INTRODUCCIÓN

EL NUEVO TESTAMENTO

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1. ¿QUÉ ES EL NUEVO TESTAMENTO?

El Nuevo Testamento es el conjunto de veintisiete libros, escritos por los Apóstoles o por sus discípulos directos, que forma la segunda parte de la Biblia. Recibe el calificativo de «Nuevo» en contraste con el grupo de libros sagrados procedentes del judaísmo que la Iglesia asumió como primera parte de su Biblia, y a los que llamó, en consecuencia, «Antiguo Testamento».

El término «Testamento» viene de la traducción latina de la palabra griega diatheke, que significa «alianza». Se refiere a la alianza o pacto por el que Dios se da a conocer y se muestra favorable al hombre, y por el que éste se compromete a reconocerlo como su Dios y a cumplir sus mandamientos. En cuanto que esa alianza queda reflejada por escrito, bien en forma de promesas y leyes otorgadas por Dios, bien en forma de narraciones sobre las circunstancias y el modo en que se realiza el pacto, el término «alianza» se emplea para designar unos escritos. La palabra «Testamento» sin embargo alude más directamente a esos mismos escritos en los que se conserva consignada la alianza, al modo como en los testamentos se conservan las últimas voluntades. En este sentido San Pablo habla de «la lectura del Antiguo Testamento»1 para designar los libros de la Ley y de los Profetas, en los que queda reflejada la Alianza que Dios estableció con su pueblo por mediación de Moisés, y las promesas que le hizo posteriormente.

El «Nuevo Testamento» está formado, por tanto, por los libros en los que queda consignada la Nueva Alianza de Dios con los hombres realizada por mediación de Nuestro Señor Jesucristo, como cumplimiento de las promesas anteriores y en sustitución de la Antigua. Los escritos del Nuevo Testamento «nos ofrecen la verdad definitiva de la Revelación divina. Su objeto central es Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su glorificación, así como los comienzos de su Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo»2.

2. ¿CÓMO SE FORMÓ EL NUEVO TESTAMENTO?

En su origen

El origen del Nuevo Testamento es el mismo Jesucristo. Él es el «mediador de una Nueva Alianza mucho más valiosa» que la Antigua3. Además «Dios dispuso benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de todos los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por eso, Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total de Dios altísimo, mandó a los Apóstoles, comunicándoles los dones divinos, que el Evangelio, prometido antes por los Profetas, y que Él completó y promulgó con su propia boca, lo predicaran a todos los hombres como fuente de toda verdad salvadora y de toda ordenación de las costumbres. Esto lo realizaron fielmente tanto los Apóstoles, que en la predicación oral transmitieron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como los mismos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo, escribieron el mensaje de la salvación»4.

Los primeros escritos cristianos

El «mensaje de la salvación» comenzó a ser puesto por escrito de manera ocasional. Ya entre los años 50 y 60 d.C. San Pablo escribió diversas cartas a algunas comunidades exponiéndoles el Evangelio que predicaba y las consecuencias para la vida que se derivaban de él. También otros Apóstoles escribieron cartas para la instrucción de las comunidades que habían fundado (Pedro, Santiago, Juan, Judas). Muy pronto también debieron de ponerse por escrito colecciones de palabras del Señor que llevaban consigo los predicadores del Evangelio. Una de esas colecciones parece estar subyacente en los evangelios de Mateo y Lucas, en cuanto que ambos coinciden literalmente en la transmisión de muchas enseñanzas de Jesús. A esa hipotética colección de palabras de Jesús se le llama la fuente Q (del alemán Quelle, fuente). Al mismo tiempo se escribieron también relatos de los acontecimientos más importantes de la vida del Señor, especialmente de su muerte y resurrección, que constituían el núcleo del Evangelio que se predicaba5, y de la Última Cena que se rememoraba en las celebraciones cristianas6. Otros relatos, sobre todo de milagros concretos, debieron de escribirse con fines catequéticos y doctrinales. Finalmente, y con estos mismos fines, se escribieron los evangelios, a modo de semblanzas de Jesús, unos comenzando por el bautismo en el Jordán (Marcos y Juan); otros remontándose hasta su nacimiento (Mateo y Lucas, que unía la vida de Jesús con la expansión de la Iglesia: Lucas-Hechos de los Apóstoles).

Estos escritos vieron la luz en la segunda mitad del siglo I e iban dirigidos a comunidades particulares. Unos están avalados por la revelación de Jesucristo resucitado a sus autores7; otros se presentan como testimonios que garantizan la tradición recibida desde el principio por quienes habían sido testigos de la vida de Jesús8, o por quienes, habiéndola escuchado a los Apóstoles, la presentaban como Evangelio9 o por quien escribía habiendo cotejado todo minuciosamente desde el principio10. Para sus autores las palabras de Jesús tenían una autoridad superior a cualquier otra ley11, y las «Escrituras» anteriores se entendían como un medio para mostrar la verdad del Evangelio predicado por los Apóstoles12. La Persona de Jesucristo, sus palabras, y el Evangelio predicado, constituían la norma definitiva o «canon» para la primera generación cristiana, y en todo ello veían cumplidas las antiguas «Escrituras». Los nuevos escritos, por tanto, habían de tener más autoridad que aquellas «Escrituras» porque en ellos se transmitía a Jesucristo.

