INTRODUCCIÓN
LOS ESCRITOS DE SAN PABLO
Tras los libros de carácter histórico–narrativo, Evangelios y Hechos de los Apóstoles, el Nuevo Testamento presenta los escritos sagrados que desarrollan teológicamente el núcleo original de la predicación apostólica sobre Jesús, exponen la saludable fuerza de la obra divina de Cristo y aplican su doctrina a las circunstancias de los cristianos en la sociedad donde viven1. Entre estos escritos destacan las cartas, catorce en total, cuyo remitente lleva el nombre de Pablo o, como en el caso de la Carta a los Hebreos, muestran el influjo y la autoridad de este Apóstol.
En la antigüedad clásica había dos géneros epistolares: las cartas familiares, comerciales, etc., y las epístolas, especie de tratados o ensayos sobre un tema, dedicados a alguna personalidad, amigo o familiar. Los escritos de San Pablo participan de ambos géneros: son cartas por su tono familiar, con saludos, recomendaciones y despedidas; y son epístolas, en cuanto presentan enseñanzas doctrinales y morales.
El orden en que las cartas paulinas suelen venir en códices antiguos y ediciones impresas de la Biblia es convencional, no cronológico: primero se agrupan las dirigidas a comunidades; después las enviadas a personas. Dentro de esa agrupación, se ponen por orden de extensión y de relevancia en la vida de la Iglesia, a excepción de Hebreos, que suele ser la última.
1. SAN PABLO
San Pablo fue el hombre al que Dios llamó y envió para emprender la difusión universal del cristianismo. Ciertamente, ya en el mismo Jesucristo está presente el designio de salvación universal, pero la personalidad y la actividad de San Pablo fueron decisivas para extender la buena noticia del Evangelio por el mundo entonces conocido.
El anuncio del Evangelio a los gentiles no fue una genial decisión personal de San Pablo, pues en realidad dimanaba de la propia esencia de aquel mensaje. San Pablo lo que hizo fue ponerlo en práctica tal como lo había recibido. Por eso, habla de un «misterio» escondido durante siglos en Dios y ahora manifestado, del cual él se sabe ministro: la salvación de judíos y gentiles hasta formar un solo Cuerpo, que es la Iglesia. Como manifestación concreta de esa actitud se puede señalar que San Pablo procuró actuar siempre de acuerdo con el Colegio Apostólico. Por eso consultó a los Apóstoles y presbíteros de Jerusalén sobre el modo en que estaba realizando su labor evangelizadora, y ellos le ratificaron el encargo de predicar a los gentiles, mientras que San Pedro se dedicaba más directamente a los judíos. Sin embargo, no fue el único en acometer esa ingente tarea, pues también los Doce fueron a anunciar el Evangelio a otros pueblos y otros países sin relación con el judaísmo, como se desprende de las antiguas tradiciones sobre su vida, de las noticias que nos dan los primeros escritores cristianos, y de las mismas cartas del Nuevo Testamento (las llamadas «cartas católicas»), que se dirigen también a fieles que proceden de los gentiles.
Formación de San Pablo: un judío de la diáspora
San Pablo fue un instrumento cuidadosamente formado y escogido para la misión divina que le fue encomendada. Él era sin ninguna duda un judío. Pero un judío nacido y educado en la diáspora, en ambiente griego. Él mismo se refiere a su judaísmo con orgullo: era de la tribu de Benjamín (de ahí su nombre Saulo, Saúl), de una familia observante, fariseo en la interpretación de la Ley, celoso en mantener las tradiciones paternas2. Su pensamiento tiene siempre como centro la Sagrada Escritura, que cita y comenta explícitamente muchas veces; su preocupación es la Salvación prometida a Israel; y su visión teológica está profundamente penetrada por el sentido de la historia, según las tradiciones de su pueblo.
Este judío, que adquirió en Jerusalén a los pies de Gamaliel3 una buena formación rabínica, había recibido previamente una esmerada educación helenística en Tarso, su ciudad natal. No sabemos qué estudios cursó, pero por su estilo y por muchos rasgos de su pensamiento, es más que probable que tuviera una formación retórica esmerada, de nivel superior, y que su conocimiento del estoicismo fuera bastante profundo. De hecho, sabemos que Tarso fue patria o lugar de residencia de varios importantes pensadores estoicos4, y hubo allí una notable escuela de oradores5.
