Universalidad de la salvación

Durante la cautividad de Babilonia Israel reflexionó, quizá más que nunca, sobre su propia existencia y sobre su historia y sus antiguas tradiciones. La segunda parte del libro, que fue redactada durante el destierro, subraya la misión de Israel en el concierto de las naciones. Se recurre a tres hitos importantes de la historia de Israel con sus tres personajes característicos: la historia patriarcal con Abrahán, el éxodo con Moisés, y la monarquía con David. Por otra parte, si los profetas precedentes presentaban a los imperios poderosos (asirios, babilonios) como instrumentos de Dios para castigar a Israel, ahora, en cambio, se anuncia que Ciro, rey pagano, es el instrumento de salvación en manos de Dios, que merece incluso el título de Mesías78.

A través de su historia, Israel es testigo de las intervenciones salvíficas de Dios y vislumbra que él mismo es instrumento de salvación. Como lo fueron en otro tiempo sus antepasados, o como lo es Ciro entre Dios e Israel, también el pueblo entero tiene la misión mediadora entre Dios y el resto de las naciones.

En efecto, más que en otro lugar de la Biblia, en el libro de Isaías se habla de modo entrañable de la elección del pueblo: «Te he llamado por tu nombre; tú eres mío»79. Israel sabe que el Señor, que ha formado el universo con sabiduría80 y con esa misma sabiduría y poder ha llevado a cabo los prodigios del éxodo81 —como una prolongación del acto inicial de salvación que supone la creación—, eligió a Abrahán82 y lo constituyó su amigo83. En razón de esta elección Dios mantendrá su fidelidad con el pueblo más que una madre con su hijo84.

Sin embargo, el libro muestra que el hecho de que Israel sea el pueblo predilecto de Dios no es un don que se limite a ellos mismos. La elección conlleva la misión: Israel será cauce de salvación para todas las naciones de la tierra. Por eso, la restauración que Dios va a realizar en su pueblo no se encierra en sus fronteras, más bien tiene alcance universal: «Todos sabrán que Yo soy el Señor, tu Salvador»85. La gloria y la salvación divina llegarán hasta los confines de la tierra86 y se llenarán de alegría incluso los seres inanimados87.

El ser y la misión de Israel se compendian en la figura del «siervo del Señor»88. Este personaje, tan vilipendiado pero tan cercano a Dios, es como la representación del pueblo entero y como la figura del Mesías, que con su expiación vicaria alcanzará la salvación para todos los pueblos.

La Nueva Jerusalén y el futuro glorioso

En la tercera parte del libro de Isaías no se puede hablar de una doctrina homogénea, dada la diversidad de oráculos y de momentos en que fueron redactados. Pero, al menos, cabe subrayar el horizonte escatológico y salvífico de todo el conjunto. La intervención divina, dice el texto, no se limitará a los prodigios externos similares a los narrados en el éxodo, sino que guiará a su pueblo hasta que éste reconozca la predilección de Dios por los suyos89.

Como ya se ha señalado, los destinatarios de esta parte son los israelitas, un tanto desesperanzados ante la tarea de reconstruir Jerusalén a la vuelta del destierro. El profeta les anima a descubrir una Jerusalén gloriosa, adonde acudirán de todas las naciones, porque es «la ciudad del Señor, la Sión del Santo de Israel»90: sus murallas se llamarán «Salvación» y sus puertas «Alabanza»91. Los epítetos de la ciudad son siempre espirituales92, para convencer a sus oyentes de que la capital a la que se refiere, la nueva Jerusalén, no es sólo geográfica o política, sino también símbolo de un orden nuevo.

El profeta termina el libro con la esperanza en un futuro esplendoroso: más que una renovación de lo antiguo se trata de la instauración de una nueva creación y de una alegría hasta ahora desconocida. Los poemas contenidos en 65,17-25 y 66,7-14 apuntan a una etapa final y definitiva, exenta de llanto y de guerras.

La alegría y la esperanza en un futuro más prometedor, de las que habla el profeta, no se cifran en instituciones humanas: ni en la monarquía, ni en las armas, ni en la autoridad humana, ni siquiera en el culto, en el que las normas legales (ayuno) se habrán purificado de todo formalismo93. Incluso la edificación material del Templo, en el que se centraba el afán de los repatriados94, no es el objetivo último, porque el trono de Dios son los cielos95. En cambio, la instauración definitiva de la justicia será el eje del desarrollo96, hasta el punto de que todo el pueblo alcanzará la salvación sin necesidad de intermediarios97.

Estas ideas abren un horizonte nuevo y definitivo, cuya esperanza no queda limitada a las fronteras de Israel o al tiempo presente: es la visión escatológica de la que tratarán también los libros de Ageo y Zacarías.