Formación de colecciones de escritos apostólicos

Desde las primeras décadas del siglo II aquellos escritos cristianos se fueron propagando por las distintas iglesias y reuniéndose en forma de colecciones. Pronto hubo una colección de cartas de San Pablo, e incluso pudieron juntarse varias en una, como quizá ocurriera con la 2 Corintios. Tal colección fue recibida en la mayor parte de las iglesias. Ya a mediados de ese mismo siglo, un presbítero de Roma, llamado Marción —que muy pronto será considerado hereje—, propone como norma para la Iglesia diez cartas de San Pablo y un evangelio, el de Lucas mutilado, rechazando los libros provenientes del judaísmo y aquellos escritos cristianos que él considera influidos por ideas judías. En cambio, casi contemporáneamente, San Justino deja constancia de que los cristianos se reunían los domingos y leían los Profetas y las Memorias de los Apóstoles13. Los escritos apostólicos aparecen así al mismo nivel y con la misma función en la celebración litúrgica que la que tenían los escritos sagrados recibidos del judaísmo.

Con la expresión «Memorias de los Apóstoles» San Justino parece referirse a los evangelios y, aunque no informa sobre cuántos eran éstos ni cuáles, por las referencias que hace en sus escritos, así como por otras referencias que se encuentran en los escritores eclesiásticos de esa época, puede verse que los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan son conocidos en la mayor parte de las iglesias y tenidos como auténtica tradición apostólica. Será hacia el año 180 cuando San Ireneo de Lyon, buen conocedor de las iglesias de oriente y occidente, establece por vez primera que los evangelios canónicos son cuatro y solamente cuatro. Sale así al paso de quienes, refundiendo los evangelios existentes, se atenían a un solo escrito evangélico, como Taciano en Siria o Basílides en Alejandría, o a quienes aceptaban otros escritos de carácter evangélico que ya circulaban también por las iglesias, los que hoy llamamos «evangelios apócrifos». Éstos, o bien contenían doctrinas discordantes con la Tradición recibida de forma viva, o no gozaban de originalidad apostólica. Hacia el año 200 el gran maestro de Alejandría, Orígenes, recogiendo la propuesta de San Ireneo, escribía: «La Iglesia sólo tiene cuatro evangelios, los herejes muchísimos»14.

Formación del Nuevo Testamento

A partir de esa época, y a lo largo de los siglos III y IV, los cuatro evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles separado ya del Evangelio de San Lucas, y las colecciones de cartas de San Pablo y de los otros Apóstoles, incluido el Apocalipsis, se van imponiendo por todas las iglesias como escritos sagrados y canónicos, unidos a los libros recibidos del judaísmo, y van quedando fuera de las colecciones otras obras que no ofrecían garantía apostólica o que contenían doctrinas erróneas. Entre éstas había no sólo evangelios, sino también Hechos de diversos Apóstoles, Cartas y Apocalipsis. Los nombres de Antiguo y Nuevo Testamento para designar a los escritos sagrados recibidos del judaísmo y a los escritos cristianos que se aceptaban como apostólicos, los emplean ya San Ireneo15 y el gran escritor norteafricano Tertuliano hacia el año 20016, y pronto se hace común en toda la Iglesia. Algunos escritos, como Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas o Apocalipsis, tardaron más tiempo en ser unánimemente aceptados, bien porque se dudaba de su autoría apostólica, bien porque los empleaban preferentemente los herejes, o bien porque dada su brevedad no eran muy citados. El historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea (ca. 325) deja constancia de la existencia de diversas listas de libros del Nuevo Testamento en las que todavía no se había llegado a delimitar con exactitud el número de los que habrían de ser recibidos. Sin embargo refleja la conciencia eclesial, manifestada ya por San Ireneo al delimitar a cuatro el número de evangelios, de que el canon del Nuevo Testamento tiene que ser un conjunto cerrado de libros, precisamente de aquellos libros que provienen de los Apóstoles o sus discípulos inmediatos y que contienen el testimonio originario acerca de Jesucristo.

La primera vez que aparece la lista completa y cerrada de libros del Nuevo Testamento tal como hoy la tenemos, aunque en un orden distinto, es en la 39 Carta Festal, o anunciadora de la Pascua, de San Atanasio de Alejandría, escrita el año 367. A esa misma lista se atendría más tarde San Agustín17 y fue propuesta en los Concilios de Hipona (año 393) y III de Cartago (año 397). En el año 405 es ratificada por el Papa Inocencio I en una carta al obispo de Toulouse (Francia), Exuperio; y posteriormente en diversos concilios celebrados tanto en oriente como en occidente. De esta forma se va creando en la Iglesia universal la unanimidad respecto a los libros que integran el Nuevo Testamento, hasta que finalmente, frente a Lutero y a los reformadores que subestimaban algunos de ellos, la Iglesia definió en el Concilio de Trento (año 1546) la relación exacta de los libros que componen el Canon del Nuevo Testamento.