Junto a su origen judío y su formación helenística, un tercer factor a tener en cuenta es que San Pablo era ciudadano romano por nacimiento, lo que constituía un privilegio muy valorado6. Este hecho supone que su padre había conseguido la apreciada ciudadanía con la posibilidad de transmitirla, y esto hace pensar que la familia de Pablo, aun siendo muy practicante, no pertenecía a los grupos judíos más cerrados como los celotes. Esta apertura mental en el ámbito civil, unida a una honda convicción religiosa, explica muchas de sus palabras alentadoras, como, por ejemplo, las dirigidas a los filipenses: «Por lo demás, hermanos, cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de íntegro, de amable y de encomiable; todo lo que sea virtuoso y digno de alabanza, tenedlo en estima. Lo que aprendisteis y recibisteis, lo que oísteis y visteis en mí, ponedlo por obra; y el Dios de la paz estará con vosotros»7.
Vocación y misión
El libro de los Hechos nos ha transmitido tres relatos de la vocación de San Pablo en el camino de Damasco8. En el primer relato, Dios mismo revela a Ananías la misión de Pablo: «El Señor le dijo: Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre»9. El segundo relato cuenta cómo Ananías revela a Saulo su misión: «Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y oyeras la voz de su boca, porque serás su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído”»10. En el tercer relato, finalmente, Pablo resume su toma de conciencia de la misión recibida: «Y el Señor me dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate y ponte en pie, porque me he dejado ver por ti para hacerte ministro y testigo de lo que has visto y de lo que todavía te mostraré. Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles a los que te envío, para que abras sus ojos y así se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, y reciban el perdón de los pecados y la herencia entre los santificados por la fe en mí”»11. Las pequeñas diferencias entre los tres textos no son de extrañar, ni son una dificultad seria. Se trata de relatos que pertenecen a contextos distintos y que se han transmitido en tradiciones distintas: el primero viene probablemente de la Iglesia de Jerusalén; los otros dos proceden de la predicación paulina dirigida a los judíos y a los gentiles, respectivamente. En todo caso, hay un elemento que se repite y en el que conviene reparar: a San Pablo le fue asignada por Dios la misión concreta de anunciar el Evangelio a todos los hombres, primero a los judíos y después a los gentiles.
San Pablo, al revelársele Jesús y comprender que era el Mesías glorificado, tuvo que cambiar radicalmente su manera de pensar como ferviente fariseo. Si antes consideraba que el camino para llegar a Dios era la Ley, ahora se convence de que la Ley sola no sirve, puesto que Jesús, el Mesías e Hijo de Dios, había sido condenado según la Ley, era maldito para la Ley12. Si antes pensaba que el verdadero Israel era el que descendía de Abrahán según la carne y cumplía la Ley, ahora entiende que el verdadero Israel son los seguidores de Jesús, con los que Jesús mismo se identifica13. En el camino de Damasco, al encontrarse con Cristo, San Pablo adquiere una nueva visión de los planes de Dios y esa visión será la base de su reflexión posterior y de su teología.
Inmediatamente después de su encuentro con Cristo, San Pablo se dirige a los judíos de Damasco14 y, cuando fue a Jerusalén, predicó a los helenistas, es decir, a los judíos de origen no palestino15. Sólo más tarde tuvo lugar en Antioquía su primer contacto con los gentiles, cuando ayudó a Bernabé en su obra evangelizadora16. Después, cuando el Espíritu Santo le designó, junto con Bernabé, para una misión especial17, fue a Chipre y empezó a predicar en las sinagogas de Salamina18. Lo mismo hizo en compañía de Bernabé en Antioquía de Pisidia19, y la misma conducta —empezar por la predicación en la sinagoga— mantuvo en Iconio20, en Filipos21, Tesalónica22, Berea23, Corinto24, Éfeso25 y Roma26. En Antioquía de Pisidia, Corinto y Éfeso se enfrentó con la obstinada oposición de los judíos y declaró que se iba a dedicar a los gentiles, como hizo de hecho, aunque no descuidó nunca el trato con los miembros de su pueblo, para los cuales siempre tuvo palabras de afecto27.
