COMENTARIO
Con estas severas palabras el texto bíblico muestra hasta qué punto había llegado la corrupción de la humanidad. Enseña, asimismo, la absoluta soberanía de Dios, que tiene poder para hacer desaparecer a la raza humana de la faz de la tierra.
El proyecto divino al crear al hombre parece haber fracasado; de ahí esa decisión de Dios, expresada en términos tan humanos, de destruir su propia obra. Pero no va a suceder así: la humanidad se salvará por la fidelidad de un hombre, Noé; y la tierra volverá a repoblarse tras el diluvio. Se inician así dos temas importantes en la Biblia sobre la relación entre Dios y el hombre: primero, que Dios ama cuanto ha creado, y sus intervenciones, aunque sean en forma de castigo, se orientan a la salvación del hombre; segundo, que el hombre justo, o un pequeño resto de personas fieles, es causa de salvación para toda la humanidad. Es en este sentido en el que también los Santos Padres vieron en Noé una figura de Jesucristo, ya que por la obediencia de Éste, la misericordia de Dios llega a todos los hombres.
Jesucristo recuerda este episodio del Génesis para advertirnos de que hemos de estar siempre vigilantes y preparados para recibirle en su segunda venida: «Lo mismo que en el tiempo de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Pues, como en los días que precedieron al diluvio comían y bebían, tomaban mujer o marido hasta el día mismo en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta sino cuando llegó el diluvio y los arrebató a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre» (Mt 24,37-39).