COMENTARIO
El posible acceso del hombre al «árbol del conocimiento del bien y del mal» significa que Dios ha dejado el camino abierto a la posibilidad del mal, precisamente en virtud de un bien mayor: la libertad de la que ha dotado al hombre. Éste, mediante su razón y a través de su conciencia, puede descubrir y discernir lo que es bueno y malo; pero no puede establecerlo con su decisión. En este sentido, el mandato de Dios a nuestros primeros padres implica el deber de reconocer su carácter de criaturas, y de acatar y respetar el bien, tal como se refleja en las leyes de la creación y en la dignidad propia de su ser personal. Querer el hombre decidir lo bueno y lo malo por su cuenta, independientemente de la bondad impresa por Dios al crear, sería pretender ser como Dios. La autonomía moral absoluta es una tentación que se presenta constantemente al hombre, y en la que sucumbe cuando olvida que existe un Dios Creador y Señor de todo, también del hombre. «El árbol de la ciencia del bien y del mal, comenta San Juan Pablo II, debía expresar y constantemente recordar al hombre el “límite” insuperable para un ser creado» (Dominum et Vivificantem, n. 36).