir arrepentimiento y vergüenza de los delitos cometidos.

¿Qué otra cosa es el Salterio sino el instrumento espiritual con que el hombre inspirado hace resonar en la tierra la dulzura de las melodías celestiales, como quien pulsa la lira del Espíritu Santo? Unido a este Espíritu, el salmista hace subir a lo alto, de diversas maneras, el canto de la alabanza divina, con liras e instrumentos de cuerda, esto es, con los despojos muertos de otras diversas voces; porque nos enseña que primero debemos morir al pecado y luego, no antes, poner de manifiesto en este cuerpo las obras de las diversas virtudes, con las cuales pueda llegar hasta el Señor el obsequio de nuestra devoción»119.

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1 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2588. 2 Cfr Sal 88-89. 3 Cfr 1 S 16,18-23; 2 S 1,17-27; 3,33-34; Si 47,9-12. 4 Cfr Mt 22,43-45; Mc 12,35-37; Lc 20,41-44; Hch 2,25-35; 4,25-26; etc. 5 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2586. 6 Cfr Sal 6; 22; 28; 38; 39; 41; 88; 102. 7 Cfr Sal 3; 13; 25; 51; 61; 63; 69; 70; 71; 108; 109; 120; 130; 141. 8 Cfr Sal 6; 32; 38; 51; 102; 103. 9 Cfr Sal 5; 7; 17; 26; 31; 35; 36; 42-43; 54; 55; 56; 57; 59; 64; 86; 140; 142; 143. 10 Cfr Sal 5; 10; 18; 31; 35; 52; 54; 58; 59; 69; 79; 83; 104; 109; 125; 137; 139; 140. 11 Cfr Sal 4; 11; 16; 23; 27; 62; 121; 123; 131. 12 Cfr Sal 12; 44; 60; 74; 79; 80; 83; 85; 89; 90; 106; 126; 137. 13 Cfr Jc 20,26-28; Is 58,3-5; Jr 14,2; Ne 9,1; etc. 14 Cfr Sal 106,6. 15 Cfr Sal 115; 125; 129. 16 Cfr Sal 107; 136. 17 Cfr Sal 9-10; 30; 32; 34; 40; 92; 116; 138. 18 Cfr Sal 65; 66; 67; 75; 105; 106; 107; 118; 124; 129; 134. 19 Cfr Sal 8; 19; 29; 33; 100; 103; 104; 105; 111; 113; 114; 117; 135; 136; 145; 146; 147; 148; 149; 150. 20 Cfr Sal 65; 67. 21 Cfr Sal 78; 105. 22 Cfr Sal 68. 23 Cfr Sal 47; 93; 94; 96; 97; 98; 99. 24 Cfr Sal 14; 50; 52; 53; 81; 82. 25 Cfr Sal 2; 21; 45; 72; 110. 26 Cfr 18; 89; 132; 144. 27 Cfr Sal 20; 101. 28 Cfr Sal 46; 48; 76; 87. 29 Cfr Sal 84; 95; 120-134. 30 Cfr Sal 15; 24; 46; 68; 132. 31 Cfr Sal 19,8-15. 32 Cfr Sal 1; 34; 112; 119. 33 Cfr Sal 37; 49; 78; 127; 128; etc. 34 Cfr Sal 9-10; 25; 34; 37; 111; 112; 119; 145. 35 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2589. 36 Sal 14 en Sal 53; Sal 40,14-18 en Sal 70; Sal 57,8-12 y Sal 60,7-14 en Sal 108. 37 Cfr 1 Cro 9,31; 2 Cro 20,19. 38 Cfr Sal 1,5 en Sal 149,9; Sal 2,1 en 149,7; Sal 2,8 en Sal 149,8; Sal 2,10 en Sal 148,11. 39 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2587. 