La inculturación helénica
San Pablo optó por escribir directamente en griego las cartas dirigidas a las comunidades cristianas. Decisión lógica —ya que era la lengua de uso común para esos cristianos—, pero de indudable trascendencia para marcar nuevos caminos en la expresión del mensaje de la fe. El escrito más antiguo del Nuevo Testamento es posiblemente una carta suya, la Primera a los Tesalonicenses, redactada alrededor del 51-52 d.C., directamente en griego.
Conviene recordar que la mayor parte del Antiguo Testamento, donde se contiene el comienzo de la Revelación divina, fue escrito en hebreo, con algunos pasajes en arameo, y sólo en épocas cercanas a la era cristiana se redactaron algunos libros en griego. La gran tarea de verter la revelación bíblica en el contexto cultural griego, comenzada con la traducción del Antiguo Testamento (la versión de los Setenta), sería continuada y culminada con el Nuevo Testamento, cuyos libros fueron compuestos en esa lengua. Aquella decisión del Apóstol dio comienzo a la cultura cristiana en griego, destinada a perdurar siglos y a forjar el pensamiento cristiano (hay que recordar que hasta finales del siglo II d.C. no hay escritores cristianos en latín).
Ya antes de San Pablo, hubo entre los judíos varias tentativas de lograr una síntesis entre el pensamiento judío y la cultura griega. Uno de los autores más representativos de esta tendencia en el seno del judaísmo es Filón de Alejandría, que vivió unos 50 años antes que el Apóstol. San Pablo, sin embargo, fue capaz de asimilar y convertir nociones que procedían de los más diversos contextos culturales en palabras y conceptos cristianos: así, por ejemplo, supo extraer del helenismo conceptos como «conciencia» (synéidesis), «ciencia» (gnosis), «manifestación gloriosa» (epifáneia), «amor a los hombres» (filantrópia), «regeneración» (palingennesía).
Cronología de la vida de San Pablo
No es posible establecer con absoluta exactitud la cronología de toda la vida de San Pablo, pues las principales fuentes para su conocimiento, sus cartas y los Hechos de los Apóstoles, no se preocupan excesivamente por ofrecer referencias temporales. Sin embargo, se pueden datar con cierta precisión los hitos más importantes de su vida.
Los estudiosos se inclinan a pensar que Pablo nació en Tarso de Cilicia28 entre los años 5-10 d.C., pues Lucas le califica con el adjetivo neanías, «joven», al relatar el martirio de San Esteban29, ocurrido no mucho tiempo después de la muerte del Señor el año 30.
Para la fecha de la aparición de Cristo cerca de Damasco las referencias principales están en la Carta a los Gálatas30, donde Pablo refiere que tres años después de recibir la llamada del Señor subió a Jerusalén31, y que volvió a hacerlo catorce años más tarde32. No obstante, no es posible decidir si esos catorce años que transcurren entre la visión de Damasco y su segunda visita a Jerusalén, acompañado de Bernabé y Tito —cuando tuvo lugar la reunión con Santiago, Cefas y Juan—33, engloban los tres aludidos en Ga 1,18, o deben sumarse a ellos, hasta llegar a diecisiete. Con todo, teniendo en cuenta que la asamblea de Jerusalén ocurrió el año 48 o el 49, se piensa que la aparición cerca de Damasco debió de darse hacia el 32 o el 35.
El dato más firme para el establecimiento de fechas en su actividad apostólica lo ofrece una inscripción de Delfos, publicada en 1905, en la que se menciona a Junio Galión como procónsul de Acaya. Galión desempeñó ese cargo entre el año 51 y el 52. Según el relato de Hechos, Pablo, estando en Corinto durante su segundo viaje misionero, fue llevado por judíos amotinados ante el tribunal de Galión, el cual, al ver que se trataba de cuestiones de la Ley judía, no quiso intervenir34. La comparecencia de Pablo ante Galión debió de ocurrir a fines del año 51 o poco después.
