COMENTARIO

 Gn 4,1-26 

El autor sagrado continúa enseñando cómo se transmitió la vida humana a partir de los primeros padres, y cómo, al mismo tiempo, la vida del hombre sobre la tierra sigue marcada por el mal y el pecado. «El hombre se convirtió en el enemigo de sus semejantes» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2259). Esto lo muestra la Escritura con el episodio de Caín y Abel que, recogiendo antiguas tradiciones, enseña cómo ya desde el comienzo de la humanidad el mal fue avanzando con la violencia y la injusticia: nada lo podría mostrar mejor que el asesinato del hermano inocente.

San Agustín ve un sentido más profundo en el hecho de que Caín naciese antes que Abel: «He dividido la humanidad —escribe— en dos grandes grupos: uno, el de aquellos que viven según el hombre; y otro, el de los que viven según Dios. Místicamente damos a estos dos grupos el nombre de ciudades, que es decir sociedades de hombres. (…) El primer hijo de los dos primeros padres del género humano fue Caín, que pertenece a la ciudad de los hombres, y el segundo Abel, que forma parte de la ciudad de Dios.

En cada hombre comprobamos la verdad de estas palabras del Apóstol: “No es primero lo espiritual, sino lo natural; después lo espiritual” (1 Co 15,46). De donde se sigue que cada cual, por descender de un tronco dañado, necesariamente es primero malo y carnal, y será luego espiritual si, renaciendo en Cristo, adelantare en la virtud» (De civitate Dei 15,1).

Volver a Gn 4,1-26