4. EL LIBRO DE ISAÍAS A LA LUZ DEL NUEVO TESTAMENTO

Los libros proféticos del Antiguo Testamento —como en general los escritos bíblicos— son leídos en la Iglesia no como testimonios de un mundo pretérito que tuvieron su sentido y alcance en un momento determinado y para unas circunstancias concretas. Al contrario, la Iglesia entiende que los profetas predicaron con un horizonte abierto a los desarrollos posteriores de la historia de la salvación, que se cumplirían en el Salvador, Jesucristo. Con esa comprensión de los escritos proféticos escribió San Jerónimo: «Expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame (…). Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice al Enmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres»98.

El libro de Isaías es citado explícitamente en noventa ocasiones en el Nuevo Testamento, siendo las citas implícitas más de cuatrocientas. En el origen de este uso tan frecuente está probablemente la aplicación que hizo Jesús de las palabras del profeta a los acontecimientos de su vida. Él, al comienzo de su predicación, en la sinagoga de Nazaret, se aplicó a sí mismo las palabras de Is 61,1-2: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido…»99. Y a lo largo de su ministerio público, el Señor vio cumplidas en las vicisitudes de su actividad las palabras del profeta: así ocurre, por ejemplo, con la incomprensión de su enseñanza en parábolas por parte de las autoridades100, la ruptura entre el culto externo y el culto del corazón101, etc. Pero es especialmente en los acontecimientos de la pasión donde Jesús se presentó a sí mismo como el Hijo del Hombre que «no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos»102, es decir, como el siervo sufriente del que se decía en el libro de Isaías que cargó sobre sí las rebeldías del pueblo elegido y de todos los hombres103. A partir de su muerte en la cruz y de su resurrección, los Apóstoles entendieron que en Jesús se habían cumplido aquellos oráculos sobre el Siervo del Señor. San Mateo lo dice expresamente y cita Is 42,1-4 al recordar cómo actuaba Jesús curando a todos y ocultando su gloria104. En el mismo sentido, al narrar la pasión del Señor, los evangelistas parece que tienen delante los poemas del Siervo sufriente para mostrar el valor expiatorio de la muerte de Cristo105.

La evocación neotestamentaria de Isaías no acaba en los Evangelios, sino que recorre el resto de sus escritos: así, por ejemplo, el libro de los Hechos de los Apóstoles es testigo del valor apologético que los primeros cristianos le dieron a Isaías106; y San Pablo ve profetizados en esta obra el rechazo de Israel y la apertura de la salvación a todas las gentes107. De manera semejante, también el autor del Apocalipsis describe la esperanza de salvación futura con textos del profeta.

La tradición patrística sigue el mismo camino que los escritores neotestamentarios. Especialmente en las controversias con los autores judíos, los apologistas cristianos —San Justino, San Ireneo, Tertuliano— recurren a Isaías y a los Evangelios para explicar que en Jesús, y no en otro, se ha cumplido lo anunciado por el profeta. Sin embargo, la utilización más frecuente de Isaías es la doctrinal. Ciertamente hay Padres que comentan el libro entero o algunas de sus partes —así Orígenes, San Cirilo de Alejandría, San Juan Crisóstomo, Teodoreto de Ciro, San Jerónimo, etc.—, pero lo habitual es encontrar textos del profeta como sustento de la enseñanza cristiana sobre las propiedades de Dios y sobre la obra salvadora de Jesucristo.

La presencia tan recurrente de Isaías en la enseñanza cristiana tiene su origen en la actitud del Señor y de la generación apostólica, pero también en su uso litúrgico. El libro de Isaías es —también en este caso después de los Salmos— el texto del Antiguo Testamento con más presencia en el culto. En algunos momentos del ciclo litúrgico —como Adviento o Navidad— Isaías ocupa casi tres cuartas partes del anuncio profético del Antiguo Testamento. Por eso, no es extraño que la iconografía completara el misterio de la Navidad con elementos tomados de este libro profético —por ejemplo, el buey y la mula108— que ni siquiera están citados en el Nuevo Testamento: para los cristianos el libro habla, sobre todo, de Cristo.

Los lectores cristianos vemos en el libro de Isaías la actitud de fe y de fidelidad a Dios que tuvieron Isaías y, en general, los profetas en las circunstancias históricas que vivieron; fe y fidelidad a Dios, que son un avance y preparación de cómo las vivió el Hijo de Dios. Por eso, Isaías no es un libro que se cierra en dos siglos largos de la existencia del pueblo de Israel. Es un libro escrito al hilo de la vida misma y, por ello, es especialmente actual y estimulante. Su lectura nos conduce a una mayor profundización en la fe, a un mayor compromiso en la consecución de las aspiraciones de todos los hombres y a un diálogo más constante con Dios, Señor supremo de la creación y de la historia.