La cautividad de San Pablo en Cesarea la Marítima puede también datarse con cierta precisión. Según Hechos Pablo fue conducido de Jerusalén a Cesarea por orden del tribuno Claudio Lisias, para comparecer ante el prefecto Antonio Félix35. Durante el arresto de Pablo en Cesarea, Antonio Félix fue sustituido por Porcio Festo. A pocos días de la llegada de Festo, Pablo apela al tribunal de César36. ¿Cuándo ocurrieron estos sucesos? Los historiadores Tácito y Flavio Josefo, que se refieren al cambio de Félix por Festo, no son muy precisos, pero la mayoría de los estudiosos modernos se inclina por el año 60.
Hechos no habla de la muerte de Pablo. Una antigua tradición, recogida en el siglo IV por Eusebio37, dice que murió decapitado en Roma38, durante la persecución de Nerón, la misma en la que Pedro fue crucificado (años 64-67). San Clemente Romano (hacia el 95), refiere que Pablo «viajó hasta el extremo occidente»39 antes de dar testimonio con la muerte. ¿Expone San Clemente un dato histórico o extrae una conclusión de Rm 15,24.28? Hay opiniones en ambos sentidos. Los otros documentos antiguos que se refieren al posible viaje a España son más tardíos40, e historiográficamente menos seguros. Por su parte, los análisis de Cartas y de Hechos no aportan datos en contra de esas antiguas tradiciones. Los cálculos de la edad que podría tener en su martirio oscilan entre los 55 y 60 años.
2. LAS COMUNIDADES Y CARTAS PAULINAS
Las cartas de San Pablo, escritas a comunidades cristianas concretas, responden a necesidades específicas pero ofrecen unas perspectivas doctrinales que trascienden esos precisos momentos y les confieren un valor perenne. A la vez, proporcionan abundante información acerca de la actividad del Apóstol y de las circunstancias históricas en las que se desenvolvió. Con los datos que ofrecen, completados por aquellos recuerdos de su actividad que han quedado consignados en los Hechos de los Apóstoles, es posible seguir, al menos a grandes rasgos, las huellas de la acción de San Pablo en la historia del cristianismo naciente.
Las comunidades paulinas
El Evangelio se difundió en un primer momento por la cuenca del Mediterráneo en el seno de las comunidades judías de la diáspora. Allí donde había judíos empezó a haber algunos cristianos. Se trataba al principio de ciudades importantes por ser encrucijadas de caminos, centros del comercio o capitales de regiones o provincias del Imperio. Pronto, antes del 50 d.C., hubo cristianos en Roma, Alejandría, Antioquía, Cesarea y Damasco.
San Pablo, en su labor evangelizadora, dedicó particular atención a las poblaciones donde confluían las vías de comunicación, y con ellas los intercambios comerciales y culturales. Tal es el caso de Tesalónica, puerto del Golfo Sarónico y centro de comunicación en la Vía Egnatia, ruta que unía el Mar Adriático con la meseta de Asia Menor. Lo mismo se puede decir de Corinto y Éfeso, en las que el Apóstol se detuvo varios años y que estaban emplazadas en lugares estratégicos. De este modo el cristianismo podía difundirse con facilidad a las regiones vecinas. El caso de Éfeso es particularmente instructivo, porque a partir de esa ciudad, capital de la provincia romana de Asia, el Evangelio se propagó a toda la región del valle del Lico, donde estaban emplazadas Hierápolis, Laodicea y Colosas.
Después de Jerusalén, la siguiente comunidad cristiana en orden de importancia residía en Antioquía, antigua capital del reino de los Seléucidas. Por lo que podemos reconstruir a partir de los Hechos de los Apóstoles, se trataba de una comunidad cristiana en la que la mayor parte de sus miembros eran de origen pagano. Allí los creyentes en Cristo recibieron por vez primera el nombre de «cristianos»41. Los antioquenos poseían un acentuado espíritu misionero42 y se sentían vinculados con lazos de fraternidad y solidaridad con la comunidad de Jerusalén43. Parece que entre los cristianos de Antioquía había personas de ciertos recursos económicos, lo que explica que pudieran reunir una cifra considerable para ayudar a los hermanos de Judea. El libro de los Hechos da a entender que en los primeros momentos la comunidad estaba dirigida por un grupo de «profetas y maestros», que formaban una especie de «presbiterio» de esa iglesia44. Todo esto supone un paralelismo entre la organización eclesial y la sociedad civil, habitualmente formada por una asamblea del pueblo (boulé) y un consejo de ancianos (gerousía). Es más que probable que uno de los miembros del presbiterio hiciera cabeza en la comunidad, como fue el caso de Bernabé al comienzo de la evangelización.