En este largo proceso de discernimiento de los libros del Nuevo Testamento la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo que asistía, y asiste, a sus pastores, discernía cuál era la Tradición apostólica originaria y, en consecuencia, su propia identidad. Solamente desde la Tradición viva, que desde los tiempos apostólicos se transmitía en las comunidades cristianas, y de la que son testigos excepcionales los Santos Padres, podía discernir la Iglesia cuáles eran los libros del Nuevo Testamento. «Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa»18. Si finalmente el Canon del Nuevo Testamento es propuesto con autoridad por el Magisterio de la Iglesia, ello se debe no a que el Magisterio esté «por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído»19.

Los libros apócrifos

Los libros apócrifos del Nuevo Testamento (evangelios, hechos de los apóstoles, citas apocalipsis) son los que la Iglesia no aceptó como auténtica tradición apostólica, aunque normalmente esos libros se presentaban bajo el nombre de algún apóstol. Los evangelios apócrifos, por ejemplo, empezaron a circular muy pronto, pues ya se les cita en la segunda mitad del siglo II; pero no gozaban de la garantía apostólica como los cuatro reconocidos y, además, muchos de ellos contenían doctrinas que no estaban de acuerdo con la enseñanza apostólica. «Apócrifo» primero significó «secreto», en cuanto que eran escritos que se dirigían a un grupo especial de iniciados y eran conservados en ese grupo; después pasó a significar inauténtico e incluso herético. A medida que trascurrió el tiempo, el número de esos apócrifos se acrecentó en gran manera tanto para dar detalles de la vida de Jesús que no daban los evangelios canónicos (por ejemplo, los apócrifos de la infancia de Jesús), como para poner bajo el nombre de algún apóstol enseñanzas divergentes de la común en la Iglesia. Así por ejemplo, el Evangelio de Tomás, que contiene 114 dichos de Jesús presentados de manera esotérica, o el Evangelio de Judas, que presenta a este apóstol como el único conocedor del misterio de Cristo con un carácter plenamente gnóstico.

3. ¿QUÉ CONTIENE EL NUEVO TESTAMENTO?

El misterio de Cristo desde perspectivas diferentes

En los libros del Nuevo Testamento «según la sabia disposición de Dios, se confirma todo lo que se refiere a Cristo Señor, se declara más y más su genuina doctrina, se manifiesta el poder salvador de la obra divina de Cristo, se cuentan los principios de la Iglesia y su admirable difusión, y se anuncia su gloriosa consumación»20. Los libros del Nuevo Testamento son así «un testimonio divino y perenne» del misterio de Cristo, «que no fue descubierto a otras generaciones, como es revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo, para que predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia»21.

En efecto, en los bloques de libros que integran el Nuevo Testamento se encuentra expresado el misterio de Cristo desde distintas perspectivas: histórica, didáctica y profética.

Los evangelios lo manifiestan desde la óptica histórica de su vida en la tierra. Narran lo que Jesús hizo y enseñó, su muerte, resurrección y su ascensión al cielo. En general siguen el esquema geográfico y cronológico con el que se exponía la vida de Jesús en la predicación apostólica22.

El libro de los Hechos de los Apóstoles continúa la narración histórica exponiendo cómo surge y se configura la Iglesia. Cuenta cómo ésta se extiende, animada por el Espíritu Santo que Cristo envía tras su Ascensión a los cielos23, hasta Roma y los extremos de la tierra. El libro de los Hechos desvela el misterio de Cristo desde la perspectiva de su actuación en la historia mediante el Espíritu Santo y la Iglesia.

Las cartas de los Apóstoles tienen un carácter más didáctico. En ellas, los autores explican a los fieles la profundidad del misterio de Cristo y el significado salvífico de la fe en Él, dan enseñanzas sobre el comportamiento del cristiano que vive unido a Cristo por la fe, proponen el modo de convivir dentro de las comunidades, y salen al paso de comprensiones incorrectas del Evangelio o de conductas incompatibles con él. En las cartas se pueden observar las diversas dimensiones del misterio de Cristo y la organización de las comunidades.

El libro del Apocalipsis, con el que se cierra el Nuevo Testamento, contempla el misterio de Cristo desde la perspectiva profética. Partiendo de la fe en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte por su resurrección, describe a grandes rasgos, bajo imágenes simbólicas, muchas de ellas tomadas del Antiguo Testamento, cómo va a ser el devenir de la historia y el destino de la Iglesia, hasta que se manifieste plenamente aquella victoria de Cristo, las fuerzas del mal sean completamente destruidas y se instaure un mundo nuevo, la Jerusalén celestial bajada del cielo. El libro del Apocalipsis ofrece de esta forma consuelo a quienes sufren la persecución a causa de su fidelidad a Cristo, y da motivos de esperanza para seguir viviendo la fe y de la fe en medio del mundo.