COMENTARIO
De esta forma, ambos, el hombre y la mujer, desobedecieron el mandato de Dios. El Génesis no habla de una manzana, sino de un fruto misterioso que tiene un valor simbólico. El pecado de Adán y Eva fue de desobediencia.
El hagiógrafo nos va llevando al desenlace con una magistral descripción psicológica de la tentación: entretenimiento con el tentador, duda acerca de la veracidad de Dios, cesión ante las apetencias de los sentidos. Este pecado, comenta también San Juan Pablo II, «constituye el principio y la raíz de todos los demás. Nos encontramos ante la realidad originaria del pecado en la historia del hombre y, a la vez, en el conjunto de la economía de la salvación. (…) Esta desobediencia originaria presupone el rechazo o, por lo menos, el alejamiento de la verdad contenida en la palabra de Dios, que crea el mundo. (…) La desobediencia significa, precisamente, pasar aquel límite que permanece insuperable para la voluntad y la libertad del hombre como ser creado. El hombre no puede decidir por sí mismo lo que es bueno y malo, no puede “conocer el bien y el mal” como si fuera Dios. Sí, en el mundo creado Dios es la fuente primera y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante la íntima verdad del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo, consustancial al Padre. Al hombre, creado a imagen de Dios, el Espíritu Santo da como don la conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente en ella su modelo, que es sabiduría y ley eterna, fuente del orden moral en el hombre y en el mundo. La “desobediencia” como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal» (S. Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, nn. 33-36).