Es precisamente desde Antioquía desde donde San Pablo realiza sus viajes apostólicos, narrados con gran detenimiento en el libro de los Hechos de los Apóstoles45. El Apóstol, primero en el interior de Asia Menor (Galacia, Panfilia, Licaonia), y luego por el continente europeo (Tesalónica, Filipos, Atenas, Corinto), no se limitó a convertir y bautizar, sino que estableció comunidades estructuradas, con unos responsables al servicio de la instrucción cristiana, santificación y difusión del Evangelio.
Estas comunidades cristianas primitivas, salvadas las diferencias geográficas y étnicas, tienen caracteres comunes: en primer lugar, incluyen, en un plano de absoluta igualdad, a gentiles (los «griegos») y judíos46; no sólo esto sino que también están en un plano de igualdad libres y esclavos, hombres y mujeres. Todos han sido rescatados por Cristo y gozan de la condición de hijos de Dios. Sobre esta base común descansan las otras propiedades de la vida de los cristianos.
Las cartas paulinas
Las cartas de San Pablo responden a necesidades concretas de las comunidades por él fundadas, a la preparación de viajes que proyectaba hacer, a circunstancias personales de los destinatarios, etc. Por eso, lo que escribe en sus cartas no constituye un sistema de ideas o un cuerpo teológico estructurado, sino la vivencia del misterio de Cristo, que él quiere difundir por todo el mundo y que expone a las comunidades o personas a las que escribe. Para esa finalidad se vale de todos los recursos literarios y argumentativos a su alcance. San Pablo sólo tiene un propósito: anunciar el Evangelio de Jesucristo que es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree…»47. Ésta será la doctrina que irá exponiendo en cada una de sus cartas desde distintos puntos de vista, atendiendo siempre a la situación y mentalidad de los destinatarios. El núcleo fundamental es en todas ellas el mismo: Jesucristo es el salvador del hombre y del mundo, de todo hombre —judío o gentil— y de la entera creación, incluso a nivel cósmico.
Desde el punto de vista histórico, hay datos para asegurar que, de entre las cartas que se conservan de San Pablo, la primera que escribió fue la dirigida a los tesalonicenses en el curso de su segundo viaje misionero (1Tesalonicenses), y que, después, en el tercer viaje escribió la Carta a los Gálatas, las dos dirigidas a los Corintios y la Carta a los Romanos. En cuanto a las demás, se discute en qué momento de la vida del Apóstol han de ser situadas con precisión48.
La investigación histórica y literaria de las cartas que se han transmitido en torno a la figura del Apóstol ha puesto de manifiesto que algunas de ellas presentan unos rasgos específicos tan característicos que no permiten dudar seriamente de que tengan al propio San Pablo como autor. Se trata de la Carta a los Romanos, las dos dirigidas a los Corintios, Gálatas, Filipenses, la Primera a losTesalonicenses y Filemón. En estas cartas la autenticidad paulina no ha sido discutida con argumentos de peso ni en la antigüedad ni en nuestros días. En cambio, la Segunda Carta a los Tesalonicenses, Efesios, Colosenses, las dos Cartas a Timoteo y la dirigida a Tito han suscitado en tiempos recientes opiniones confrontadas. Se discute hasta qué punto se puede afirmar que fueron redactadas personalmente por San Pablo o si más bien, aunque contengan doctrina paulina, la composición última debiera de ser atribuida a alguno de sus discípulos49. En mucha mayor medida se discute la relación con el Apóstol de la Carta a los Hebreos, ya que en ese caso ni siquiera figura su nombre en el encabezamiento, como sucede en las demás. En cualquier caso, la Iglesia ha recibido todas esas cartas como divinamente inspiradas, fuente de la Revelación cristiana de valor permanente, a la vez que las tiene como preciosos testimonios sobre la vida y el pensamiento del Apóstol, de sus colaboradores y de las primeras comunidades cristianas.