Volver al texto



________

1 Cfr Si 48,26-28. 2 S. Agustín, De civitate Dei 18,29,1. 3 Cfr Is 1,1. 4 Cfr Is 7,1-17; 36,1-39,8. 5 Cfr Is 40-55. 6 Is 56- 66. 7 Is 45,1. 8 Is 44,26-28; 49,14-23. 9 Is 43,14; 48,20. 10 Is 55,3-5. 11 Is 56,1-8. 12 Is 56,9-57,21. 13 Is 58,1-14. 14 Is 59,1-15a. 15 Is 61,1-11. 16 Is 63,1-6. 17 Is 63,7-64,11. 18 Is 65. 19 Is 66,1-6. 20 Is 66,7-17. 21 Is 66,18-24. 22 Is 1,1. 23 Is 6,1-13. 24 Is 8,3. 25 Is 7,3 y 8,3. 26 Is 7,1-16. 27 Is 37. 28 Is 37,36-38. 29 Is 1,10; cfr Hb 11,37. 30 Corresponden a los postreros años del rey Ezequías y primeros del rey Manasés de Judá. 31 Caps. 36-39. 32 Cfr Is 40,27; 49,14. 33 Cfr el texto del edicto en Esd 1,2-4 y 6,2-5. 34 Esd 1-6. 35 Is 65,17. 36 Is 60,1. 37 Is 60,4- 22. 38 Is 60,3. 39 Pasajes en caps. 65 y 66. 40 Cfr Za 13,3-6; Ml 3,22-24. 41 Cfr Is 7,3-14. 42 Cfr Is 40,1-20. 43 Cfr Is 66,18-24. 44 Is 6,1-3. 45 Is 5,19.24; 12,6; 17,7; 30,11.12.15, etc. 46 Cfr Is 6,5. 47 Cfr Is 29,14; 35,2. 48 Is 1,15.16; 37,17; 38,3; 43,4; 49,5; etc. 49 Is 1,25; 9,11.16.20; etc. 50 Is 11,15; 30,33. 51 Is 11,2. 52 Is 1,2.4. 53 Is 3,8-9; 5,4-6.24; 8,6; 28,12; 29,15-16; 30,9-13. 54 Is 5,18-19. 55 Is 3,16. 56 Is 5,19. 57 Is 2,7. 58 Is 17,3; 22,5-11. 59 Is 2,7; 22,6; 31,1. 60 Is 30,1. 61 Is 2,6-4,1; 9,7-10,4.12-19; 13,11-22; 23,9; etc. 62 Is 2,11-17. 63 Is 6,13. 64 Is 4,2-3. 65 Is 9,5. 66 Is 10,20. 67 Is 30,18; 33,2. 68 Is 2,1-5. 69 Is 18,7. 70 Is 23,17-18. 71 Is 19,18-25. 72 Is 7,14. 73 Is 8,8. 74 Is 7,14; 8,8. 75 Is 9,7; 11,2. 76 Is 11,6-9. 77 Is 11,9. 78 Cfr Is 45,1-6. 79 Is 43,1; cfr 41,9-14. 80 Is 40,18-26; 43,8-12; 45,6-8; 46,5-11. 81 Is 43,14- 21; 51,9-10. 82 Is 51,2. 83 Is 41,8. 84 Is 49,14-16. 85 Is 49,26. 86 Is 42,10-12. 87 Is 55,12-13. 88 Cfr Is 42,1-4; 49,1-6; 50,4-11; 52,13-53,12. 89 Cfr Is 63,7-14. 90 Is 60,14. 91 Is 60,18. 92 Cfr Is 62,4.12; 65,18. 93 Is 58,1-14. 94 Is 60,7.13. 95 Is 66,1-2. 96 Is 61,8-11. 97 Is 62,1-12. 98 San Jerónimo, Commentarii in Isaiam, Prolog. 99 Lc 4,16-18. 100 Mt 13,14ss. y par. 101 Mt 15,7ss. y par. 102 Mt 20,28. 103 Cfr Is 53,4-5. 104 Cfr Mt 12,15- 21. 105 Cfr Mt 26,63; 27,13.14 e Is 53,7; Mt 27,38 e Is 53,12. 106 Cfr Hch 7,49-50; 8,32-33;13,34.47; 14,15; 15,18; 28,26-27; etc. 107 Cfr Rm 9,1-11,36. 108 Is 1,3.