COMENTARIO

 Gn 4,3-8 

Se refleja ya desde el principio la elección gratuita que Dios hace entre los hombres, prefiriendo a veces al más pequeño o al más débil, como en el caso de Isaac preferido a Ismael, Jacob preferido a Esaú, o David preferido a sus hermanos. El comienzo del pecado de Caín se manifiesta en no aceptar la preferencia divina por su hermano menor, y dejarse llevar por la ira, la envidia (cfr Sb 10,3) y la tristeza. Esta actitud invalidaba sus ofrendas (v. 5). Aun así, Dios también ama a Caín y le invita a superar la tentación que le acecha (v. 7), obrando rectamente; pero Caín mató a su hermano Abel.

Caín es el prototipo del hombre perverso y homicida; Abel, el del hombre justo que sufre sin culpa la muerte violenta. De ahí que a Abel se le haya considerado como figura de Jesucristo, cuya sangre derramada en la cruz interpela a los hombres con más fuerza aún que la de Abel: «Vosotros en cambio os habéis acercado a Jesús, mediador de la Nueva Alianza, y a la sangre derramada, que habla mejor que la de Abel» (Hb 12,24). Caín, en cambio, es tipo de todo hombre que odia a su prójimo, pues el odio supone el deseo de que el otro no exista. En este sentido escribe San Juan interpretando la historia de Caín: «El mensaje que habéis oído desde el principio es éste: que nos amemos unos a otros. No como Caín que, siendo del Maligno, mató a su hermano. Y ¿por qué le mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran buenas… Todo el que aborrece a su hermano es un homicida; y sabéis que ningún homicida tiene en sí la vida eterna» (1 Jn 3,11-12.15).

Suponiendo falta de rectitud de intención en las ofrendas de Caín, comenta San Beda el Venerable que «los hombres a menudo se dejan aplacar por los dones de aquellos por quienes han sido ofendidos; Dios en cambio, que “descubre los sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4,12), no se deja aplacar por ningún otro don tanto como por la piadosa devoción del oferente. Una vez que haya comprobado la pureza de nuestro corazón, recibirá también nuestras oraciones y nuestras obras» (Hexaemeron 2: in Gn 4,4-5).

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