3. GRANDES TEMAS DOCTRINALES DE LAS CARTAS DE SAN PABLO
Las cartas de San Pablo tienen una gran riqueza doctrinal. En las introducciones a las distintas cartas se irán señalando los rasgos más característicos de cada una de ellas. Sin embargo, hay algunos contenidos que reaparecen una y otra vez con formulaciones, ya sea análogas, ya complementarias, que conviene tener en cuenta desde el principio para entender bien a San Pablo.
Nuestro cometido no es reconstruir ahora el proceso del pensamiento del Apóstol —esa tarea es para otro género de publicaciones—, sino presentar las líneas maestras de la doctrina expuesta en sus escritos.
La resurrección de Cristo
La aparición de Cristo resucitado a Pablo cerca de Damasco es la vivencia clave para la fe y para la enseñanza del Apóstol. Por lo demás, Pablo sigue el kérigma apostólico en la significación de la resurrección gloriosa de Jesús como prueba por excelencia de la verdad de lo que hizo y dijo, del misterio de su ser. Pablo explicita que la resurrección de Cristo es también la prueba de nuestra resurrección. El rito de la inmersión en el agua bautismal significa y produce nuestra muerte con Cristo al pecado, y la salida del agua, el nacimiento de la nueva criatura a la vida de la gracia y a la esperanza de la futura resurrección gloriosa50.
Jesucristo, el único salvador
Antes de su conversión, Pablo compartía la concepción básica del judaísmo, a saber, que Dios había elegido a Israel como pueblo depositario de las promesas a los patriarcas, renovadas en la Alianza y la Ley de Moisés, y que la salvación residía en el cumplimiento de la Ley. No se habla en el epistolario ni en Hechos de qué modo esperaba Pablo la liberación divina por medio del Mesías anunciado por los profetas. En cualquier caso, antes de la experiencia del camino de Damasco compartía la opinión de muchos de sus correligionarios de que Jesús el Nazareno no era el Mesías, sino que era tomado por tal por algunos judíos disidentes, lo cual constituía un peligro que debía ser combatido con brío en bien del judaísmo51. Pero cuando se le reveló resucitado se produjo en Pablo la súbita comprensión de la verdad: ¡Jesucristo vive! ¡Es el Mesías! Las gracias subsiguientes le hicieron profundizar en la fe: Jesús era el Hijo de Dios y Pablo debía anunciarlo52.
Lo que después predicó y escribió es la vivencia del misterio de Cristo. Su vocación divina era para anunciar la «buena nueva», el Evangelio de Jesucristo, que es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree»53. Éste es el núcleo doctrinal que expondrá en sus cartas desde diversos enfoques. El mensaje de fondo es el mismo: Jesucristo es el único salvador de todo hombre, judío o gentil54.
El misterio salvífico
El «evangelio de Pablo» es la proclamación del plan de Dios para la salvación de la humanidad. El designio fue anunciado en el Antiguo Testamento, por los profetas, pero sólo mediante Cristo ha sido revelado a los Apóstoles. Pablo expresa el plan salvador de Dios en Cristo mediante varias fórmulas equivalentes: «misterio de Cristo», «del evangelio», «de Dios», «de la fe», etc., o simplemente «el misterio», para indicar que ha estado escondido por los siglos hasta su revelación en Cristo. Lo que se le revela a Pablo es precisamente que el misterio seha realizado en Cristo. El evento de Damasco y las sucesivas gracias recibidas no significaban una «nueva religión», sino la comprensión profunda de la única revelación, desde los patriarcas hasta su plenitud en Jesucristo. La «luz» junto a Damasco no era, pues, propiamente una «conversión» a Dios, sino la iluminación del cumplimiento del «misterio» en Cristo.
