COMENTARIO
Aun después de la caída, Dios cuida del hombre. Éste seguirá poblando la tierra, a pesar de la muerte, gracias a la maternidad de la mujer. Dios sigue cuidando al hombre y sale al paso de su estado de desnudez que le llenaba de temor y vergüenza. La situación histórica del hombre aparece con la expulsión del paraíso. Ahora el hombre conoce el bien y el mal; está privado de la felicidad para la que fue creado, y, destinado a la muerte, ansía la inmortalidad que, de hecho, sólo pertenece a Dios. Tal situación afecta a todos los hombres en virtud de aquel pecado. En efecto, «sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído (cfr Conc. de Trento, De peccato originali). Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado “pecado” de manera análoga: es un pecado “contraído”, “no cometido”, un estado y no un acto» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 404).