COMENTARIO
Los efectos del pecado que se anuncian al varón están en estrecha relación con el encargo recibido de Dios: cultivar el jardín, o dicho de otro modo, dominar la tierra mediante su actividad, el trabajo. Por el pecado se ha roto la armonía entre el hombre y la naturaleza: el trabajo le resultará penoso, y será también ocasión de fuertes perturbaciones. En efecto, fruto del pecado son todas las formas de injusticia que se dan en el mundo laboral y en el dominio sobre los bienes de la tierra. Dios había destinado la tierra, y cuanto ella contiene, para uso de todo el género humano; pero sin embargo sucede que «mientras numerosas muchedumbres carecen de lo estrictamente necesario, algunos, aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia o malgastan sin consideración. El lujo pulula junto a la miseria. Y mientras un pequeño número de hombres dispone de un amplísimo poder de decisión, otros están privados de toda iniciativa y toda responsabilidad, viviendo con frecuencia en condiciones de vida y trabajo indignas de la persona humana» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 63).
Las consecuencias del pecado acompañarán al hombre hasta que vuelva a la tierra, es decir, hasta la muerte. Dios, sin embargo, no ha llevado a cabo de forma inmediata la amenaza anunciada en Gn 2,17, y el hombre sigue viviendo sobre la tierra, aunque destinado a morir. Es, en este sentido, en el que San Pablo, a la luz de la obra de Cristo al que ve como el segundo Adán, explicará la realidad humana diciendo que «por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte, y de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron. (…) Si por el delito de uno solo la muerte reinó por medio de uno, mucho más los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia reinarán en la vida por medio de uno solo, Jesucristo» (Rm 5,12.17).