La divinidad de Jesucristo
En las cartas muestra con claridad que Jesús es el Hijo de Dios. Emplea diversos títulos, ya utilizados en la predicación apostólica: «el Señor», «el Hijo de Dios», «el Salvador». Incluso en Rm 9,5 y Tt 2,13 le llama «Dios» («Dios bendito», «Gran Dios»). Y en Col 1,15-17 habla de su preexistencia eterna antes de ser enviado al mundo, antes incluso de que el mundo existiera. Jesucristo es coeterno al Padre y enviado por Él, por amor a los hombres.
La Encarnación del Hijo de Dios
El Hijo de Dios asumió nuestra existencia humana, «nacido de mujer, nacido bajo la Ley»55, «se anonadó a sí mismo»56, y venció al pecado en su propia carne57. De este modo, todos los elementos que esclavizaban a la criatura humana —pecado, carne, muerte, Ley— fueron vencidos por Cristo. Su muerte es la mayor demostración del amor de Dios por el hombre58. Cristo, al asumir la condición humana, se constituye en representante y cabeza de la humanidad, en el nuevo Adán59. La muerte de Cristo ha obtenido el perdón de los pecados y nos ha introducido en una vida nueva60.
«Justicia» y «justificación»
Pablo habla de «justicia de Dios». Para él, designa el poder salvífico de Dios a través de la obra redentora de Cristo, que alcanza al fiel mediante la adhesión por la fe en Jesús. El otro lado de la cara es la «justificación», es decir, la nueva relación de la criatura humana con Dios, realizada por la gracia divina. Desde los tiempos de la reforma de Lutero, la cuestión de «justicia/justificación» se convirtió en tema principal de los estudios sobre San Pablo: algunos autores la han considerado incluso el centro de su teología. Pero la cuestión «justicia/justificación» es la consecuencia del misterio salvífico del «acontecimiento» que significa Cristo mismo. El núcleo de la enseñanza de San Pablo está, ya lo hemos dicho, en su vivencia de Jesucristo como único salvador, salvación que le alcanza al hombre por la fe. Todo lo demás son consecuencias.
En el proceso de la justificación, según San Pablo, se pueden apreciar tres aspectos. Primero, la justificación se da por iniciativa divina, no por mérito de acciones humanas precedentes61. Segundo, Dios quiere que todos los hombres se salven62. Tercero, aunque Dios toma la iniciativa y la parte principal en la justificación, cada hombre debe corresponder personalmente63.
La existencia cristiana «en Cristo»
Al adherirnos a Cristo por la fe somos hechos hijos de Dios: «Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abbá, Padre!”. De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios»64. La vida en Cristo, o el vivir Cristo en el cristiano65, se identifica con la filiación divina y con el don del Espíritu Santo, por el cual se nos ha infundido el amor de Dios66.
La dignidad del cristiano lleva consigo serias exigencias morales. La depravación moral de la sociedad greco–romana del siglo I exigía a los neófitos superar concepciones éticas y hábitos de conducta sumidos con frecuencia en el pecado. Era menester la gracia de Dios y la correspondencia humana67. Pablo da también la razón teológica de la dignidad del cristiano al afirmar que su cuerpo es «templo del Espíritu Santo»68.
La Iglesia
De los hagiógrafos neotestamentarios, San Pablo es el que más veces y más profundamente sondea el ser de la Iglesia. La penetración de Pablo en este misterio comienza ya en el momento de su conversión, cuando oyó del mismo Jesús, que se le aparece resucitado en el camino de Damasco, la misteriosa identidad entre Cristo y los cristianos: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?»69. A esta revelación primera y directa se irán añadiendo otras revelaciones y otras experiencias, que irán completando y ahondando su visión del misterio de la Iglesia.
Aunque en sus cartas, a veces, se designa por iglesias las comunidades cristianas locales o regionales70, ya en la primera etapa, el Apóstol tiene clara conciencia de que la Iglesia es una y única: no hay más que una Iglesia. Y junto a las notas de unidad de la Iglesia y de unión de los cristianos con Cristo y entre sí, encontramos la concepción, profundamente arraigada, de que la Iglesia es Cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios71. Se subraya así la relación profunda y misteriosa de la Iglesia con Cristo, que convierte a la Iglesia en instrumento universal de salvación72.
