COMENTARIO
El diluvio es la consecuencia del rechazo de la ley de Dios por parte del hombre; rechazo que ya había comenzado con Adán y Eva. Dios castiga la desobediencia del hombre haciendo que se rompa el orden que había establecido en la naturaleza para bien del mismo hombre. Así, las aguas de arriba y las de abajo, que sabiamente Dios había separado de la tierra (cfr 1,7), irrumpen conjuntamente sobre ella con toda su fuerza (cfr 7,11). Se produce de nuevo el caos, y la humanidad está a punto de desaparecer. Se hace necesario como un nuevo comienzo tras una profunda purificación. La Biblia nos ofrece así una impresionante lección del destino de la humanidad, cuando ésta se aleja de Dios rechazando las leyes impresas en la misma creación.
En muchas religiones, no sólo del antiguo Próximo Oriente sino de otras partes del mundo, se encuentran relatos relacionados con una destrucción de la humanidad o gran parte de ella en tiempos inmemoriales, producida bien por el agua, o por el fuego, o por algún cataclismo. Responden por lo común a la creencia en divinidades maléficas, al miedo ante ellas, o al sentimiento de una necesaria purificación. En concreto, entre los sumerios y babilonios circulaban leyendas míticas con rasgos parecidos a los que encontramos en el relato bíblico. Pero hay una diferencia fundamental: la Biblia presenta el diluvio como consecuencia del pecado de la humanidad, y como un nuevo punto de partida para que el verdadero Dios, Creador del mundo y del hombre, lleve a cabo sus planes de salvación mediante un resto del que surgirá más adelante Abrahán, padre del pueblo elegido.