Diversidad de contenido y unidad fundamental
En su unidad como Nuevo Testamento, los libros que lo integran mantienen al mismo tiempo su diversidad propia, contribuyendo, cada uno a su manera, a dar a conocer el misterio de Cristo y resaltando diferentes aspectos en la forma de vivirlo. Todos ellos reflejan la fe en Jesús Resucitado, Cristo, Hijo de Dios y Señor.
Los tres primeros evangelios, llamados Evangelios Sinópticos, fundamentan esa fe especialmente narrando sus milagros y su conducta, sobre todo en la pasión. Resaltan la vida cristiana como seguimiento de Jesús, siendo verdaderos discípulos (Marcos), cumpliendo sus leyes y viviendo en su Iglesia (Mateo) o imitando su bondad y su misericordia, tras una verdadera conversión (Lucas-Hechos).
El Evangelio de San Juan y las cartas de este Apóstol exponen con particular claridad la preexistencia de Cristo. Jesús es el Logos de Dios que se hace hombre y, con sus palabras y signos, revela al Padre. Lo peculiar de la fe es ese conocimiento del Padre, la comunión con Él y con el Hijo, y la vivencia de esa comunión cumpliendo sus mandamientos.
En las cartas de San Pablo se pueden ver diversos puntos de atención que reflejan un progreso de pensamiento y de situación. En las primeras cartas (Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, 1 Tesalonicenses) se acentúa la experiencia interior de la fe en Cristo y en su obra de santificación (justificación) mediante el Espíritu Santo recibido en el Bautismo que nos hace hijos de Dios en Cristo, y las consecuencias de novedad de vida que lleva consigo. Otras cartas posteriores del Apóstol (Filipenses, Colosenses, Efesios) ponen además el acento en la supremacía de Cristo sobre cualquier otro poder que quiera someter al hombre y en los efectos de la obra redentora que congrega a judíos y gentiles en un solo pueblo que es la Iglesia. En cartas paulinas posteriores, las llamadas pastorales (Tito, 1-2 Timoteo), se insiste en la fidelidad a Cristo manteniendo la sana doctrina recibida de los Apóstoles y obedeciendo a aquellos que el mismo Apóstol deja al frente de las comunidades. La Carta a los Hebreos, presentando a Cristo como Sumo y Único Sacerdote, invita a unirse a su Sacrificio mediante la fe y la práctica de las virtudes.
Otros escritos apostólicos, en forma de cartas más bien breves, reflejan también su peculiar visión de Jesucristo y de la vida cristiana. La Carta de Santiago, sirviéndose de algunas de las enseñanzas de Cristo en el Discurso de la Montaña, invita a manifestar la fe con las obras evitando discordias y practicando la justicia. En la Primera Carta de San Pedro se recuerda al cristiano que ha sido redimido (adquirido) por la sangre de Cristo y se le exhorta a una vida ejemplar en la práctica de la caridad, en el fiel cumplimiento de las obligaciones familiares, sociales y eclesiales, y en el soportar el sufrimiento. En la Segunda Carta de San Pedro, en cambio, se insiste en la fidelidad a la doctrina recibida, frente a quienes la desvirtúan, y en la paciencia en la espera de la segunda venida del Señor. Una orientación muy parecida se encuentra en la breve Carta de San Judas. En el Apocalipsis, que también tiene forma de carta, destaca la contemplación de Cristo victorioso en el cielo, y de la vida cristiana como fidelidad en la fe mediante la paciencia, avivada en la oración litúrgica y personal, y vivida en la esperanza de la Venida del Señor.
Cuando la Iglesia acepta y propone como Nuevo Testamento estos libros entiende que en todos le habla el mismo Señor, y que, por tanto, no hay ninguna oposición o contradicción entre unos y otros. Es más, entiende también que en la unidad de todos ellos como un solo Nuevo Testamento, el Espíritu Santo muestra la unidad de la Iglesia, aun conservando en su seno diferentes acentos en la comprensión y vivencia del misterio de Cristo. Así se muestra la riqueza de la Iglesia sin que por ello pierda en nada su unidad en la fe y en la comunión. La lectura reposada y meditada del Nuevo Testamento conduce al conocimiento más profundo de Jesucristo y a una comprensión católica de la Iglesia. «Es ese amor de Cristo el que cada uno de nosotros debe esforzarse por realizar, en la propia vida. Pero para ser ipse Christus hay que mirarse en Él. No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de Él detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz»24.
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1 2 Co 3,14. 2 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 124. 3 Hb 8,6; 9,15; 12,24. 4 Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 7. 5 1 Co 15,3-5. 6 1 Co 11,23; Hch 2,42. 7 Ga 1,12; Ap 1,11. 8 Jn 20,30-31; 21,24. 9 Mc 1,1. 10 Lc 1,1-4. 11 1 Co 7,10; Mt 5,21-22; etc. 12 1 Co 15,3-5. 13 Apologia 1,67. 14 Homilia in Lucam 1,1. 15 Adversus haereses 2,35,4; 4,15,2. 16 Adversus Praxean 15. 17 De doctrina christiana 2,8,18. 18 Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 8. 19 Ibidem, n. 10. 20 Ibidem, n. 20. 21 Ibidem, n. 17. 22 Hch 10,37-43. 23 Hch 2,1-12. 24 S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 107.