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1 Cfr Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 20. 2 Cfr Ga 1,14; 2 Co 11,22; Rm 11,1; Flp 3,5-6. 3 Cfr Hch 22,3. 4 Crisipo, el segundo fundador de la estoa, era de Soli, en Cilicia, y Posidonio, uno de los iniciadores de la estoa media, era de Apamea, en Siria. 5 Entre ellos cabe citar a Atenodoro el Calvo, que fue preceptor de Octaviano. 6 Cfr Hch 22,25-28; 16,37. 7 Flp 4,8-9. 8 Hch 9,1-19; 22,5-16; 26,10-18. 9 Hch 9,15-16. 10 Hch 22,14-15. 11 Hch 26,15-18. 12 Cfr Ga 3,13. 13 Cfr Hch 9,5. 14 Cfr Hch 9,20. 15 Cfr Hch 9,29. 16 Cfr Hch 11,25. 17 Cfr Hch 13,2. 18 Cfr Hch 13,5. 19 Cfr Hch 13,14. 20 Cfr Hch 14,1. 21 Cfr Hch 16,12. 22 Cfr Hch 17,1. 23 Cfr Hch 17,10. 24 Cfr Hch 18,4. 25 Cfr Hch 19,8. 26 Cfr Hch 28,17-28. 27 Cfr 1 Co 9,20-23; Rm 9,1-5. 28 Cfr Hch 9,11; 21,39; 22,3. 29 Cfr Hch 7,58. 30 Ga 2,1-2 y 1,14-21. 31 Cfr Ga 1,18. 32 Cfr Ga 2,1. 33 Cfr Ga 2,1-10; Hch 15,1-41. 34 Cfr Hch 18,12-17. 35 Cfr Hch 23,24-24,27. 36 Cfr Hch 25,11. 37 Historia Ecclesiastica 2.25.4-8. 38 Así lo conmemora la Basílica romana de San Pablo Extramuros. 39 S. Clemente Romano, Carta a los Corintios 5,7. 40 Fragmento Muratori, hacia el 180. 41 Hch 11,26. 42 Cfr Hch 13,2-3; 15,30. 43 Cfr Hch 11,27-30. 44 Cfr Hch 13,1. 45 Para las etapas y contenido de los viajes, véase Hch 13,1- 28,31. Puede ser útil para tener una visión sintética de las etapas de estos viajes consultar el mapa consultar el mapa que se ofrece al final. 46 Cfr Ga 3,28; 1 Co 12,13; Col 3,11. 47 Rm 1,16. 48 Para las circunstancias concretas de cada una, pueden verse las respectivas introducciones de esta edición. 49 En la introducción a cada una de estas cartas se exponen y valoran con un poco más de detenimiento los hechos que reclaman atención y que pueden ser indicios de una historia redaccional más compleja. 50 Cfr Rm 6,5-11. 51 Cfr Ga 1,13-14; Hch 22,3-5. 52 Cfr Ga 1,15-16. 53 Rm 1,16. 54 Cfr Rm 3,22-23. 55 Ga 4,4. 56 Flp 2,7. 57 Cfr Rm 8,3; Col 1,22. 58 Cfr Rm 5,8. 59 Cfr 1 Co 15,20-22; 2 Co 5,14; Rm 5,14; Col 1,18. 60 Cfr Rm 4,25. 61 Cfr Rm 8,29-30. 62 Cfr 1 Tm 2,3-4. 63 Cfr Rm 6,17-18. 64 Ga 4,6-7; cfr Rm 8,14-17. 65 Ga 2,19-20. 66 Cfr Rm 5,5. 67 Cfr 1 Co 6,9-11. 68 1 Co 6,19. 69 Hch 9,4. 70 Cfr 1 Ts 1,1; 1 Co 1,1; 2 Co 1,1. 71 Cfr Rm 12,5, 1 Co 10,16, 12-13.27; Col 1,18.24; 2,19; 3,15; Ef 1,10; etc. 72 Cfr Ef 3,9-11.