COMENTARIO
La escena refleja una situación de amistad entre Dios y el hombre en la que no existe ningún mal, ni siquiera la muerte. El jardín es descrito con los rasgos de un frondoso oasis, con la peculiaridad de que en el centro hay dos árboles, el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal, que simbolizan el poder de dar la vida y el ser punto último de referencia del actuar moral del hombre. Además, del jardín brotan los cuatro ríos más importantes conocidos por el autor, que riegan y fecundan toda la tierra. De esta forma la Biblia nos enseña que el hombre fue creado para ser feliz, gozando de la vida y del bien que proceden de Dios. «La Iglesia, interpretando de manera auténtica el simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento y de la Tradición, enseña que nuestros primeros padres Adán y Eva fueron constituidos en un estado “de santidad y de justicia original” (Conc. de Trento, De peccato originali). Esta gracia de la santidad original era una “participación de la vida divina” (Lumen gentium, n. 2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 375).
El hombre recibe, desde el principio, el encargo de cuidar y trabajar el jardín, es decir, de protegerlo y hacerlo fructificar mediante su trabajo. El trabajo aparece de nuevo (cfr 1,28) como encargo divino dado al hombre desde el inicio. «Desde el comienzo de su creación, el hombre —no me lo invento yo— ha tenido que trabajar. Basta abrir la Sagrada Biblia por las primeras páginas, y allí se lee que —antes de que entrara el pecado en la humanidad y, como consecuencia de esa ofensa, la muerte y las penalidades y miserias (cfr Rm 5,12)— Dios formó a Adán con el barro de la tierra, y creó para él y para su descendencia este mundo tan hermoso, ut operaretur et custodiret illum (Gn 2,15), con el fin de que lo trabajara y lo custodiase» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 57). Pero el hombre debe reconocer el señorío de Dios sobre la creación y sobre sí mismo, obedeciendo el mandato que Dios le da a modo de una alianza (v. 17). Si se perdió aquella felicidad originaria para la que el hombre fue creado, vendrá a decir el autor sagrado más adelante, es porque el hombre quebrantó la alianza.