40 S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 1,7. 41 Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 2. 42 Cfr Sal 7,14; 8,2.10; 9,3; etc. 43 Cfr Sal 24,1-2; 33,6-9; 65,7-8; 74,12-15; 87,7-15; 104,2-9. 44 Cfr Sal 2,4; 11,4; 14,2; 29,10; 33,13-14; 102,20; 113,5; 148,4. 45 Cfr Sal 103,21; 148,2. 46 Cfr Sal 95,3. 47 Cfr Sal 8,3; 19,6; 68,8; 89,12; etc. 48 Cfr Sal 78,55; 82,8; 86,9; etc. 49 Cfr Sal 33,13-15; 36,6-10; etc. 50 Cfr Sal 19,4-6; 74,16. 51 Cfr Sal 33,18-19; 65,9-10; 67,7; etc. 52 Cfr Sal 33,12; 50,7; 53,6; 60,30; Sal 105; 106. 53 Cfr Sal 65,3-4; 103,7-12; etc. 54 Cfr Sal 2,10-12; 86,9. 55 Cfr Sal 28,9; 80,2. 56 Cfr Sal 87,5; 119,72; 148,6. 57 Cfr Sal 18,51; 89,37. 58 Cfr Sal 2,7; 89,27. 59 Cfr Sal 2,10-12. 60 Cfr Sal 20,10; 101. 61 Cfr Sal 46,5; 80,2; 99,1. 62 Cfr Sal 110. 63 Cfr Sal 5,8; 27,4; 86,9; etc. 64 Cfr Sal 39,5. 65 Cfr Sal 112,4; 116,5. 66 Cfr Sal 136. 67 Cfr 86,15; 103,8; 145,8. 68 Cfr Sal 57,4; 89,3. 69 Cfr Sal 33,5; 119,64. 70 Cfr Sal 100,5; 106,1; 107,1; 118,1; 136; 138,8. 71 Cfr Sal 89,50; 98,3; 106,7.45. 72 Cfr Sal 69,14.17; 119,149. 73 Cfr Sal 79,6. 74 Cfr Sal 68,32; 67,2; 102,22. 75 Cfr Sal 6,6; 88,11. 76 Sal 63,4. 77 Cfr Sal 139,13-16. 78 Cfr Sal 8,6-7. 79 Cfr Sal 11,4. 80 Cfr Sal 39,6-7. 81 Cfr Sal 51. 82 Cfr Sal 22,5-6. 83 Cfr Sal 16,5-6. 84 Cfr Sal 24,6; 42,2; 122. 85 Sal 85,12; cfr Sal 44,9; 48,15. 86 Sal 145,2. 87 Cfr Sal 1; 119. 88 Cfr Sal 14. 89 Cfr Sal 18,5. 90 Cfr Mt 21,16. 91 Cfr Mt 27,46; Lc 23,46. 92 Cfr Jn 15,25. 93 Cfr Mt 5,35; Jn 10,34. 94 Cfr Mt 22,41-45. 95 Cfr Mt 21,42; 23,39. 96 Cfr Mt 26,30. 97 Cfr Lc 24,44. 98 Cfr Mt 13,35. 99 Cfr Hch 4,25-28. 100 Cfr Jn 19,36. 101 Cfr Jn 19,23. 102 Cfr Jn 19,28-29. 103 Cfr Hch 2,24-32. 104 Cfr Hch 2,34-36. 105 Cfr Rm 2,9-18. 106 Cfr Hb 1,5-13. 107 Cfr Hb 5,5-10. 108 Cfr Hb 10,1-10. 109 Cfr Hb 3,7-19. 110 Cfr Lc 1,46-55.67-79. 111 S. Agustín, Epistolae 130. 112 Cfr Flp 2,6-11; Rm 1,2-5; Ef 1,3-14; Col 1,15-20. 113 Cfr Lc 24,44. 114 Cfr Jn 2,17-22. 115 Estos títulos, propios de la Liturgia de las Horas, son distintos de los que ya en el texto hebreo tienen muchos salmos a modo de presentación (cfr arriba, «2. Los textos hebreo y griego») y que en nuestra traducción se indican con letra cursiva. Son también diferentes de los que en nuestra edición hemos señalado con letra negrita y que resumen la idea principal del salmo conforme al comentario realizado. 116 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2586. 117 Ordenación general de la Liturgia de las Horas, n. 104. 118 Ibidem. 119 S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 1,9-11.